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PSICOLOGÍA DE JESÚS (II)

martes, 14 de mayo de 2002
2.2 SENTIDO DE NUESTRAS REFLEXIONES PSICOLÓGICAS
No pretendemos, pues, en las reflexiones que siguen hacer una psicología de la personalidad humana de Jesús de corte empírico, cuantitativo, estadístico o experimental, ni tampoco clínico, por la imposibilidad de recoger datos, sea a través de sus respuestas a un test proyectivo o a un inventario de personalidad, o dentro de una entrevista; o sea contando con un diario íntimo suyo; pero ni siquiera valiéndonos de testimonios directos de padres, familiares o amigos que hayan vivido con él y aporten material directamente relacionado con sus rasgos de personalidad, temperamento y carácter. Ignoramos incluso cómo era su manera de andar o de mirar, ni de qué color tenía los ojos y el cabello, porque todo ello no era objeto de interés para quienes nos dejaron, en cambio, un increíble perfil espiritual de cómo experimentaban su presencia viva los que creyeron en él y celebraban su memoria.
Centraremos, por consiguiente, nuestra exposición en la figura de Jesús vivida por las primeras comunidades cristianas, tal como aparece en los textos evangélicos, en los que se refleja su personalidad humana como uno de los polos, distinguible pero inseparable, del otro polo de misterio divino que confiesa la certeza de su fe en la resurrección, para quienes creen en él.
Fieles al principio de exclusión de transcendencia, pondremos entre paréntesis el contenido de esta fe, pero nos será imposible hacerlo con su dimensión psicológica incidiendo efectiva y dinámicamente en la configuración de la propia figura humana de Jesús, de sus hechos y dichos en los evangelios narrados. Intentaremos simplemente, a través de una hermenéutica inspirada en la psicología de la religión y psicolingüística aplicada a la narrativa evangélica, entresacar una madeja de hilos de información que nos permitan entretejer un esbozo de perfil o retrato robot de lo que pudo ser, en los breves años de su vida pública, su psicohistoria. Nuestro presupuesto básico es que, en dichas narraciones existe, en un estado como de realidad virtual, un esbozo de psicología implícita de Jesús.
La malla de este bordado o textura de fondo es un modelo antropológico y antropogenético de carácter dinámico-constructivo e interactivo, dentro de una comunidad humana, según el cual la personalidad se va constituyendo y edificando, en una psicohistoria, cuyos componentes son: acontecimientos (físicos, psíquicos o sociales), vivencias y narraciones. Entre estas últimas ocupa un lugar destacado; en la creación de sentido, el se dice, esto es, todos los mitos y creencias, fruto en general, por una parte, de una larga tradición acumulada, y, por otra parte, de novedades actuales y de esperanzas inmediatas, que confieren sentido profundo, a la existencia de un grupo en un lugar y tiempo determinado y de lo que apenas se tiene conciencia. En el caso de Jesús, la inmensa riqueza del pasado de Israel y la irrupción de uno irresistible anhelo de liberación mesiánica, largo tiempo esperada y exacerbada por la denominación extranjera de los romanos; en un pueblo en gran parte empobrecido y subyugado.
Pero, sobre todo, lo que se dijo de él: ¡Dios lo ha resucitado! Actúa retroactivamente re-configurando todo su pasado: acciones y palabras de Jesús cobran una significación divina que sin anular el sentido anterior humano, lo eleva y transforma, pasando de un Jesús, “Evangelio hecho persona” a un Jesucristo cuyas acciones y palabras con de “Dios en persona”, es decir, “teofanía escatológica, plenitud de Dios”, según felices expresiones de Xabier Pikaza. (Pikaza, X., 1997, 74, 101).
Refiriéndose a los investigadores en cristología, que gravitan entre una teología ascendente y otra descendente, les advierte Vergote: “Interpretar el Jesús de Nazaret histórico como un hombre ante Dios nos parece desconocer tanto la forma y el contenido de sus palabras como entender sus palabras cual si fuese pronunciadas por una persona divina” (Vergote, A., 1990, 33).
