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Hablemos hoy de... Amor, con mayúscula

miércoles, 17 de marzo de 2021
Partiremos de la premisa básica y primordial que, el Amor con mayúscula, no tiene significado, ni objetivo, ni sentimiento entusiástico de religión, patria, cruzada o, en algún caso, de ardores celosos; contra algo o contra alguien. Ese amor, por norma, siempre desembocará en fanatismo de Inquisición. Es falso, adulterado o fingido.

El Amor con mayúscula, no rechaza ni excluye, se vuelve unitario, ya que, todo rechazo y exclusión, generará siempre un corolario de "sufrimiento".

Cualquier "Cruzada", envuelta en la justificación de amor por..., se convertirá en injusticia.

Un Amor de padre o de madre, que ama y protege a sus hijos y que, pese a perder la vida por ellos, la entrega; ese Amor, es el noble "Camino de Imitación", que todo ser humano, debe perseguir, en cualquier circunstancia y lugar.

Todo hombre o mujer, que comienza a hollar ese "Sendero de Imitación", libre en su corazón de todo daño, perjuicio y prejuicio, que ama todo lo que tiene vida, esté cerca o lejos, frágil o fuerte, alto o bajo, grande o pequeño; que no desprecia a nadie de ningún modo, ni en ninguna circunstancia, que reverencia a todo ser, sin tener en cuenta quiénes son. Que el amor a sí mismo, no existe, ya que su único propósito es servir y amparar al prójimo en sus necesidades, siendo éstas de mayor importancia que las propias, de tal modo que, su primer impulso sea el auto-sacrificio, y no algo teórico o ideal sin práctica. Entonces, y solamente entonces, es cuando se encuentra el verdadero Amor con mayúscula.

Ese individuo, es digno poseedor del epígrafe, "Ser Amoroso".

Aquí, por supuesto, no estamos describiendo un amor que se identifique con ninguna creencia o religión, de ningún "religare"; como unión de lo divino y de lo humano, ya que eso, sería mística, y aquí, no es el caso.

Aquí, sí hablamos del Amor Universal que como ejemplo viviente, practicó un mortal, nacido en 1182, como Giovanni di Pietro Bernardone -conocido posteriormente, como S. Francisco de Asís-.

Ese ser humano, limitado como todos nosotros, dejó claro lo que es el Amor con mayúscula. Punta de lanza de la espiritualidad de siglos venideros, aglutinador de todo lo creado con su inalterable gozo y júbilo, que le hacía sentirse "uno" con todo lo creado: "...hermano lobo, hermano sol, hermana luna, hermana flor...". Ya, en el siglo XII, viaja a visitar a Malik al-Kamil -sultán de Egipto y Siria-, al que abraza, y con él diserta.

¿Dónde está la separatividad?
Eso, sí es Amor Universal.

Nuestra personalidad, va desplegando, y sin duda acrecentando, las etapas del amor. Pero, un amor, siempre limitado y pequeño, por no decir interesado: el amor al compañero, a la familia y allegados, a los camaradas, al grupo en el que te sientes protegido, etc., hasta llegar al Amor a la humanidad, y al servicio grupal.

Esto es, vamos pasando lentamente, de las "correctas relaciones humanas" -lo que entendemos por unas normas de urbanidad básicas-, pasando por una "buena voluntad" -estando en todo momento, dispuesto a ayudar cuando te lo solicitan-, hasta llegar a la "voluntad al bien" -donde el individuo se implica directamente en buscar a quien ayudar-.

De esta forma, poco a poco, el "Amor Universal" aparece, pero no ya como finalista de amor al prójimo en su máxima expresión, sino, el Amor a todo lo creado, sintiéndolo como "Unidad", dentro del cual, todos y cada uno de nosotros estamos ubicados; aunque, eso sí, siendo desconocedores de ello...
Méndez, Ricardo S.
Méndez, Ricardo S.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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