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Los Reyes Magos

jueves, 13 de enero de 2022
Y pasaron otra vez los Reyes Magos, provenientes de Oriente. Hay comentarios que en Abu Dhabi se le quiso acoplar un baterista, pero consideraron que los tríos molan más. Me refiero a Los Panchos, Los Sudamericanos, Tricicle y otros.

Los jodidos, como hacen todos los años, me dejaron en los zapatos un año más. Ante mi cara de desilusión, Melchor me explicó sonriendo -Has vivido un año más, que no es poco-. Mientras Baltasar acercándose a mi oído me susurró -O sea que te queda un año menos, Negrito-. Pero no he sido el único decepcionado por Sus Majestades.

Una de mi nietitas, Sol (la llamo así porque cuando aparece ilumina todo), a pesar del esfuerzo de sus padres, recibe la presión de la sociedad en la que vive. Sociedad que basándose en una fiesta pagana que festejaba el comienzo de la aproximación del Sol, y que más tarde fue apropiada por la religión para celebrar el parto de una chica soltera de 16 años, la terminó transformando en una orgía consumista. Hay que comprar lo que no necesitamos y regalar cosas, aunque muchas sean devueltas.

Sol, cada vez que salía de su casa era interceptada en el ascensor por alguna vecina que le preguntaba -¿Qué le has pedido a los Reyes?-. Sorprendida por no tener todavía una respuesta, miraba el suelo. - Si te has portado bien tienes que escribirle una carta pidiendo lo que te gusta-. Mientras esperaba junto a su madre en la farmacia, la gentil boticaria disparó la original pregunta de esos días -¿Qué le pediste a los Reyes?- A lo que la gorda que seguía en la cola se adelantó a explicar la lista de juguetes que su nieta, lista como la que más, había marcado en el catálogo de La Corta Inés. Otra clienta, que esperaba más atrás, explicó que ella le daba a su hijo el catálogo de La tía Sara, para que el chaval eligiera y le facilitara la tarea. -Los chicos ya no escriben cartas- pontificó.

Un día al volver a la casa, consultó con su hermana mayor, Dulce (es un dulce de verdad), la duda existencial que tenía, y ante la falta de información de lo que ofrecía el mercado actual, buscaron por todos los rincones, sigilosamente, algún catálogo donde elegir como los otros niños. Pero la solución la encontró al día siguiente en el camino a la escuela. Lo vio en el escaparate de la juguetería. Imponente, deseable, amarillo lustroso, un tractor que funcionaba como uno de verdad. Esos que aparecen siempre cuando una cámara de televisión se cuela a grabar en una chabola. Iba a pedir el tractor y cada vez que le preguntaran las vecinas y amiguitos, respondería en voz alta y firme su deseo. Y así lo hizo, oyendo como los demás la felicitaban por la elección y le aseguraban que si se portaba bien, seguro que los Reyes se lo traerían. Y se dormía todas las noches conduciendo el soñado tractor por las playas de Málaga. La víspera del día milagroso, de los deseos concedidos y las promesas cumplidas, se durmió con el olor a plástico nuevo y con su hermana rogándole que se lo prestara un ratito.

El despertar mágico, que los telediarios repiten hasta el cansancio, llevó a las niñas junto al árbol que habían ayudado a armar. Sol no vio ningún paquete con el volumen suficiente para contener el tractor, encontró un pijama con dinosaurios y un juego didáctico de animales, pero no perdió las esperanzas. A media mañana pasaron por la casa de los abuelos a recoger los regalos que Sus Majestades habían dejado. Unos muñequitos articulados, varias golosinas y unas medias. Pero quedaba aún otra oportunidad. Los tíos anunciaron que tenían unos regalos dejados por los Reyes. Y por su casa pasó la familia. No más entrar la niña corrió al árbol de Navidad. El envoltorio que tenía su nombre era del tamaño de un libro. Pero ella había visto a sus padres comprar en Kehay unos paquetes con los que construyeron un armario enorme en su cuarto. Y el gran dinosaurio que trajeron de un chino y armaron un domingo en familia, venía en un envoltorio similar a ese regalo. Seguramente el tractor venía doblado y traería un librito con las indicaciones de cómo armarlo. Todavía mantenía la ilusión.

El libro con figuras desplegables de animales de la selva, la sumió en una depresión, con sentimientos mezclados de frustración, pérdida de fe, sentirse engañada y arrepentimiento por los esfuerzos por mantener una buena conducta. Pero sobre todo, de rencor y sed de venganza a esos Reyes que la desilusionaron. Esto se reflejó en una cara de culo que la llevaba a arrastrar el mentón por el suelo, y que obligó a sus padres a mantener un diálogo adulto con esa preciosidad enfadada. Y con razón para estar enfadada.

- ¡Si yo se lo pedí varias veces y me porté muy bien! ¿Por qué no me lo trajeron como me decía toda la gente? ¿Por qué a los otros chicos le traen lo que piden?

Los padres trataron de convencerla que a veces los Reyes no pueden comprar algunos juguetes.

- ¡Pero si son Magos pueden hacer cualquier cosa! ¿O no son Magos?
Si vienen desde Finlandia en trineo, ¿cómo no pueden pasar a buscar el tractor que está en la esquina?

Entre sus padres y Dulce, que estaba muy feliz con los regalos que había recibido, la fueron llevando por la calle de la resignación. Para el año próximo intentaría una nueva estrategia, y cuando fuera mayor y hubiera elecciones, votaría a Vox.

Andrés Montesanto. Muy agradecido por los regalos que le trajo la vida, no los Reyes Magos.
Montesanto, Andrés
Montesanto, Andrés


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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