Pero todo lo anterior ocurrió después de su muerte. Mientras vivió Jesús, se dijo de él cosas muy diversas y contradictorias, quizás ya desde su propio nacimiento o incluso antes, como parece quedar indicios de ello en los textos que llegaron a nosotros. En todo caso, desde que comenzó su vida pública es evidente que la gente decía cosas de él: unas grandemente elogiosas y otras terriblemente negativas, como que ha perdido el juicio o que tiene ocultas connivencias con Satanás. En cuanto a los decires sobre la propia identidad de Jesús -“unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías…”-, nos recuerda Berger que para la comprensión psicológica de estos textos es necesario olvidarnos de nuestros conceptos actuales y sustituirlos por el modo de pensar de los judíos en los tiempos de Jesús: para ellos pongamos por caso, la identidad teológica de un sujeto puede venir dada de múltiples modos, sabiendo que el “espíritu” o “la sustancia de una persona puede retornar” a otra totalmente o en parte (Berger, K., 1991, cap. 2).
Finalmente, para nuestro propósito nos importa saber lo que dijo él verdaderamente; pero esto sólo nos es posible saberlo a través de lo que otros dijeron que dijo, sin preocuparse la mayor parte de las veces, de la literalidad de sus dichos, sino de su significación dentro de un contexto, que puede variar de un narrador a otro. Con todas estas carencias de informaciones sobre la psicología de Jesús, contamos con unos relatos, extremadamente interesante y únicos en su género. “Los evangelios, en efecto, lo hacen revivir en múltiples perfiles, y nosotros lo vemos y entendemos en el contacto de todo lo que compone lo esencial de la existencia: los gozos y los dolores de los hombres, el mal y la bajeza de la traición o de la locura, la amistad y el trabajo, la soledad y la muerte… Se le sigue en la confrontación con los ricos y los pobres, los marginados y poderosos, revolucionarios y autoridades de la religión establecida. Cada uno de estos episodios solicita nuestro espíritu interrogativo” (Vergote, A., 1960, 6-7).
Daremos, pues, un voto de confianza a la narrativa evangélica, con todas las anotaciones que los detenidos estudios de crítica histórica y literaria le han hecho, para llevar a cabo una sencilla lectura psicológica de aquello que dicha crítica, en general, suele admitir como propio y peculiar de Jesús; pero sin limitarnos a ello. Pensamos, en efecto, que, a nivel psicológico podría, tal vez, ser válido también un criterio que podríamos formular así: cuando existe un rasgo de personalidad implícito en un hecho o dicho atribuido a Jesús por un evangelista, que es similar o muy coherente con otro que aparece como propio del Jesús histórico puede ser considerado como fiable, aunque el hecho o dicho narrado no lo sea, desde el punto de vista de los criterios utilizados para la fisicidad de una conducta histórica. Su justificación epistemológica sería, a nuestro parecer, que una cosa es la determinación de la realidad histórica de un acontecimiento y otra muy distinta los rasgos psicológicos y contenidos mentales de un sujeto; y por consiguiente los criterios para determinar los unos y los otros han de ser también diferentes. Por tanto, a pesar de que los criterios de la crítica-histórica no consideren fiable un pasaje afirmado por un solo evangelista cuando le falta el control de otra cita independiente, ¿no podemos suponer, con mucha probabilidad de que, aunque hechos y dichos sean compuestos o recompuestos por el evangelista y su contexto comunitario, pensando en los destinatarios, él haya cuidadosamente respetado la imagen y estilo de ser, actuar y hablar de Jesús, en sus rasgos y actitudes más tipícamente suyas, provenientes de la primera fase de la tradición y fielmente transmitidas? En todo caso, la nuestra quiere ser una psicología mucho más comprensiva que explicativa, y como retazos, con todas, con todas las limitaciones antedichas.

