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BRUJAS

viernes, 18 de mayo de 2001
Jose Ramón lo había oído muchas veces. Todo el mundo hablaba de ello, y eran muchos los que lo habían visto sin que nadie explicara el resultado.

La primera vez que Jose Ramón pasó por Taro, camino de Veadantes, para conocer a su único y primer amor en Gloria, recibió la información personalmente: "No vuelvas por la noche en tiempo de aguas calientes", le amenazó Carlota cuando lo vio pasar por delante de su casa. "Pues poco éxito voy a tener de día", protestó José Ramón sabiendo que con la luz del sol nadie podía verse con las chicas. Esta vez fue Carlota la que tuvo miedo: "Estos son los que causan muchos de ellos", dijo al ver seguir a José Ramón tan decidido.

Las lenguas de fuego que bailaban en las frondas de robles y castaños asustaban a la gente en circunstancias diversas. Muchos se peleaban discutiendo si se trataba de nieblas o fuegos de verdad. Pero los que quisieron resolver las dudas con una linterna, pensaron de otro modo. José Ramón lo supo la segunda vez que iba a ver a Gloria por la noche. Se había encontrado en el camino con las sombras ordinarias de algún castaño o roble ocasional. Pero al tratar de diluir una de ellas con un viejo foco que llevaba, sintió toda la intensidad del silbido de un disparo en una oreja. Pasó de largo junto al resto de las sombras ocultando el miedo e ignorando los reflejos que serpenteaban por encima de las frondas. "Muchas gracias", dijo al creerse cubierto por una nube roja a la que ya estaba acostumbrado en noches coma ésta, “así puedo ver el camino sin necesidad de gastar nada" añadió sin convicción.

La noche de san Telmo acabó con toda duda en la mente de José Ramón. Esta noche fue distinta. Vio lenguas de fuego en el camino como siempre. Le asustaron menos las que se erguían por encima del espeso roble que las que centelleaban por entre las escasas rendijas de la espesura. Superó una serie de dehesas, pero luego se vió obligado a cruzar junto a un castaño al arrimo de un pantano. Esta vez se despertó solamente para escuchar la intensa verborrea de voces femeninas a las que tanto había despreciado cuando otros le hablaban de experiencias de esta índole. Creyó poder identificar algunas voces y tembló. Se enfureció al reconocer la de Carlota, la vieja que tanto le había insistido en los peligros de la noche. José Ramón perdió el miedo unos instantes: "Para ti sólo sirven desconjuros", dijo para que supiera que la reconocía. La respuesta se desató en una serie de murmullos que parecían un verdadero enjambre de Carlotas. "Sirven para todos los diablos", gritó José Ramón sin saber lo que decía.

Se levantó como pudo y siguió caminando como si nada hubiera sucedido hasta llegar a casa de Gloria que se dio cuenta sin que nadie se lo dijera: "No te asustes, también hay ruidos por aquí" dijo pensando en su aldea, "y no dañan la salud". José Ramón escuchaba con la mirada distraída coma si no entendiera ninguna de las palabras de Gloria.

José Ramón volvió a su casa más afectado que nunca por los fuegos de san Telmo. Hubiera querido descansar, pero tuvo miedo a que renacieran los murmullos de las brujas. Cruzó el dintel con firmeza y soltó su conclusión: "No hay que creer en ellas, pero haber haylas".
Díaz-Peterson, Rosendo
Díaz-Peterson, Rosendo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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