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A FUERZA DE INTENTIVA

viernes, 15 de febrero de 2002
Para José Carboeira los cuentos de Ramoncín ya no tenían valor. Sin haber salido de Cerdeira, Carboeira conocía a todo el mundo. Como él bien decía, su casa tenía orejas, ojos y narices para sentirlo y verlo todo. Una lámpara de aceite, respaldada por el humo de los cirios y el musgo de los tejados, le permitía captar tiempos que nadie había conocido. "La natura tiene sus propósitos y a los que la usan para otros fines no les permite ver nada", decía a los que ponían en duda su saber. Su casa tenía nombre y "cada una tiene el suyo", añadía Carboeira, "¿No ves que se consultan y pelean sin saber dónde les vino el nombre ni preguntarse a dónde van?".

José Carboeira conocía las fantasías de Ramón que había trabajado abriendo zanjas en las sábanas de Cuba. Volvió negro, y, al parecer, sin ahorros, pero a Carboeira le decía que allí se enchía uno de plata sin hacer grandes esfuerzos. Los árboles de la sábana producían desmesuradas que a uno nunca le daba el son en la cabeza. "Si pasabas todo el día metido en una zanja, ¿qué carajo te importaban a ti las hojas?" protestaba Carboeira mientras enfurecía a Ramoncín: "El que nunca salió de casa sólo vió una hoja en el árbol de la vida".

Cada vez pasaban más indianos por Cerdeira y Carboeira sintió con más urgencia que nunca la necesidad de enseñar a todo el mundo que en todas partes se puede producir: "Porqué no aprendéis a crear aquí, carajo, la inventiva nos debe salvar a todos".

Carboeira se dejó crecer la barba y apegó concha marina a las orejas con la intención de parecerse a un peregrino cualquiera. Aprendió oraciones en latín y se metía delante del arzobispo en las procesiones de julio para que todo el mundo pensara que sabía más latín que el cardenal. Lo hacía para vender oraciones y cirios de una quincalla local. Por cada vela vendida rezaba gratis al próximo cliente, consciente de que la generosidad también produce dinero. Luego se reía por su cuenta: "Soy como los curas, cuanto más me dan más rezo".

Muchos vecinos no se dejaban impresionar por Carboeira: "Tiene las visagras en desuso". Pero José ya estaba impregnado por el valor de la tenacidad.

Cuando ya no quedaron cirios para la venta y Carboeira tenía la impresión de que la gente no entendía de oraciones, buscó otra inventiva. Salió de la ciudad y se metió en los campos dando a muchos la impresión de que ahora volvía a trabajar. Pero José no hacía más que cortar nabizas por los campos de la vecindad. Muchos lo dejaban conscientes de que en esto también podía haber bendición, mientras que otros se callaban con la esperanza de que así se curara su locura.
Pero Carboeira hacía todo esto para que se engordaran los bulbos de los nabos que luego servirían para construir carrozas apostólicas.

Fue la inventiva más productiva de Carboeira. Empezó construyendo carritos de nabo que vendía a los peregrinos que habían pasado la travesía con sus niños. Añadió más tarde un caballito blanco a sus carrozas de tal manera que los peregrinos se pelearon por sus logros. Fue tal el éxito que Carboeira se vio obligado a comprar tierras enteras de nabiza y los labradores empezaron a tomarlo muy en serio y le pedían consejo cuando sembraban los campos. Carboeira se reía: "Yo sólo conozco el resultado". Pero todo el mundo empezó a invitarlo a las fiestas anuales, lo que para Carboeira no representaba más que una amenaza a su inventiva.

Para algunos el éxito de Carboeira se convirtió en peligro. "El atrevimiento de Carboeira va a terminar con las conchas", decían los que vivían junto al mar. Carboeira les contestaba con insultos: "La tierra produce más que el mar".
José Carboeira abrió una tienda en Santiago. Se trataba de un kiosco ocasional, pero como estaba en medio de la plaza, atraía la curiosidad de todos a la espera de nuevos descubrimientos. Se acercaron primero los campesinos que le habían visto recoger nabizas, impresionados ahora por su esfuerzo. Pero cuando llegaron peregrinos que sabían muchos idiomas se despertó la curiosidad de todo el mundo. El negocio de Carboeira se hizo internacional y todo el pueblo alrededor quería saber ahora lo que guardaba en su kiosco. Don José se reía con humildad insobornable: "¿Qué importa lo que hay si no es el aura que lo viste?".

Preocupado por las exageraciones de la gente, Carboeira quiso abandonar la industria de los nabos mientras se dedicaba a alimentar la fantasía del pueblo con viajes a lugares que nadie sabía dónde estaban. Cuando regresaba de esos lugares que nadie conocía de antemano, siempre disfrutaba la sensación de haber engendrado otra ilusión en el pueblo. Pero estaba preocupado de que su inventiva pusiera en peligro los recursos del lugar. Así pareció cuando se presentó una vez cargado con algunos sacos de yuca creando consternación en los que pensaban que de esta forma acabaría muy pronto con las chiroubeas y patatas. Nadie entendió a Carboeira cuando les preguntaba que qué habían perdido el día en que descubrieron las patatas por primera vez.

Volvió a construir carrozas, pero esta vez las hacía de madera. "Estas duran mucho más y la gente pensará en mí por mucho tiempo", fue lo único que dijo.
Díaz-Peterson, Rosendo
Díaz-Peterson, Rosendo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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