3. ASPECTOS PSICOLÓGICOS DE LA FIGURA DE JESÚS
Como puede verse, en lo que sigue, vamos principalmente a referirnos a la dimensión religioso-psicológica de Jesús, por ser la característica más central de su personalidad, que afecta a la totalidad de su pensar, sentir, hablar y actuar; y porque la casi totalidad de las fuentes de donde extraemos nuestra información sobre Jesús, los evangelios, son también de naturaleza religiosa. Y haremos nuestra lectura interpretativa, por lo tanto, más bien desde la psicología de la religión, sobre aquellas grandes líneas vectoriales que ponen de relieve los cristólogos actuales como más típicas y peculiares de Jesús, siendo inevitable, como contraste, un cierto método comparativo, siempre implícito en el estudio de una personalidad individual cuanto más creativa y diferenciada sea. De hecho, el campo de nuestras reflexiones es bastante reducido por las razones ya expuestas. También Vergote –en Jesús de Nazaret, desde la psicología religiosa- analiza solamennte estos cuatro temas mayores de la personalidad de Jesús: su realismo humano y religioso; su tipo de misticismo; su ausencia de culpabilidad, y su autoridad, al proclamar su mensaje. Su obra nos vale de referencia, pues la juzgamos, en general muy sólida, dada además su autoridad reconocida en psicología de la religión.

3.1. JESÚS DE NAZARET: PERSONALIDAD RELIGIOSA SINGULAR
Lo primero que comunica la lectura de los evangelios, con una irresistible fuerza de evidencia, es, en primer lugar, la personalidad religiosa de Jesús. No es un sabio filósofo, a pesar de la sabiduría que irradian sus palabras, y que anda rodeado de discípulos que le llaman Maestro; ni un político revolucionario, a pesar de la fuerza transformadora de sus doctrinas para la sociedad y las polis, ni un curandero, chaman o brujo con poderes mágicos, a pesar de que enfermos y lisiados acuden confiadamente a él; ni siquiera un exorcista de oficio, aunque es diestro en expulsar demonios, a la vez que cura los cuerpos y proclama perdonados los pecados… No, Jesús es un testigo de Dios, y se mueve en el ámbito de la verdad de testimonio, con su propio valor y epistemología peculiar, según la cual no depende tanto del método cuanto de la calidad de la persona en ella implicada y que necesita, en fin, alguien que le crea, para que pueda ser transmitida: lo cual conlleva libertad de asentimiento. Incluso más, al leer varios pasajes evangélicos tenemos la impresión de que Jesús, se alegra y se sorprende, a veces, de la fe que muestra un sujeto determinado, pero sufre porque no le creen, como si tuviese la convicción de que tenía derecho a que le creyesen, por lo que hacía y decía y cómo lo decía y hacía.
Jesús muestra poseer una actitud personal religiosa: piensa, siente, habla y actúa religiosamente, con esa naturalidad o espontaneidad segunda que la psicología demuestra ser fruto de un proceso de madurez y el mejor signo de verdadera autenticidad. Pero, como insistiremos en ello, al no tener datos sobre dicho proceso, encontramos en él manifestaciones que desconciertan al psicológo porque parecen desbordar las propias leyes psicológicas, haciendo de su personalidad religiosa un caso único, estrictamente singular. Se puede afirmar, desde luego, que cumple, en forma eminente, ideal y desbordante el tipo religioso de Spranger, como forma de vida (Spranger, 1961, 239 s). En lenguaje de Maslow sus experiencias-cumbre serían eminentemente religiosas, y, sin embargo, no se le puede llamar propiamente un “místico”, pues aparecería como un místico sin deseo místico (cf. Vergote, A., 1990). Ni es tampoco un “profesional” de la religión, oficialmente reconocido, como el sacerdote y levita, viviendo al servicio del templo, si bien puede aparecer como profeta, pero muy singular y paradójico (cf. Pikaza, X., 1997, 33-35). 3.2. NUESTRA UTILIZACIÓN DE LA PARADOJA PARA CARACTERIZAR LA FIGURA DE JESÚS
