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Huida o desprecio

miércoles, 28 de julio de 2021
Había muchas razones de peso para gritar ¡no nos representan!. Ni los viejos, ni los nuevos. La partitocracia es cara, descaradamente irrespetuosa con los derechos del ciudadano y constituye esa casta que va desde los estómagos agradecidos a la imprudencia temeraria basada en una ignorante arrogancia.

El poder judicial está "sacudiendo de lo lindo" a sus señorías tanto legisladoras como ejecutoras. Deberían bajar del Olimpo. Han alcanzado cotas impensables de ineptitud con grave perjuicio para las buenas gentes, paganos de impuestos, víctimas de errores, mentiras y faltas de respeto.

El día 14 de marzo del pasado 2020, me encontraba bañándome desnudo acompañado de mi perro en una cala desierta, poco accesible y en la más absoluta soledad. Era invierno y comenzaban las restricciones que con tanto boato televisivo cercenaban los derechos fundamentales de españolitos como el que suscribe. Siempre hago lo que antecede por prescripción facultativa ante las secuelas del trauma crónico que me causó vivir amenazado -tengo certificado y condecoración del Ministerio del Interior de España, sobre el particular- durante doce años, por haber defendido con dignidad y valor, el derecho a ser y ejercer como español en la Euskadi que manejaban a su antojo los actuales "aliados" del sanchismo.

Llegó un vehículo de la Guardia Civil. Se bajaron dos agentes. Me fotografiaron. Uno de ellos, el más "combativo" venía sin guantes y sin mascarilla. Me pidieron la documentación de mi vehículo y demás elementos probatorios de mi identificación. Les dije que era médico. Que por prescripción facultativa usaba la talasoterapia con fines terapéuticos. Me levantaron acta de propuesta para sanción. Y lo más sorprendente. Me "acusaban" de resistencia y desobediencia a la autoridad que ellos representaban. Supongo que tales actos estaban relacionados con mi escasa indumentaria y mi soledad en aquel frío día de invierno en aquella cala oculta de mi Mariña. La sanción llegó con el cartero. 601 euros. Naturalmente, como no me he caído de un eucalipto, procedí a recurrir continente y contenido. Y tal como me suponía, el tiempo me ha dado la razón.

Hoy este Gobierno y sus acólitos, han tenido que recibir la disposición que ha dictado el poder judicial anulando las medidas de un Estado de Alarma, por no tener el valor para declarar Estado de Excepción o de Sitio. Amén de todas las barbaridades que sufrimos las gentes por la llegada de una oleada pandémica, y aquellas manifestaciones feministas del 8-M. Ello a pesar de haberse declarado el estado de pandemia por la OMS. A lo dicho nadie pidió responsabilidades. Como tampoco por las muertes en las residencias de mayores. Como tampoco por la falta de EPIS en los Hospitales. Tuvimos la oportunidad, encerrados por obediencia debida de contemplar las espantosas cifras de ingresos hospitalarios y muertes. Tuvimos la oportunidad de conocer a un personaje -Simón- que se hizo habitual, por su aspecto y su continua aparición para evaluar con la seriedad de un burro visto de perfil, las curvas del gravísimo problema socio sanitario que nos hundió en la miseria.

Tengo la suerte o desgracia de estar jubilado tras muchos quinquenios de trabajar como médico hospitalario y profesor, asociado por oposición en la UPV, de Salud Pública. Digo y diré que la enfermedad social producida por el COVID es de manual epidemiológico. Otra cuestión distinta es quien debe dirigir al proceso de lucha integral contra la pandemia y sus consecuencias. Los errores han sido una constante. La manipulación de las cifras, arte o ciencia, que recuerda aquello tan viejo, de mentiras, grandes mentiras y estadísticas...No hay responsables. Nadie ha puesto en marcha una comisión de investigación. Todavía son los políticos quienes manejan el mando de las medidas, sólo que con una particularidad. Han huido del Parlamento. Han decidido compatibilizar enfermedad con economía. Han usado la técnica del ventilador para pasar del mando centralizado y uniformado en invierno del 2020 a la tempestad de medidas que se toman por las Comunidades del Estado de las Autonomías y que deben refrendar los jueces. ¡Manda carallo en La Habana!.

Llegó el otoño y volvieron las restricciones. Pero esta vez, despreciando al Parlamento. Además sus ocupadas señorías no escucharon a los expertos que pedían legislaran sobre una Ley de Salud, ya que sabíamos de las mutaciones víricas y sus consecuentes oleadas, con vacunas o sin vacunas, y con una población dividida entre ciudadanos asustados, con razón por haberse dejado amigos y familiares por el camino; y otra población alegre y combativa, con sentimientos de impunidad e inmunidad juvenil, reclamando que las calles y plazas eran lugar propio para celebrar reuniones y botellones. Pero no le echemos la culpa por entero a la juventud. Yo resido en un edificio que se empeñó hasta conseguirlo para hacer reunión de convecinos. O como tratando de frenar la indignación del sector orquestas, y se programaron verbenas que tengo motivos para sospechar fueron núcleo de esta quinta oleada que ha convertido a la Mariña en uno de los rincones más azotados por el contagio. Claro que de esto como del misterio de la Santísima Trinidad, nadie habla o investiga. Y me pregunto. Un servidor en aquel 14 de marzo del 2020 fue casi detenido por desobediencia y resistencia, cuando al lado de mi domicilio habitual hay un "campamento" de auto caravanas, con usuarios procedentes de los cuatro puntos cardinales de España y nadie los importuna, de tal suerte que a pesar de no guardar distancias, usar mascarillas, y cumplir la prohibición de reuniones entre seis o diez, disfrutan en un espacio preñado de hasta más de treinta vehículos. ¡Deben tener patente de corso!. Pero los habitantes en el Concello de Cervo estamos señalados como miembros de una comunidad asolada por el virus y declarada de riesgo alto.

Me decía un colega ilustrado y preocupado. ¿Qué más tiene que suceder para que en esta quinta oleada la Fiscalía actúe de oficio?. El Ministerio Público está para defendernos cuando se permiten conductas altamente peligrosas. Que quieren que les diga. Conozco y respeto al Benemérito Instituto. Les debo la vida. Y tiene que haber razones de peso o hartura manifiesta, para que los mismos inspectores de sanidad pertenecientes a la Guardia Civil que me denunciaron aquel invernal 14-M, no procedan contra los "veraneantes" que disfrutan de libertad absoluta delante de mi domicilio, ¡Algo no funciona!. O mejor debería decir. ¿Hay algo que funcione?.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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