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Un Pantocrátor hermoso

lunes, 16 de agosto de 2021
Hace tiempo publiqué aquí un comentario acerca del Salvador de Muxa. Este tema es frecuente en el arte románico y en los comienzos del gótico. Cristo viene a juzgar y se presenta con toda su majestad, sentado como juez y rey, en toda su gloria. En una mano, la izquierda, tiene un libro con siete sellos, como dice el Apocalipsis. Mientras, bendice con la derecha. De este modo lo vemos en muchas pinturas románicas españolas, en una forma llamada genéricamente Pantocrátor (gobernante de todo).

En el Pórtico Norte de nuestra catedral tenemos una imagen del Pantocrátor que, para mi opinión, es una de las piezas más valiosas del templo.

No obstante, cualquier observador comprueba pronto que el Pantocrátor no se esculpió para estar donde está. Nos lo dejan ver los recortes que hay en la mandorla en su parte superior e inferior. Eso de reutilizar esculturas antiguas para construcciones nuevas fue una costumbre extendida, gracias a la cual disfrutamos aún de la Fachada de Platerías en la catedral compostelana y de este bello Pantocrátor en la nuestra. El mismo observador avisado es capaz de ver que la piedra en la que se esculpió el Pantocrátor sufrió una rotura a la altura del pecho del Cristo, concretamente de sus clavículas, de modo que la piedra está rota de lado a lado y posteriormente pegada, como también ocurriría con otra gran obra que tenemos en Lugo: la estela romana de Crecente, en este caso, situada y visible en nuestro Museo Provincial.

El Pantocrátor nos presenta un Cristo sentado al modo románico, una perspectiva hoy en desuso, pero muy utilizada en aquel tiempo. Los ropajes son lujosos, como corresponde a un juez universal. Chaleco con profusión de adornos y pliegues de la túnica y del manto expandidos con un diseño clásico que nos hacen pensar en que el escultor conocía a sus maestros y las obras en las que se inspiraba. Tal vez fuese un escultor francés (se nota su escuela) que peregrinaba a Compostela y se detuvo en Lugo. Para sustentarse, hizo lo que sabía hacer: esculpió una estatua religiosa para un templo. Similar origen tienen otras obras del Camino de Santiago, como las pinturas murales de la iglesita de Leboreiro, aquí cerca.

El escultor era hombre culto, no lo digo solo por su manera de moldear paños y pliegues, también por esculpir siete sellos en el canto del libro que se utilizará para juzgar. Siete, como predice el Apocalipsis que conocía. También escultor que no obedece normas. Son muy pocos los Cristos representados de este modo que lucen corona, sin embargo éste sí la presenta. No voy a hablar que le falta una mano, la derecha y que, además, en la escultura no se aprecia ningún tipo de ruptura que permita suponer que estuvo allí esa mano ausente. Pudo ocurrir que fuese esculpido manco, pero me resulta muy extraño.

La cara es una preciosidad escultórica. Bien afeitado y peinado, presenta el pelo distribuido en mechones que rodean el cuello y van a caer tras él. Un diseño de barba que parece de nuestros días, como el bigote. La melena también cae hacia atrás, dejando descubierta la porción inferior de la oreja. Volvemos a los trucos que domina el escultor. Esculpe un cuello largo al Cristo. Era conocedor de esa técnica consistente en alargar algo los cuellos de los retratados para conferirles elegancia y aire señorial. Eso le aporta ese cuello ligeramente largo. Muy largo sería deforme, claro. Lo preciso es acertar en el exceso y el desconocido escultor supo acertar.

Esa cara, ese rostro es elegante, majestuoso y distante. Tal vez buenas características para un juez, no lo discuto, pero resulta ajeno, no es de los nuestros. Un juez viene de lejos, baja del cielo y viene a juzgarnos. Trae en su mano el código que le servirá de baremo para realizar su función. Pero yo, al verlo tan alejado, tan aséptico, no puedo olvidar al Salvador de Muxa, maltrecho sí, pero con esa cara tan salida de nuestra gente, tan identificada con nosotros, que puestos a jueces prefiero al del Museo aunque reconozco los méritos clásicos de éste del Pórtico Norte de nuestra catedral.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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