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El guardaespaldas

jueves, 27 de enero de 2022
Antonio, aprovechando unas merecidas vacaciones estivales y con 20 años recién cumplidos, se fue a recorrer la Patagonia en autostop. Los primeros días de enero de 1966 llegó a Malargüe, una ciudad perdida donde se acababa el asfalto. En la estación de servicio comprobó que entre un numeroso grupo de mochileros bien equipados, había tres chicas, foco de un montón de miradas desbordantes de testosterona.

Así como ellas destacaban dentro del grupo, la llegada de un chabón esmirriado, con un bolso casi vacío y cara de susto, tampoco pasó desapercibida para las minas, que con la inteligencia y la intuición que las caracteriza lo atrajeron como un imán. Nunca fue capaz de resistir la mirada de una mujer y mucho menos la de tres juntas.

Después de una breve interrogatorio: "¿De dónde sos? ¿qué estudiás? ¿andás solo en serio? ¿tampoco tenés bolsa de dormir?" llegó la propuesta mas insólita que recibió en su vida.

- Estos cargosos nos van a hacer la vida imposible y nos van rondar todo el rato. Vamos a decir que sos el primo de Mónica y que te unís a nuestro viaje. A cambio de tu compañía te vamos a dejar dormir debajo del alero de nuestra tienda.

Las tiendas canadienses poseen un sobretecho impermeable que se extiende por fuera, dejando unos espacios cubiertos a los costados.

- Y vamos a compartir nuestra comida con vos, que te vas a ocupar solo de comprar el pan fresco cuando haya.

Solo, sin tienda ni comida, sin saber a donde ir ni como iba a sobrevivir, ni se lo pensó. Y con la yapa de estar próximo a Mónica, su nueva prima, en cuyos ojos se sumergía cada vez que se los encontraba. El regalo de cumpleaños más maravilloso que podía haber recibido.

Y entonces le explicaron el plan. Ellas iban a Bariloche pero como no había tráfico no se podía seguir a dedo. En unas horas pasaría un micro nocturno que los llevaría a todos, incluso la jauría de mochileros, hasta Zapala, donde seguirían el viaje.

Firmaron su nombramiento como guardaespaldas familiar con intercambio de besos. En ese momento tomó posesión de su nuevo cargo. Viajaron hasta Zapala, donde continuaron a dedo hasta San Martín, para acampar a orillas del lago Lácar..

En San Martín de los Andes comienza la famosa Ruta de los Siete Lagos, de tierra en aquellos tiempos, una de las más espectaculares del sur Argentino. Salieron temprano para poder llegar por la tarde a Bariloche.

Como ya habían comprobado que si los veían a los cuatro juntos no paraba ningún coche ni camioneta, decidieron utilizar una estrategia: Mónica y Graciela hacían dedo, mientras Lila y él, esperaban detrás de un árbol. Funcionó.

Paró una camioneta con dos tipos jóvenes, cancheritos, el que manejaba era hijo de un Ministro según comentó para impresionar. Se les borró la sonrisa cuando vieron al cuarteto. Antonio se acomodó al lado del rubio copiloto (a estas alturas llevaba casi una semana sin ducharse y en enero hace bastante calor, y se suda) y las tres chicas en la caja. Arrancaron y, como evidentemente no iba a ser el viaje más divertido de su vida para esta pareja de cajetillas, cuando deberían estar en la mitad del camino y después de un intercambio de susurros entre ellos, se acordaron de que se tenían que desviar y los dejaban ahí, en el medio del bosque, en un camino que no tenía ni carteles ni mojones ni nada para tener una idea de donde carajo estaban. Así que decidieron caminar en la dirección que llevaban, él, como caballero y excediéndome en la obligaciones del contrato, portaba una de las mochilas. Si no fuera por las circunstancias, serían unos momentos idílicos. Solos, rodeados de la magia de ese paraíso patagónico, conversando como viejos amigos. No pasó ningún vehículo.

A medida que iba avanzando la tarde, Antonio sentía que la oscuridad se le metía adentro. Le dolía todo el cuerpo y le latía la cabeza. Estaba levantando fiebre. Cuando ya no se veía nada y decidieron pararse sin haber llegado a ningún sitio, él estaba tiritando. Luego de una rapidísima cena, las tres primas convinieron hacer lo posible para salvar a su guardaespaldas, que hasta ese momento les había resultado de suma utilidad. Además, en los pocos días de convivencia se había desarrollado un linda amistad.

Así que luego de una rápida consulta, le cedieron una bolsa de dormir, y dos de ellas compartieron otra. Ese noble gesto lo conmovió muchísimo. Le dieron una aspirina (aceptaba cualquier cosa de parte de ellas) y se acostaron casi encima de él para darle calor. Son esos momentos de la vida que tendrían que tener el botón del replay para volverlos a vivir y poder disfrutarlos. Antonio estaba totalmente tronado y se durmió tiritando.

De pronto oyó cantar unos pájaros, abrió con dificultad un ojo y vio unas copas de pinos apenas balanceándose sobre un cielo azul intenso. Con el otro ojo pudo ver la cabeza de una mujer sobre su pecho, y otra enfrente, y otra más al lado. Afinando el oído, podía escuchar unas respiraciones muy suaves. Se encontraba en el Nirvana, no sentía su cuerpo, solo una sensación de felicidad como no recordaba otra anterior. No quería ni moverse, no quería despertar a sus compañeras, ni quería romper ese momento místico.

No sabía dónde estaba. Cuando empezó a recordar su estado la noche anterior, se dio cuenta: se había muerto y se encontraba en el Paraíso. Porque ese sitio, con esa naturaleza, esos murmullos en silencio, tres minas usándolo de almohada, eso no podía ser otra cosa que el Paraíso. No supo cuánto tiempo pasó. Parecía una eternidad, como si hubiera ingresado en otra dimensión. Obviamente estaba en el Paraíso.

Cuando las chicas se despertaron y confirmaron que estaba vivo, sano y extraordinariamente feliz, se acabaron las boludeces. Desayuno cinco estrellas, rearmar mochilas y a seguir viaje.

La llegada a Bariloche no podía ser más épica. Los levantó un camión que llevaba tres troncos enormes de pinos de más de un metro de diámetro. Esta vez cambiaron papeles. Las primas en la cabina junto al conductor, un laburante que se entretuvo bastante con la charla, y él sentado en la punta del tronco superior, por encima de la cabina, disfrutando de la vida y la libertad en el recorrido mas bello e inolvidable del mundo.

Andrés Montesanto. Fragmento de "Buscando a Elena" (2021).
Montesanto, Andrés
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