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A Mariña, una vez más

miércoles, 23 de julio de 2008
De los casi siete mil kilómetros de costa, que se pueden disfrutar, desde el EO hasta el Miño, por el antiguo reino de Galicia, me permito, en este verano húmedo y tristón, por la recesión económica, en la que, el optimismo de los que mandan, contrasta con el pesimismo de los que son mandados, recomendar Galicia, recorrerla y disfrutarla, sigue siendo una opción: buena, bonita y más barata, que otras, ya sean por el Mediterráneo, la vecina Portugal, y no digamos, esa Europa, monumental o glamurosa, dónde el poder adquisitivo de nuestros conciudadanos de la UE-rica, contrasta, con el poder hacer, con sueldo o pensión, de los demás.

Tenemos fiestas y romerías, capaces de hacerte olvidar, los agobios de la ciudad; en ellas, al aire libre, en parajes dónde hasta los difuntos comparten espacio con el campo de la feria, se mantiene la tradición de las mejores orquestas, desde las clásicas hasta los modernos espectáculos de luz, sonido, efectos especiales y música. A la cabeza, “Panorama”; titánico esfuerzo económico de los que consiguen contratarla, y tres horas sin pestañear, del público, de todas las edades y condiciones, ante un escenario móvil, que cada día, tiene una cita con los habitantes de una parroquia en la que parece que hasta los santos, están dispuestos a tirar la casa por la ventana y, presumir, de haber traído a los mejores de la oferta que hacen unos intermediarios, desvergonzados, que se hacen de oro, a costa del trabajo de unos, y la presunción de otros, por mostrar a los vecinos cuales son las mejores patronales del territorio.

Paisaje, paisanaje, historia, leyendas, gastronomía. Ofertas reales, que nada tienen que envidiar a quienes auguran que las aguas están templadas y el cielo sin una nube. Nosotros, podemos permitirnos el lujo de presumir de aquella magnífica descripción, que del gallego, hacía Miguel Hernández, en sus poemas, “vientos de la tierra, me llevan”. Ofrecemos lluvia y calma. Noches con vientos de mar, húmedos, que requieren de prendas de punto, y que antaño, calentábamos con el calor azul de una queimada con guitarras, en las playas de mica caolín, para cantar a varias voces una habanera.
Llega la hora de pasar de lo general a lo particular. Dar pistas al caminante. Señalar en el calendario o en el mapa, dónde está cada sitio.

Entra por el Puente de los Santos. Ese que ha sustituido a la vieja lancha de la misericordia, para peregrinos desde Figueras a Porciñán. En la capital de la comarca que los asturianos llaman Occidental, y que fue Diócesis de Britonia mirando al levante del amanecer, puedes comer en San Miguel, pero antes debes degustar un Rioja alavesa, en la Vinotera de la calle peatonal cerca de dónde estuvo el primer hospital de peregrinos del camino de la costa en pos de Compostela.

Sigue el camino de la costa hasta Rinlo, dónde podrás disfrutar del arroz de la más antigua de las cofradías de pescadores de Galicia, mientras alguien te cuenta la leyenda de la “Ninfa de las cetáreas”.

En el concello de Barreiros, la playa más larga de Galica, junto a Carnota. Sólo que aquella, requiere del momento de la bajamar, y desde luego, tras haber estado en la noche de plenilunio a la búsqueda de la “Santa Compaña de la Mar” en Augas Santas e ha quedado con el nombre que le puso el hijo predilecto de Ribadeo, Presidente Calvo Sotelo. Me refiero a “Las Catedrales”.

El río Masma, que llega procedente del Cadramón y baja por las tierras que frecuentó el Mariscal Pardo de Cela, separa arenales pizarrosos de arenales graníticos, sirviendo de frontera entre los Concellos de Barreiros y Foz, ambos de actualidad por la tolerancia urbanística de sus alcaldes, que no han dudado en transformar el paisaje con la presencia de pisos y apartamentos, en un culto desmedido a la especulación, el cemento y el cristal; hoy con la angustia de quines no hicieron caso de la burbuja inmobiliaria. En cualquier caso, me quedo con Fazouro, parroquia de Foz, con los restos de un Castro marino, de los muchos que existen en nuestra costa, y cerca, un restaurante diferente: “La Cazuela”. Buen gusto, en una cocina, que se sale fuera de las mariscadas.

No se olviden de visitar la imponente “San Martiño”. Iglesia catedralícia, monasterio y hospedería de peregrinos, que hablan de la historia de la Diócesis mas antigua al sur de Europa, que guarda celosamente los restos del Obispo Santo, que con sus oraciones hizo zozobrar a una escuadra Normanda, que descubre voces y frescos, en esos otoños entre ocres y luces tangenciales.

