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Salvavidas que no lo son tanto

miércoles, 17 de noviembre de 2021
Que la administración pretenda ayudar a las empresas es, en ocasiones, para echarse a temblar. En lugar de rebajarles la carga fiscal, que es algo que genera pocas fotos y aún menos anuncios publicitarios, tienen la costumbre de usar campañas difíciles de explicar y nefastas cuando se entra al detalle.

Me vienen a la cabeza tres ejemplos que les relato a continuación. El primero es que, para la realización de un sorteo de 30.000 euros en premios por parte de la Federación de Comercio, la Diputación ha concedido una ayuda de... 50.000. Es decir, que si la propia Diputación hiciera el sorteo y se ahorra 20.000 euritos de nada.

El lector avispado me dirá "es que además del dinero de los premios hay que hacer carteles, papeletas, anuncios..." cosa que podría tener sentido, no se lo discuto... pero entonces ¿para qué están los fondos propios de las asociaciones, federaciones y demás chiringuitos? Porque si nos cuesta 50.000 euros públicos sortear poco más de la mitad, las cosas no encajan. También hay que decir que antes era peor. Hace unos años daban 52.000 para sortear 10.000, lo que fue un escándalo mayúsculo que, por supuesto, quedó en nada porque ya sabemos que el dinero mueve voluntades y amordaza críticas. Así nos luce el pelo.

El segundo ejemplo es aquel pomposo plan de ayudas municipales que se aprobó al principio de la Pandemia. El "Reanima" Lugo fue un magnífico proyecto que inyectó dinero en las empresas locales, algo digno de aplauso y que si se hubiera quedado en eso habría sido perfecto. El problema es que se les llenó la boca cuando lo anunciaron y explicaron que iban a sufragar lo que los trabajadores dejasen de cobrar en los ERE/ERTE (como sabrán el SEPE abona en sus prestaciones el 70% del sueldo), lo que era obvia y evidentemente falso. Lo malo es que generaron esa expectativa y hubo muchos problemas por parte de los empresarios para explicar a sus trabajadores que no se estaban quedando con "su dinero" de las ayudas, y sólo una campaña explicativa intensa ayudó a superar el lío que montaron... y estoy seguro de que algún trabajador todavía piensa que le han robado ese 30% que se le prometió.

El tercero y más reciente son los bonos impulso de la Diputación. Este tema es terrible y lo que era una magnífica campaña se ha convertido en una fuente de pérdidas para las empresas. Verán, el funcionamiento parecía sencillo: el ciudadano pedía el bono, lo gastaba en los comercios adheridos a la campaña, éstos presentaban los bonos a la Diputación y la entidad les pagaba ese dinero. Fácil, ¿verdad? Evidentemente el beneficiario del bono es el ciudadano que lo solicita y para el comercio es una forma de pago de parte del producto vendido.

Hasta ahí bien, si no fuera porque la Diputación, en un proceder digno de la estulticia pública, decidió que el dinero se tramitaría como subvenciones a los comercios. Es decir, que según la Diputación quien recibe la subvención es el comercio, no el ciudadano que se beneficia del bono, por lo que ese establecimiento ha de declarar ese dinero como ingreso (cuando en realidad no lo es, es una forma de pago). En sociedades se tributa el 25%, así que si tienes 1.000 euros en bonos vas a perder, de entrada, 250 en impuestos y eso sin contar el IVA que ya pagaste y el retraso en el cobro de un bien que ya entregaste hace meses. Vamos, que pierdes dinero.

A la Xunta le pasó algo parecido con los bonos que sacó hace unos meses, pero rectificó y cambió las bases para que tributase por esos bonos el beneficiario, es decir, el que los disfrutó y no la empresa para la que no deja de ser un medio de pago. ¿Se imaginan que MasterCard les cobrase un 25% de comisión? Sería usura, pues es lo que ha pasado.

Ese es el problema de los planes diseñados sin conocer el mundo real, el ajeno a la administración pública donde los ingresos están garantizados y los gastos pueden ser caprichosos y responden sólo a un criterio: la foto.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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