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¡Sólo el amor da vida!

domingo, 20 de febrero de 2022
Esta semana queda marcada de duelo por el naufragio, en aguas de Terranova, del pesquero Villa de Pitanxo.

En el mar, vidas truncadas, sueños rotos.
En tierra, otras vidas se llenaron de lágrimas, otros sueños se hundieron, como si, en tierra y en el mar, la desgracia fuese la herencia que nos estaba reservada, como si la desdicha tuviese la última palabra sobre nuestras vidas, como si hubiésemos nacido para subir engañados a un terrible calvario.

En los calvarios no caben preguntas: ninguna tendría respuesta.
En los calvarios la muerte no se lleva sólo a los seres queridos, se lleva también las esperanzas.
En los calvarios la fe se queda sin palabras, se refugia en el secreto del corazón, en la soledad de las lágrimas, y Dios se muestra Dios que abandona, Dios escondido, Dios misterio, Dios ausente.

Pero en los calvarios, precisamente allí donde parece que todo termina, es donde el amor se manifiesta más fuerte que la muerte, es en los calvarios donde se hace natural la ternura, donde abrazando se contagia la compasión.
"El amor no falla nunca".

Puede que no lo hayamos pensado, pero el hecho es que, si hoy lloramos por esos hermanos nuestros que han muerto, por los que han desaparecido, por quienes sufren más de cerca el dolor atroz de esas ausencias, es porque nos une a todos ellos un misterioso lazo de amor, es porque de algún modo, por el amor, todos vivían, viven aún, en el corazón de quienes los lloramos.

El amor es vida. El amor da vida. Y ésa es nuestra forma humilde de decir que el amor resucita.

El poder de resucitar, hace del amor la forma humana de ser.
De ahí que el de amar sea el mandato que a todos se nos ha dado: "Que os améis unos a otros como yo os he amado" –dice el Señor-. Amad: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien… bendecid… orad…". "Así seréis hijos del Altísimo que es bueno con los malvados y desagradecidos".

Ahora, Iglesia cuerpo de Cristo, ya puedes considerar en todos los calvarios ese otro amor del que el nuestro es apenas un oscuro sacramento: considera el amor con que Dios ama, el amor que es Dios.

Tu fe lo reconoce presente en el calvario de Jesús de Nazaret: allí el de Dios es amor que todo lo abraza, todo lo redime, todo lo llena de vida.

Tu fe lo reconoce presente en todos los naufragios, en todos los caminos, en todos los silencios, en todas las soledades, en todas las lágrimas de la humanidad.

"Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre"… Y tu fe sabe que allí también estaba Dios, allí estaba su amor.

Junto a la cruz de Jesús estaba el que es compasivo y misericordioso, el que es amor que perdona, que cura, que rescata, que colma de gracia y de ternura.
Junto a la cruz de Jesús, en los calvarios de toda la humanidad, estaba –está- el amor que resucita, el amor que es Dios.

Ése es el amor que hoy acoge en la Eucaristía a los que lloran, a los que mantienen viva la esperanza, a cuantos queremos hacer del amor una forma de dar vida.

¡Sólo el amor da vida!

(Fr. Santiago Agrelo es Arzobispo emérito de Tánger)
Agrelo, Santiago
Agrelo, Santiago


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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