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El difícil equilibrio entre seguridad e intimidad

jueves, 26 de mayo de 2022
Línea policial de uno de los sucesos locales. Foto: EFE

Normalmente la seguridad es una de las excusas que todo totalitarismo utiliza para imponer medidas restrictivas para la población. Es una cuestión tan tradicional como rancia.

Los atentados del 11S, que en la práctica inauguraron el nuevo siglo y cambiaron con mucho nuestra forma de entender el mundo, vieron cómo las libertades individuales sufrieron un retroceso importante y para algo tan simple como subir a un avión se nos miraban hasta los empastes por si ocultábamos una bomba. De hecho decir esa palabra en un aeropuerto te podía traer problemas, lo que suena a chiste pero es una terrible realidad.

Con el Covid pasó algo parecido. El miedo a la pandemia nos hizo dar un paso atrás en cuestiones que hasta ese momento se veían como básicas. No tener que declarar públicamente tu historial médico, por poner un ejemplo, fue algo que pasó a la historia porque la situación era tan extrema que no quedó más remedio que obligar a la gente a hacer un estriptis sanitario y llevar encima un certificado de si estabas o no vacunado o si habías pasado o no esta primera peste del siglo XXI.

Pero toca que las aguas vayan volviendo a su cauce. Toca recuperar el terreno perdido y la intimidad que entre las normas y la tecnología nos han robado. Es acojonante lo que Facebook o Google saben de nosotros, mientras que algunos bobalicones se piensan que por no poner su nombre real en las redes sociales "engañan" a los todopoderosos algoritmos, que saben más de las personas que ellas mismas.

¿Esto supone que haya una merma en seguridad? Tal vez, aunque hay sistemas para garantizar ciertos límites. Por ejemplo, en Lugo estamos sufriendo desde hace tiempo una serie de acciones que van contra la gente (peleas y situaciones de ese tipo) el patrimonio de todos (pintadas y demás vandalismo como el reciente del Carmen). Aumentar la seguridad no debería ir contra la libertad de nadie ya que un policía no estorba a quien no está haciendo lo que no debe. Tampoco una cámara de circuito cerrado, en que la grabación se vaya "pisando" y borrando automáticamente tras un tiempo prudencial y a la que sólo se acceda si pasa algo que haya que revisar.

A nadie le gustan las cámaras ni que le graben. A mí tampoco. Pero no estamos hablando de un señor en una sala mirando las pantallas y viendo si te metes el dedo en la nariz o vas de la mano con quien no es tu pareja "legítima", sino de cuestiones serias.

En Lugo seguimos sin saber quién mató al hombre que fue atropellado en la Plaza del Campo o qué pasó con la chica que supuestamente tiraron del adarve de la Muralla. Tampoco quién derribó a la estatua de San Vicente o quién rompe continuamente el mobiliario urbano de ciertas zonas. No parecería tan difícil protegernos sin que eso repercuta en nuestra intimidad.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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