En realidad, la religiosidad de Jesús tiene un estilo peculiar, único y, en cierto modo, desconcertante, para dar cuenta de la cual sólo esa figura retórica, llamada paradoja, utilizada a múltiples niveles, es capaz de balbucear. Estoy de acuerdo con la afirmación de Carlos Gustavo Jung: “Por modo extraño, la paradoja es uno de los supremos bienes espirituales; el carácter unívoco, empero, es un signo de debilidad. Por eso, una religión se empobrece interiormente cuando pierde o disminuye sus paradojas; el aumento de las cuales, en cambio, la enriquece; pues sólo la paradoja es capaz de abrazar aproximadamente la plenitud de la vida, en tanto que lo unívoco y lo falto de contradicción son cosas unilaterales y, por lo tanto, inadecuadas para expresar lo inasible” (Jung, 1957, 26). Y más actualmente Edgard Morin, en una línea epistemológica semejante, que el llama “pensamiento complejo”, preconiza un cambio de paradigma cognoscitivo en las ciencias que vengan a superar las alternativas clásicas, no solucionadas ni solucionables con un pensamiento cuantitativo linearmente monista, sino haciendo que “los términos alternativos se vuelvan términos antagonistas, contradictorios y, al mismo tiempo, complementarios”. Dicho de una forma mucho más poética: “Efectivamente, de la parte a la vez grávida y pesada, etérea y onírica de la realidad humana –y tal vez de la realidad del mundo- se ha hecho cargo lo irracional, parte maldita y bendita donde la poesía se atiborra y se descarga de sus esencias, las cuales, filtradas y destiladas, podrían y deberían un día llamarse ciencia” (Morin, 1996, 81-83).
Vamos, pues, a utilizar la paradoja para presentar los trazos más gruesos de este esbozado dibujo psicológico de la figura de Jesús. He aquí algunos de esos polos aparentemente contrarios en cuyo entre salta el rayo de luz que nos hace entrever algo así como un destello de su personalidad, a la vez que nos permite, asomarnos a la hondura abismal de sus más sencillas palabras o acciones. Entre los cristólogos actuales, pensamos que es el Prof. Pikaza quien mejor ha puesto de relieve este carácter paradójico de la figura del propio Jesús histórico poniendo con los diez rasgos de su biografía fundante, ya expuestos, fenomenológicas y psicohistóricas para unas reflexiones psicológicas sobre su personalidad. No es posible hacerlas aquí, siguiendo uno a uno los rasgos de este decálogo; sólo podemos permitirnos hacer algunas alusiones al exponer estas paradojas del estilo personal de Jesús y de su religiosidad.
Increíblemente cercano –misteriosamente lejano. En el polo de la cercanía humana de Jesús, con niños, enfermos, pecadores, marginados de todo tipo y con sus propios discípulos y discípulas que le acompañaban, sobreabundan los textos. Pero, aquí y allá, afloran otros que nos muestran el polo contrario de una lejanía, entre enigmática y misteriosa, que hace pasar a sus oyentes desde una franca “simpatía” hacia su persona a un estado de “extrañeza” o “perplejidad”, en el mejor de los casos, como si de repente se abriese una abismal distancia entre la imagen perceptiva de Jesús y de sus palabras y la presencia-en-la ausencia de otra enigmática o misteriosa “realidad” de carácter inconmensurable, que atraía-aterrorizaba, produciendo en ciertos sujetos una extraña reacción de defensa, que podía ir desde el asombro, a la huida o incluso al ataque, más o menos agresivo. En este último caso, se trataba siempre de situaciones en que alguien intentaba utilizar a Dios o al propio Jesús, mensajero de su Reino. Recuérdese el episodio en que Jesús increpa a Pedro (cf Mc 8, 33; Mt 16, 22-23). Paradigmático nos parece el relato de Lucas cuando Jesús, encontrándose entre los suyos de Nazaret, primero “se maravillan de sus palabras llenas de gracia” para pasar luego a intentar “despeñarlo” (Lc 4, 14-30). A pesar de que esta reacción así de violenta, nos aparece, es cierto, en los otros dos sinópticos, si bien hay indicios de decepción y conflicto por parte