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De romanos (I)

miércoles, 09 de febrero de 2022
Me gusta conocer mis raíces romanas, tenerlas presentes en mis paseos por la ciudad y reflexionar acerca de lo que me inspiran. No hay duda de que la presencia entre nosotros de la Muralla es rotunda, pero hay más restos, muchos más y creo que muy interesantes por lo que nos dicen de los lucenses de entonces, nuestros antepasados, así como por sus modos de vivir. Conociendo esos vestigios nos conocemos mejor a nosotros mismos.

Si prescindo de la Muralla, el monumento más espectacular que conozco en Lugo son sus Termas. Hoy es posible visitar lo que queda de sus primitivas instalaciones en la época romana. Podemos ver y estar en una sala con nichos en la pared y que, posiblemente, fue donde dejaban sus ropas los usuarios de las termas. Las salas visitables están construidas con lajas de pizarra, como la mayor parte de la Muralla, un material abundante en las inmediaciones del propio balneario. Los techos de estas salas son bóvedas de medio cañón así como los arcos de medio punto hechos con pizarras colocadas en modo radial alrededor del centro del arco. Hoy como ayer, el agua brota a 43º y posee propiedades medicinales.

Por lo que sabemos, las Termas eran instalaciones muy frecuentes en ciudades del Imperio. Eran de uso común de los ciudadanos, nunca privativo de ningún estamento social y, por tanto, disponibles para hombres y mujeres (a diferente horario) y para patricios, plebeyos y esclavos. Más tarde vendrían las diferencias de clases que también se sufrieron en Lugo.

Las Termas constituyeron lugar de reunión y encuentro de lucenses. A ellas se iba no sólo por la eficacia de sus aguas, también por la posibilidad de tratar con otras personas. En ellas se hacían nuevos conocimientos, se charlaba y, en general, se relacionaban unos con otros. Las casas, salvo las de los patricios, era pequeñas.

Si hablo de casas, debo referirme a los mosaicos encontrados en algunas de las actuales calles Armañá y Doctor Castro. El primer mosaico romano que ví fue en nuestro Museo Provincial. Era un retazo de un metro cuadrado, más o menos, representando una cara y provenía de una casa de la calle antiguamente llamada Batitales, hoy Dr. Castro. Muchas veces lo contemplé.

Hasta entonces, mediados de los años 60, tenía la idea de que Lugo había sido un campamento romano dentro de un lugar fortificado. Pero cuando en las calles Armañá y Dr. Castro aparecieron mosaicos de amplias dimensiones junto a vestigios de casas bien equipadas, tuve que adecuar mi anterior idea acerca del Lugo romano a los datos que proporcionaban todo cuanto se encontraba en los yacimientos arqueológicos, pues me obligaban a cambiar el concepto que tenía acerca de nuestra ciudad.

Los mosaicos por sí solos ya obligaban a pensar en ciudadanos refinados, cultos, conocedores de historias mitológicas y con gustos similares a los de otras zonas del Imperio. Mosaicos con cenefas periféricas de diseño geométrico que rodean una escena concreta son frecuentes en muchas ciudades romanas, entre ellas la nuestra.

Pero dejando de lado las termas y los mosaicos, vemos que la casa de la calle del Dr. Castro estaba porticada con columnas de gran diámetro en su base, es decir, que debieron de ser altas. Eso solo se estilaba en casas patricias. Esa misma casa nos muestra una estructura de calefacción doméstica así como la disposición de las habitaciones en el conjunto de la vivienda. Muchas de las salas poseían sus mosaicos, como nos es posible ver allí mismo.

Suelo completar esta reflexión recordando algunas de las interesantes piezas que tenemos en el Museo del Carmen. En él, me gusta encontrarme con dos máscaras de teatro. Si hay máscaras, hubo teatro. Aún desconocemos su lugar, pero aparecerá. Allí subieron a la escena los actores que representaron mitos y tragedias y que fueron capaces de conmover a los lucenses de entonces, que allí se divirtieron y se emocionaron ante hechos que hoy nos siguen emocionando.

Indico a grandes rasgos algunos detalles de la vida cotidiana que nuestros antepasados desarrollaron en la ciudad. Una vida refinada, con gustos, costumbres y cultura propios de una ciudad del Imperio.

Hablo de cosas que conocemos todos.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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