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Társila, dulce Társila

martes, 23 de noviembre de 2021
La meiga de la montaña

Su casa es de piedra, de una sola estancia y protegida por la única roca geórgica que se sale del Bosque da Moa, en la Sierra del Candán. Ambas buscan una mutua complicidad y se protegen entre sí, como si fueran una misma pieza. Allí fui por primera vez en el mes de agosto de 1982 no sé bien si buscando protección para Radio Noroeste o picado por la curiosidad que en mí despertaban algunas prácticas tradicionales. Entonces me regaló una vara de castaño, "la mejor medicina contra la envidia" y el cuerpo hueco de una vacaloura, "el mejor remedio contra el meigallo". Los del pueblo eran sus asustadizos clientes, ni amigos ni enemigos; a mi me recordaron siempre aquello de "eu non creo nelas pero haber hainas".

Lo cierto es que esta semana me contaron que a sus 100 años, Társila aún vivía "levantando la paleta" a la gente.

- O sea, que es una especie de psiquiatra...

- No, Társila es meiga y entre otras cosas "levanta la paleta".

- ¿Y eso que es?

Aquel día ella me lo contó con gracia montañesa, al mismo tiempo que abría las ventanas para que el viento circulara por la estancia y se llevara sus secretos...

- No, no es un hueso ni tampoco tiene que ver con el cerebro. Es una cosa que tenemos en el estómago y cuando esa cosa está caída... mal va el asunto, ¿Sabes?

- ¿Y tú notas que "la paleta está caída"?

- Sí, porque el enfermo se queda sin fuerzas, se le va la vida...

- ¿Y qué haces?

- Pues lo estiro en el suelo con los brazos extendidos y si una mano queda más corta que otra, entonces, hay que "levantarle la paletilla".

- ¿Tiene cura?

- Sí, si llegas a tiempo. Haces un ungüento en base a ruda, menta y aceite; al mismo tiempo le pones unas ventosas en la boca del estómago, de esas que se hacen con un vaso y unas "mariposas" encendidas. Entonces vas arrastrando el vaso y este "levanta la paletilla".

Ya ves. Eso es levantar la paletilla no lo que tú te crees cuando andas bajo de moral, como anda casi siempre mi amiga Melania, que añora Argentina.

A mí me fascinó siempre esta mujer con aspecto de mayor pero no vieja; nadie le ponía encima los 78. Por eso he vuelto a verla para que me contara más cosas de las que hacen las meigas a sus 94...

Társila tiene un gato negro, de los veteranos de esta selva en la que los eucaliptos de la modernidad rodean al bosque autóctono donde lo encontró...

- Fue hace muchos años, una vez que se me hizo noche y me di cuenta de que yo veía a los espíritus... Sentí como si me hablara y lo traje conmigo.

Társila cree en la reencarnación y piensa que el gato, al que le puso Felipe en honor a su padre, es un antepasado suyo, ya que le proporciona muchas claves del mas allá...

- Entonces... ¿Dónde te encuentras a los espíritus? ¿Son gente conocida?

- Si salgo de noche, los veo en todas partes. Unos son conocidos y otros no. No te puedo decir cuántos son porque varían. A veces, cuando muere uno de un pueblo cercano viene enseguida pero otras veces tarda un tiempo en llegar. Salen cuando en las Iglesias tocan a oración y se juntan todos por aquí. Algunas veces forman la Santa Compaña.

Según Társila en el Mas Allá hay "almiñas, trasnos, pantasmas, feiticeiras y nubeiros..."

- Las almiñas salen todas en grupo el Día de Difuntos. Yo les dejó comida...

- Venga, Társila, no exageres...

- ¡Que se la comen! ¡Ya te digo, con el hambre que tienen! Y hablando de los difuntos no te tomes las cosas a broma...

- Bueno, pues los trasnos son muy bromistas... ¿No?

- Algunas veces, si están de buen humor, tontean con las mujeres...

- Pero... no me digas que...

- Solo les tiran la tartera, le roban las patatas, cosas así...

Luego le insistí en la reencarnación y Társila tiene la teoría de que el niño, cuando está en el vientre de la madre, no tiene alma y que son los espíritus los que le ceden su alma al asomarse a la vida...

- Cuando el niño sale del vientre de la madre llora porque es cuando cobra el espíritu del que está muriendo. Y si el espíritu no encuentra una criatura se reencarna en un animal, generalmente un perro.

Cuando Társila me contaba estas cosas yo miraba a Felipe y el gato movía la cabeza asintiendo... Lo mismo que cuando hablaba de "echar los piojos a distancia" o el "mal de ojo"...

- ¿Tienes a alguien que te esté haciendo la vida en imposible?

- No Társila, no; que yo sepa nadie me quiere tan mal...

La conversación, aquella última vez, fue larga porque luego entramos en los remedios como el "caldo de ratas" que lo cura todo, hasta el "mal de oídos"; y el "caldo de culebra", que es tan utilizado como las hierbas: la menta, la ruda, los granos de anís, el romero...

- Pero claro, esto es como todo. Hay que saber combinarlas, el tipo de ratas, las culebras apropiadas, etc.

Pero recuerdo que sentí escalofríos cuando me contó lo de aquel aquelarre; el momento en el que "el Gran Cabrón" -o demo- le tiró un "peite de olliños", cual si se tratase del famoso cuadro de Goya.

- Yo salí corriendo mientras las demás corrían con él por el bosque tan tranquilas. Algunas eran del pueblo, no creas. Y al día siguiente me saludaron como si no hubiese pasado nada.

- ¿Tú fumaste alguna vez un porro, Társila?

- ¿El puerro? Lo tiene plantado el cura en su huerta.

- No, no... Un pitillo de marihuana.

- No, yo no fumo... No debía de fumar nadie, porque el tabaco pone los pulmones negros.

Entonces nos despedimos y cuando ya estaba subiendo al coche dispuesto a no perderme por las pistas de la sierra, me dijo de nuestros jóvenes, esa generación tan bien formada...

- Un ramo joven se doma fácilmente. Puedes hacer con él un bastón o un apero. Pero cuando es tronco, ya no hay quien lo doble... A los jóvenes hay que educarlos para que encuentren trabajo.

De vuelta, miraba y miraba, a uno y otro lado, a ver si veía algún espíritu, pero solo conseguí ver -me pareció por la cola- a un zorro escapando despavorido por el ruido del coche...

Társila es única y me dejara muy contento con eso de que mi alma puede quedarse en el cuerpo de un niño...

- ¡Es la teoría más bella que escuché en mi vida!

Ahora que cumplió los cien me gustaría verla de nuevo.
Rodríguez, Xerardo
Rodríguez, Xerardo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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