de sus paisanos, y es muy compatible, creemos que Lucas quiera anticipar, con su relato, como una especie de síntesisde lo que va a ser el destino de Jesús en la relación con su pueblo, simbolizado por Nazaret; algo así como la presentación del Jesús-Logos, en la alta teología joánica: “vino a su casa y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Pensamos que este es un rasgo propio de la personalidad y estilo religioso de Jesús, que de tal manera lo habría percibido Lucas, en las fuentes que haya utilizado, que nos lo dejó retrospectivamente en forma de oráculo prefigurador del destino de Jesús, en boca del viejo Simeón, como signo de contradicción, ante el cual se pondrían de manifiesto las ocultas intenciones del corazón (Lc 2, 34-35), que sólo Dios conoce. Rasgo todavía presente, en la figura de Jesús, que perdura a través de dos mil años, lo cual no ocurre con Buda, ni con Moisés, ni con otras personalidades religiosas de la humanidad. ¿No se muestra en el propio Padrenuestro, “nacido de la oración de Jesús, norma de toda oración, y que posee una plenitud admirable”, la vivencia de esta cercanía-lejanía, en cuanto “nos invita a saludar a Dios como a nuestro Padre, reconociendo al mismo tiempo su trascendencia: el más próximo y el más lejano”, tal como aparece en la formulación de Lucas? Y es que, hay aquí una significativa paradoja o “exquisita antítesis: “Padre” evoca la proximidad, la confianza, la ternura, el “papá-abba” que Jesús nos ha enseñado, y por otro lado, “del cielo” expresa la trascendencia, el misterio inaccesible: Dios está fuera de nuestro alcance”(George, A., 2000, 50, 52), no pertenece a la cadena causal-fenoménica del mundo.
Posiblemente esta paradoja exprese mejor que ninguna este secreto, enigma…misterio de la personalidad de Jesús. En el polo de cercanía, aparece, en efecto, enormemente atrayente para quienes le “escuchan” y “se abren” a su mensaje “creyéndole” como a un auténtico testigo de Dios que tiene, por sí mismo, “derecho a ser creído” (cf. Zahrn, H., 1971, 88s) y amado. Esto último nos extrañó encontrarlo ya en el testimonio extra-evangélico de Flavio Josefo: “los que le habían dado su afecto al principio no dejaron de armarlo” (Cf Peláex, J., 1999, 63). Y Pablo dice lo que nunca hemos leído en ningún lugar de la literatura religiosa de todos los tiempos, refiriéndose a Jesús: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). ¿En dónde podríamos psicológicamente situar el lugar de esa que llamo lejanía de Jesús, incluso para los que creemos en él como enviado e hijo de Dios? En un conjunto de manifestaciones, expresadas en su conducta, tal como su noticia ha llegado a nosotros, que sencillamente ¡no se encuentran en ningún otro hombre!, y que seguramente ya asoman en ciertas expresiones de la gente que lo veía y escuchaba: hace cosas que nadie otro ha hecho, dice cosas que nadie ha dicho… sintetizado, en esta expresión: ¿Qué es esto? ¿Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!” (Mc 1, 27). Quienes se quedan en la doctrina “separada” de Jesús, que se identifica con ella, se enredan en el imposible intento de “someterla” añ reduccionismo de unos esquemas mentales incapaces de soportarla, en lugar de darle a él un pleno voto de confianza. Es decir, en lugar de vaciarse de su autosuficiencia racional y acoger la lejanía-misterio de Jesús, convirtiéndola en una paradójica lejanía cercana, son lanzados a una especie de agujero negro del espíritu que irremediablemente los ciega y engulle. A esto parece referirse Juan, cuando, en medio de esa teológica composición del discurso eucarístico en Cafarnaún sobre el pan de vida, introduce el “escándalo de los propios discípulos” ante aquellas palabras de “comer su carne y beber su sangre”, hasta llegar a abandonarlo muchos (cf. Jn 6, 60-66). Y es que ese discurso “presenta, como en una especie de resumen, todas las piedras de tropiezo en la persona de Jesús”(Jaubert, A., 2000, 50).
