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Nueve baños 2008

martes, 09 de septiembre de 2008
La costa más al norte, bañada por el Cantábrico, hoy lucense, ayer mindoniense, mágica por naturaleza, es lugar idóneo para cumplir con el rito de los nueve baños en Septiembre. Ese mes en el que la distancia entre el levante y el poniente del sol, se acorta, de día en día, mientras la lluvia da brillo a los primeros ocres que conforman entre los eucaliptos, nuestros helechos que, en primavera, lucían su verde con el amarillo de la flor del toxo.

Se trata de elegir nueve lugares para sumergir nuestros cuerpos en las aguas saladas de una playa con manto de algas que son las responsables, en su proceso biológico de degradación, del perfume propio de nuestros pueblos metidos entre acantilados cuya talla diaria, por el cincel de las mareas de Neptuno, deja arenas pizarrosas o blancas y brillantes, como corresponde a la disolución del granito.

La Concha de Bares, que permite pasear, tras el baño, entre el coido fenicio y los restos de la ermita de los primeros cristianos en la Diócesis de Britonia, mientras la Coelleia, Isla de los caballeros Templarios, nos hace un guiño desde su faro, que quien sabe, si utilizó alguno de los muros del viejo monasterios de San Miguel, al que pagaban diezmos y primicias los balleneros de Bares.

Luego, Xilloy, lugar en el que se refugió, disfrazado de paisano. El último miembro de la congregación del temple, tras una noche de cuchillos, por orden de un rey, cuyas deudas en Francia, a la orden del Temple, se resolvieron, con la caja de brujas propia de quien pasaba de los altares a las mazmorras en nombre de la pureza litúrgica, que exigía obediencia, pobreza, y castidad.

Salto a Portonovo, mitad Viveiro, mitad Xove, recóndito lugar que más parece un lago marino, tras una bajada de costa empinada, que esconde las bellezas para los aborígenes, evitando la contaminación humana, a veces la más peligrosa, para la melodía del silencio entre la mar y el viento.

Esteiro de Xove, playa de dunas y resaca, lugar para los más jóvenes héroes de la tabla sobre las olas de la mar en estado puro.

Portiño de Moras, cala pequeña, casi familiar, dónde el baño se hace a la vieja usanza, entre los cabos de las embarcaciones de un pequeño puerto de bajura, mientras el viejo caserón de la factoría de Massó, nos cuenta su historia de la última aventura de los cazadores de ballenas en el Cantábrico.

Rueta en Cervo, dónde quisieron desembarcar filibusteros de su graciosa majestad, para hacerse con las Reales Fábricas de armas de Sargadelos. Allí el baño resulta casi una aventura de los piratas que describía Emilio Salgari.

En Burela, playa de La Marosa, nombre de hermosa mujer, desde la que en lontananza pueden verse los Farallones, tres islas y una leyenda; la de la Maruxaina, hecha realidad cada segundo sábado de agosto.

Playa de Barreiros. Arenal infinito para correr, para conversar con uno mismo, entre luces tangenciales, preñadas de gotas de agua marina.

El último baño, en mi pueblo. En esa Caosa de mi infancia, que conserva a pedra quente, orientada al sur, en la que nuestros cuerpos secan sin contacto con fibras textiles

Un rito de nueve baños en nueva playas. Una costumbre que no debe perderse. Una cita con las aguas tibias de los últimos coletazos del verano en el que la crisis comenzó a ser verdad para los bolsillos mariñanos.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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