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Los bancos sin bancos

viernes, 11 de febrero de 2022
Las oficinas bancarias son cada vez más frías y poco acogedoras. Supongo que intencionadamente.

A veces el sentido del humor nos juega malas pasadas, sobre todo si lo ejercemos en momentos poco oportunos. Hace un par de días tuve que ir a la oficina de San Marcos del Banco Santander, y mientras esperaba (bastante) a que me atendieran en una oficina casi desierta, me hacía compañía una señora mayor que también estaba allí para sus gestiones.

Ella iba delante de mí así que la atendieron en primer lugar. Cuando terminó de hacer sus trámites le dijo al cajero algo que no escuché y éste le contestó amablemente que era mejor que se lo plantease a un directivo de la oficina que estaba por allí. La señora reiteró su petición y ahí sí que la escuché. Con toda cortesía le dijo al directivo algo como "deberían poner aquí algunos asientos o bancos para que la gente mayor nos podamos sentar mientras esperamos a que nos atiendan".

Una petición razonable, lógica y coherente. La respuesta fue tomársela a pitorreo. "No se preocupe, que le deja Fulanito su silla y así no se cansa". La señora se quedó igual de pegada que los demás y le dijo "mire, que es en serio", "Sí, sí, y lo que le digo yo también, venga Fulanito, levántate y deja sentar a la señora. Jajaja...".

Dejando a un lado, si es que es posible, la grosera contestación y la humillante respuesta a una petición más que lógica, sí es cierto que las oficinas bancarias cada vez se parecen más a supermercados donde lo que importa es que la gente circule a toda prisa y no que se sientan mínimamente cómodos.

No digo que los bancos tengan que seguir con muebles torneados de madera y sofás de cuero (aunque la verdad es que tenían un encanto kitsch que se ha perdido) pero de ahí a lo de ahora, en que no sabes si vas a ingresar un cheque o a que te hagan un empaste, media un abismo.

Poner máquinas automáticas para que den los turnos (algo que no es tan sencillo para todo el mundo porque te preguntan cuarenta cosas y te tienen ahí dando a botones como si no hubiera un mañana) también hace que se asemeje más a la pescadería del Gadis que a una entidad bancaria, pero lo de no tener dónde esperar sentado, sobre todo cuando cada vez tardan más en atenderte porque del escasísimo personal sólo una fracción está para dignarse hablar con el público. Nunca entenderé por qué no ponen a esa gente a trabajar donde no se les vea, porque es bastante molesto tenerlos allí y que te ignoren olímpicamente.

En fin, que entiendo que el señor directivo de la oficina bancaria pensó que hacía una broma sin importancia, y quizá tuviera razón, pero ni a la señora ni a los demás nos sentó bien sobre todo en un momento en que está sobre la mesa el debate de cómo se trata a la gente mayor en los bancos.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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