Todo ello hace exclamar a un conocido psicólogo de la religión que, en el caso de Jesús, se encuentra uno con un enigma que la psicología es incapaz de resolver: “Habiéndonos acercado a Jesús de Nazaret con ayuda de la psicología religiosa –dice-, hemos debido trazar, por honestidad, una diferencia esencial entre él y el hombre religioso. No se trata solamente de una diferencia de grado, sino de una ruptura con el orden humano” (Vergote, A. 1930, 30). Estando básicamente de acuerdo, más que hablar de ruptura nosotros preferimos ver esta impresión de lejanía, por exceso o desbordamiento de lo “ordinariamente” humano, en el contexto de bipolaridad tensional, expresada por la paradoja, explícitamente reconocida, juntamente con el otro polo de estrecha cercanía. De esta forma, se respeta más la identidad-en- la-distinción.
Tradicional-innovador. Jesús de Nazaret aparece perfectamente identificado con su pueblo de Israel, sus antepasados y sus tradicciones; pero a la vez se manifiesta como un radical innovador en sus acciones y en sus palabras, que le hacen entrar en conflicto con quienes confundían la fidelidad religiosa a Dios con la observancia y defensa de tradiciones humanas más bien vacías de significado actual. “Jesús habría sido dependiente del Bautista. Pero después se ha independizado, iniciando un camino profético distinto que definirá su vida y obra dentro del contexto israelita. A partir de aquí han de entenderse los signos proféticos de Jesús, aquellos que definen su figura y lo distinguen de los restantes personajes religiosos y sociales de su tiempo: como mesías y/o Hijo de Dios ha seguido siendo un profeta especial y paradójico” (Pikaza, X., 1997, 34). Los estudios sobre Jesús llevados a cabo por investigadores judíos como el bien conocido Geza Vermes, muestran que “es correcto afirmar que Jesús nació, vivió y murió como judío” (Garzón, B., 1999, 147). Pero también se podría afirmar, probablemente sin mentir, todo lo contrario: fue un judío tan original y creativo que las autoridades religiosas, representantes del judaísmo ortodoxo lo consideraron como un heterodoxo innovador.
En las propias enseñanzas de Jesús, se admiten como principales temas representativos, que indican psicológicamente una gran originalidad y creatividad: el ofrecimiento divino de una salvación universal que abre las fronteras del pueblo de Israel a todos los que estén dispuestos a creer y aceptar las exigencias del Reino de Dios; una nueva imagen de Dios como Padre, que articula perfectamente la misteriosa lejanía de su transcendencia con la providente y paternal/maternal cercanía de su inmanencia en todos los detalles de la vida y existencia humana; y dos temas más íntimamente entrelazados y que traspasan a los anteriores: la propia implicación de Jesús, al menos implícitamente, como agente del Padre en la nueva forma de salvación divina; y la insistencia en la vinculación del amor al prójimo con el amor a Dios, de hecho, se originó con Jesús un nuevo tipo de amor-agape, que tomó en las comunidades cristianas como referente el modo de amar de Jesús (cf. Fitzmyer, J.A., 1997, 46-49).