Llegamos a Burela. Ultimo territorio que adquirió la categoría de Concello, de playa a playa, de la Areoura a la Marosa, vigilada por el Monte Castelo, fundada entre tres Castros Celtas, en una Torrentera, que vive trabajando, y que nació gracias al ahorro y tesón de los de Valadouro, que buscaban la mar, desde sus campos, regados por un río, en el que los romanos encontraban el oro, que los celtas utilizaron para fabricar objetos de orfebrería como el Torqués y la Arracada.

Cervo es el corazón. Un valle que sabe de la más imaginativa aventura empresarial, en el siglo XVIII. Los altos hornos de fundición de Sargadelos. Las normas para tratar la madera de los montes, que era la energía que permitía la operación de transformar agua y caolín en porcelanas y lozas, a estilo Bristol, como habían transformado el hierro de las minas de Viveiro, Barreiros y Asturias Occidental en objetos de fundición al estilo de Burdeos.

Paseo de los Enamorados que terminan en una hermosa presa del Río Rúa, con un edificio que reconstruye las antiguas carboneras del complejo industrial, hoy sala de exposiciones de artes plásticas, del que partía una carretera de peaje, hasta el puerto de las reales Fábricas, dónde transitaban cabotaje, más de treinta buques con el pabellón de Sargadelos, y unas carpinterías de Riveira, que reparaba o construía los cascos, incluso con un personaje, como José Sarmiento, que por su facilidad para hacer mascarones de proa, la Orden Tercera de Viveiro, terminó por encargarle, entre otras piezas de imaginería, la Santa Sede para la Semana Santa de A Vila. Estamos en los dominios culturales de Os Aventados, un colectivo de artistas que se sienten inspirados por nuestro padre el viento.

Entre Sargadelos, Rúa, Cervo, San Ciprián, se le puede seguir la pista al Marqués de Sargadelos, que logró una huelga revolucionaria, contra sus dicterios, en 1795, que terminó por asentarle co0mo señor de A Mariña, desde Ribadeo, hasta Sargadelos, con retrato de Goya en la Corte de Madrid, hasta que en 1809, la francesada, provoca que los patriotas asturianos lo ajusticien linchándolo, para regocijo de sus muchos enemigos, que se encontraban entre el clero de la zona, y los señores con ilustres apellidos.

Para reflexionar sobre toda esta parte del patrimonio histórico, nada mejor que una ventrisca de bonito de Burela, cocinada por Tomás, y servida por Santi, del local denominado El Almacén en pleno Souto de Cervo. A los postres, la tarta de galletas, que Nando, gaitero y queimador, logró transformar en casi perfecta, desde la receta de Doña Elisa Crego.

Y así, llegamos al antiguo Puerto Ballenero de San Ciprián. Playas en medio de un pueblo, que es un conjunto de islas en medio de la mar, a la vista de los Farallones, archipiélago mágico en dónde descansa A Maruxaina, princesa y sirena, capaz de hacernos esclavos del amor en una noche entre piedras de cantería, o en un baño nocturno, contra el aguardiente de hierbas, en una de las playas, como la de Rueta, en la que las sombras de la leyenda del Gaitero de Rueta, puede más que el sonido de la mar y el viento.

San Ciprián, goza de las mejores terrazas del verano. Cinco para ser exactos. CIT en O Torno, Bruxas en Cubelas, Bar del Puerto en el muelle, Brunos en la entrada de la ría y Torno playa en el centro del pueblo, con farmacia y estanco a la vista del personal que goza con la música del gran Moncho de los Píndaros.

En Xove, paseo clandestino hasta la Roncadoira, con el espectáculo de las islas de Anxarón y Os Netos, los mejores viveros del percebe mariñano, para luego, si te atreves, un baño en la playa más abierta de A Mariña. Esteiro.

Camino de Viveiro, nudismo en la playa de O Portelo, de la que se encargan los de Viveiro. Visita al mirador de Faro, para bajar hasta la playa de Area y lograr el mejor de los baños, con el que uno se gana el derecho a una cerveza en la terraza del Casino de Viveiro Club Náutico.

En A Vila de Maruja Mallo, la musa de Alberti, nada mejor que cenar entre música de Escolma de Meus, en A Placiña Da Herba.

Luego Vicedo, y allí, que alguien te cuente la historia de la Casa del paisano, en la playa de Xilloy, dónde se refugió de una noche de cuchillos largos, el último de los templarios de la Isla de la Coelleira.

Para terminar. La punta más al norte de la Península. La Estaca de Bares. Hermoso faro, Hermoso refugio para las noches de los enamorados en el Semáforo, Hotel y restaurante. Playa de la Concha de Bares, en la que están los restos de la ermita más antigua de la vieja Diócesis de Britonia.

Y así, casi sin darnos cuenta, habremos disfrutado del último paraíso al sur de esta Europa, zaherida por un Euro, que nos ha hecho perder poder adquisitivo con el siglo XXI, y que ahora con la dependencia del barril de petróleo, que puede alcanzar los 250 dólares, casi no deja tiempo, espacio y humos, ara las aventuras del caminante.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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