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Añorando belleza perdida

jueves, 19 de mayo de 2022
Tengo un plano de Lugo de, más o menos, 1900. En él se ve cómo en aquellos años, nuestra ciudad se limitaba a un laberinto de calle alrededor de la catedral. Sus límites al noroeste venían definidos por la presencia de dos conventos: el de los franciscanos, hoy Museo Provincial y parroquia de San Pedro, y el de los dominicos, en la plaza llamada de Santo Domingo en honor al titular del convento.

Frente a aquel laberinto de callejas medievales, cuando se abrió la calle Montevideo se decidió que las nuevas vías que se creasen seguirían una disposición en cuadrícula, pues resultaba muy funcional para la estructura ciudadana. También se decidió cuidar los cruces de calles como exponentes de belleza urbana.

Me gusta el cruce de la calle Montevideo con Quiroga Ballesteros. Encontramos allí casas señoriales, sin rivalidades entre ellas ni afanes competitivos. Simplemente queriendo ser hermosas y con un resultado que hoy, casi cien años más tarde, nos siguen haciendo disfrutar de lo que definimos como belleza urbana.

Para muchos, en ese cruce encontramos las casas más bonitas de nuestra ciudad. Yo no me atrevo a tales dogmatismos, pues hay muchos gustos personales, esquinas singulares y diversidad de fachadas, pero sí es un cruce que me gusta de modo especial y que disfruto al enseñarlo como lo que creo que es: el legado de un tiempo en el que se buscó con éxito la belleza en las fachadas de los edificios, tal vez con la pretensión de que esa belleza hablase del abolengo de los propietarios, no lo sé, pero la verdad es que esa belleza reflejaba una manera de ser y de considerar los criterios del momento.

Me gusta ver este conjunto de edificios hermosos e imaginar aquella época en la que, mediante nuevas técnicas y materiales de construcción, unidos a arquitectos deseosos de innovaciones, algunos patricios lucenses se aventuraron con la idea de embellecer las calles con nuevos modos y, con suerte para todos, consiguieron ese resultado que aún hoy es capaz de recrearnos cuando lo contemplamos o pasamos a su lado, acostumbrados a tales singularidades.

Pero no son sólo las esquinas del cruce. Las edificaciones bonitas y elegantes se extienden en todo Quiroga Ballesteros y hacia la parte superior de Montevideo. Fachadas originales, personales, bien cuidadas y, en pocas palabras, un recreo para la vista. En algunas no vendría mal una mano de pintura, pero eso es posible arreglar. La belleza de las casas de Quiroga Ballesteros ya la he comentado aquí hace algún tiempo.

Al acercarnos a la plaza del Ferrol, si se tiene cierta edad y venimos de disfrutar con la belleza urbana, en imposible no evocar el palacete de Barras Eléctricas, aquel pabellón modernista que hoy bien podría tener múltiples usos, todos ellos encomiables. Pero se destruyó de modo legal como se destruyeron otros tantos edificios notables en muchas ciudades del país.

No tengo nada contra el edifico que se construyó en el solar anteriormente ocupado por el palacete modernista que ahora evoco. Es más, lo considero un bonito y digno ejemplar que imita lo mejor de nuestra arquitectura urbana tradicional, pero considero que son muchos los destrozos que se han realizado en nuestro patrimonio urbano de modo totalmente impune sin crear nada, simplemente imitando.

Que yo recuerde, hubo movimientos para salvar edificios considerados exponentes de nuestra buena arquitectura, tanto tradicional como moderna. Recuerdo el sanatorio Portela o el Pazo de la Maza (se salvó su fachada, no así su portal). También recuerdo cómo nuestros esfuerzos fueron vanos cuando actuamos a favor del Gran Teatro. Más tarde, entre nosotros, nació un nuevo concepto: La idea del paisaje como patrimonio ciudadano. Esta idea, y el afán que se puso en defender lo nuestro, fue capaz de detener la construcción del Garañón.

Hoy tenemos muchas cosas buenas en nuestras calles. Hubo más. Creo que nos falta la idea de que forman parte de nuestro patrimonio colectivo. Un patrimonio que si nosotros no cuidamos ni defendemos, nadie lo hará por nosotros. Mientras, disfrutemos con esos edificios que quedan y que nos hablan de una época en la que constructores y arquitectos se esforzaron por dejar una impronta de belleza singular en nuestras calles.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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