Pacífico – revolucionario. Nada más alejado del pensamiento, palabra y acción de Jesús que la violencia, el echar mano de la fuerza o el dominio; irradia, por el contrario, paz, ternura, misericordia, perdón, respeto y amor a los más pobres y necesitados; y, sin embargo, su doctrina y muchas de sus acciones van cargadas de una fuerza explosiva capaz de revolucionar, en forma más o menos “retardada”, no sólo la sociedad de su tiempo, sino también a actuar dinámicamente en cualquier lugar y momento de la historia de la humanidad, poniendo en crisis los deseos y proyectos del hombre tanto a nivel personal como colectivo y sociocultural, cuando este hombre o mujer, pequeño grupo o comunidad de naciones está dispuesto a darle un voto de confianza y ponerse seriamente a escuchar su mensaje. “Ciertamente fue innovador, pero siguiendo la tradición judía: los judíos reunían discípulos, los celotas soldados de liberación, los profetas seguidores escatológicos… todos ellos perseguidos por los procuradores de Roma o sus reyes vasallos a causa del riesgo social que suponían esos grupos… Pero Jesús tuvo algo personal e intransferible, y por eso lo mataron a él sólo (como a Juan), en vez de perseguir y aniquilar a todo el grupo y movimiento. Es como si los demás dependieran de él, por eso le mataron como a líder de grupo, creador, al menos potencial, de un movimiento subversivo” (Pikaza, X., 44-45).
El que una de las bienaventuranzas se refiera a “los que trabajan por la paz”(Mt 5, 9) puede ser un indicador de una básica actitud de la personalidad de Jesús. Marcos no nos ofrece las bienaventuranzas, pero en cambio, es el único que en el contexto de que los seguidores de Jesús han de ser sal de la tierra, nos transmite este dicho: “Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros”(Mc 9, 50). Ahora bien, para los exégetas actuales estos artífices de la paz, en Mateo, hay que entenderlos como aquellos hombres y mujeres que ejercen una gran obra de misericordia, la cual según los doctores judíos sería “el mejor servicio que se puede prestar al prójimo: ayudar a reconciliarse con los demás, buscar la paz con todos”. Más todavía: “intentar situar estas dos bienaventuranzas –ser misericordioso y reconciliador-, tomadas juntamente en el evangelio de Mateo, equivale a estudiar el amor al prójimo en este evangelio”(Dupont, J., 1990, 50). Es el mismo Mateo, en efecto, quien pone en boca de Jesús una sentencia, según la cual reconciliarse con el hermano es condición imprescindible para que una ofrenda a Dios sea aceptable (Mt 5, 23-24). Por otra parte, en la extensa narración de la parábola del hijo pródigo, se muestra lo que cuesta, a veces en la comunidad cristiana, reconciliarse el hermano que se cree “bueno” con el hermano “pecador” ya arrepentido, en contraste con la gratuidad del amor misericordioso del padre, que goza perdonando, acogiendo y regalando al hijo que derrochó su herencia (cf Lc 15, 11-32).
Esta paz que irradia la personalidad de Jesús quiere que sea también más que un simple saludo, en sus discípulos-apóstoles cuando se hospeden en una casa, algo así como la sustancia de su vida compartida en comunión de espíritu, así, al menos lo interpretó uno de los evangelistas (cf Mt 10, 12-13). Pero justamente otro evangelista parece desconcertarnos poniendo en labios de Jesús estas palabras: “¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división” (Lc 12, 51); y Mateo, en lugar de división pone espada, siguiendo también la cita de Miqueas: “Sí he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre; a la nuera con su suegra…” (Mt 10, 14-15). Desde una exégesis bíblica puede decirse que esta paz mesiánica de Jesús lleva como contrapunto una especie de guerra escatológica, puesto que el texto evangélico aparece tomado de Miq 7,6. Pero desde una perspectiva psicológica, opinamos que al rasgo del Jesús de las exigencias del Reino que él proclama y personaliza: no se trata de “represiones defensivas”, sino de renuncias personales libres por amor al Reino.
