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Filibusteros de la música

jueves, 09 de octubre de 2008
Reconozco que los ordenadores han cambiado nuestro mundo. Y ya no digamos el ciberespacio que permite conectar y saber, sin fronteras. También, soy un admirador del efecto causal de la fotografía digital, como instrumento de trabajo, aunque pierda aquella faceta artesana-artística que obligaba al dominio del diafragma, velocidad, filtros, y otros elementos artesanales, así como la luz y el conjunto que forman paisaje y paisanaje.

Dónde me siento estafado, como ciudadano comprometido con las artes y la cultura, es con el mundo de la música No entiendo nada. Me parece, una terrible injusticia que se persiga la llamada piratería que pone en peligro la industria discográfica, y no se diga nada de las afrentas que sufren los profesionales de la música, por obra y gracia de tres “elementos”: intermediarios que contratan grupos y orquestas; ignorancia de comisiones de fiestas o Ayuntamientos, que disponen de dinero y toman decisiones, cara al público; personajes, que le echan cara, y de forma impune, se colocan detrás de un “japonés” (ordenador) y gesticulan como si se tratara de un grupo musical en plena exhibición de arte y dominio del pentagrama.

Para mejor ilustrar pongo un ejemplo. Lugar de nuestra Galicia, o Asturias. Fiestas patronales. Misa, procesión, sesión vermú, fuegos de palenque. Verbena amenizada por un grupo compuesto por tres hombres y dos damas, todos dentro del espacio que concede un carromato transformado en aparente escenario, con luces, y artefactos para alcanzar ampliación de los sonidos que salgan de los instrumentos que entre cables se colocan para dar apariencia de puesta en escena de orquesta.

“Alma Latina”. Música de baile. Colores chillones. Ropa ajustada. Batería. Saxofones. Gaita. Guitarra. Flauta. Teclado. Micrófonos para vocalistas. Todo un montaje, contratado por uno de esos “representantes en exclusiva” de orquestas para amenizar fiestas y romerías, en un gran negocio, en el que todos ganan, menos: el oído que sufre el trauma acústico de los decibelios, la sensibilidad del amante de la buena música que se siente acosado por la peor de las contaminaciones, la del mal gusto y la zafiedad; y desde luego, y aquí está lo peor, los profesionales que se pasan media vida, estudiando, examinándose, sacrificándose, superándose, titulándose, para alcanzar la coordenadas que marca la ley, a fin de alcanzar, los requisitos legales de una profesión que se enseña en los Conservatorios Profesionales de Música.

Empieza la fiesta. Una moza de carnes prietas, interpreta una melodía, que está enlatada en las entrañas del ordenador. Luego, el ritmo se hace más salsero, y las cantantes, se vuelven bailarinas que cantan y mueven las caderas, y otras partes de la anatomía, mientras un sujeto, que trata de disimular su aproximación a la tercera edad, con vaqueros, y su calvicie, con una visera, da gritos, que en algunos momentos, recuerdan los relinchos de un equino. El de la flauta, enseña músculo, mientras torpemente se mueve al son de la cumbia. Está visto, que lo suyo, no es el baile.
Puede que sólo sea, contar monedas, como aquel relojero avaro de la historia para no dormir, que hizo famosa en televisión, el inigualable Chicho Ibáñez Serrador.

¡Que fácil! Con luces, ruido, haciendo que se toca, con un poco de movimiento, y otro poco de disimulo ante las teclas del ordenar, aquello parece un grupo de músicos profesionales. Pero estamos ante la parodia, el esperpento, la engañifa, la picaresca de la suplantación, la nueva forma de ganarse la vida, a costa de: la imbecilidad del público, que ha perdido el sentido de la diferencia entre el buen café de Colombia y la mala Achicoria. Sin perder de vista, al sujeto que suplanta al músico, y no le pasa nada. Nadie le persigue. La sociedad general de autores, no le pide cuentas. Hacienda no le hace una inspección. La Seguridad Social, no le exige cotizaciones al régimen de autónomos, a pesar, de ser una empresa, que se anuncia en cartelería.

Y, al pobre subsahariano, que huye del hambre, en una patera, y salva la piel como top manta de discos, le persigue la autoridad competente. Este mundo, es un carnaval.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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