Quizás lo más exigente de estas renuncias personales sea a auto-renuncia, que parece implicar una muerte simbólica seguida un renacimiento, proceso capaz de transformar tan profundamente la personalidad que ya los bienes temporales pierden su valor alienante –se vende todo lo que se tiene, se lo da a los pobres y entonces aparece el único “tesoro” (cf Mc 10,21)-; y es en este total despojo de los deseos pulsionales, cuando el sujeto está psicológicamente preparado para poder comprender y vivir, a nivel de la fe; la paradoja evangélica, que tiene todas las garantías de pertenecer al propio discurso de Jesús, puesto que aparece en los cuatro evangelistas: quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc8,35;cf Mt10,39;16,25;Lc14,27;17,33; Jn12,25). Máxima sencillez – máxima autoridad. Ha quedado en la tradición multisecular, el calificativo de sencillez evangélica como prototipo del mensaje de Jesús; no se conocía que él mismo hubiese estudiado con algún famoso rabino, sino que más bien lo que expresaba, en sus predicaciones itinerantes, parecía que brotaba de un enigmático fondo interior que le confería una grandiosa autoridad a lo que decía y hacía; de lo cual se maravillaban los que le escuchaban, y así lo reflejan claramente los textos evangélicos. ¡Y es que Jesús se situaba, a veces, incluso sobre Moisés: a vosotros se os dijo…pero yo os digo! Y la profunda sabiduría de la maravillosa sencillez de sus parábolas, queda convertida, en realidad en paradoja viva, que se abre simbólicamente a la universidad de lo arquetípicamente humano, más allá del tiempo y el espacio, desde la aparente concreción literal de lo anecdótico. Si como han dicho ciertos exégetas, Jesús aparece como un sabio “diestro en paradojas y experiencias contraculturales”, y a semejanza de Sócrates o Buda, puede aparecer, en efecto, “como representante de la sabiduría universal, más allá de las normas que imponía el judaísmo. Pero en la raíz de su mensaje está latiendo el aliento poderoso de la profecía de Israel y la búsqueda mesiánica del reino” (Pikaza, X. 1997, 37).
Esta sencillez como rasgo característico de la personlidad de Jesús estaría, tal vez, muy relacionada con lo que hemos llamado la “cercanía”, y expresada en una serie de gestos, conductas, lenguaje y, en general, en todo su estilo de ser y de relacionarse con la gente y con los discípulos. No aparece como un sujeto “complicado”, oscuro o interiormente atormentado de dudas filosófico-científicas o incluso religiosas. Por lo contrario, nos aparece de una transparente nitidez de espíritu, perfectamente coherente consigo mismo, Jesús aparece ofreciendo su mensaje, su amor, sus servicios y hace sus invitaciones a seguirle, pero sin pedir nada en cambio y sin obligar, sino que se dirige al corazón de las personas, respetando su libertad de adopción para la escucha y la respuesta personal. Lo hace, pues, con la máxima sencillez,no empañada por trastienda alguna de intereses egoístas, no confesados. Se dirige, en primer lugar a las gentes sencillas del pueblo y se rodea de discípulos que forman parte de ese pueblo llano. De ahí que puede dirigir al Padre este impresionante himno de júbilo, que Lucas dice explícitamente que lo hizo “lleno de gozo en el Espíritu Santo”: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños(Mt 11, 25; Lc 10, 21). Dice, con acierto Simón Legasse, que con los sabios y prudentes, Jesús designa un grupo que sería el opuesto al de los sencillos: “los sencillos, mejor que los “pequeños”; esta última versión no vale en este lugar, ya que la noción opuesta no es la del adulto, sino la del sabio. La palabra griega (nepios) significa en primer lugar “niño”, pero acepta también el sentido figurado de hombre poco inteligente, y experimentado. Así es como la entienden los Setenta cuando traducen por nepios la palabra hebrea peti, “simple”, “sencillo” (Poittevin – Charpentier, 1999, 42). Mientras el contexto de Lucas es la alegría de los setenta y dos discípulos, que había enviado Jesús, por el éxito de su misión; en Mateo aparece más claro el contraste entre la incredulidad de los que se creen sabios y la fe de los sencillos que se abren a la sabiduría del Reino que proclama Jesús, como si este himno-oración fuera un desahogo a causa de su tristeza por la falta de conversión de los más evangelizados. ¿No se hace Pablo eco de esto, en cierto modo, cuando recuerde los corintios que no hay muchos sabios según la carne en la comunidad de los creyentes (cf 1 Cor 1, 17-31).
Vázquez Fdez., Antonio
Vázquez Fdez., Antonio


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