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Una torre singular

jueves, 25 de febrero de 2021
Pienso que si me preguntasen que a qué monumento lucense le tengo un cariño especial o qué reliquia del pasado es capaz de alegrarme en cuanto la veo en mi pasear callejero, sé que no diría la muralla, ni el mitreo, a pesar de que me asombran tanto como la primera vez que los vi. Tampoco hablaría del techo del ábside de la catedral. No mencionaría ninguna de esas joyas, que como tal las considero.

Sin dudarlo mencionaría la torre de la iglesia de San Pedro, antigua conventual de S. Francisco. Tan rural y tan barroca es esa torre, tan hermosamente conjuntada, que siempre me llama la atención.

Parece arrinconada, olvidada, como sin hacerse valer, siendo preciso más bien que la vayamos descubriendo poco a poco, apreciando sus detalles en sus diferentes dimensiones para, entonces, darnos cuenta, como yo me percaté hace tiempo, de que estamos ante algo singular aunque no es más que una sencilla torre parroquial. A las personas valiosas también hay que descubrirlas, no están en escaparates.

De planta cuadrada, sobrepasa ligeramente la altura de la fachada de la iglesia, en la que está incrustada por una arista, pero formando parte de obra diferente. Su forma es prismática coronada por un campanario con balcones y rematada por un tejado a cuatro aguas. A media altura, la torre presenta unas rozas inclinadas que permiten pensar que hubo algún pórtico con su tejadillo apoyado en ella. No lo sé ni lo he preguntado.

Las paredes de la torre son de pizarra con sillares de granito en sus aristas, así como en los marcos de las ventanucas que tiene. Siempre me ha gustado esta estructura, propia del rural lucense, hoy algo perdida por ideas que modernizan, y ocultan, las raíces de las formas. No obstante, nuestro monumento más rural y grandioso, el Monasterio de Samos, muestra este mismo tipo de construcción: pizarra y granito en aristas y marcos.

Me dicen, siempre hay quien dice, que las construcciones del Lugo de entonces, siglo XIV, se realizaron en pizarra aprovechando desechos de la muralla. Fueron muchas las torres de defensa que se derribaron, mucha la piedra sobrante que presentaba fácil disponibilidad de uso para quien se quisiese aprovechar. Buenos eran los frailes para sacar partido de lo que fuese.

La torre luce más cuando se le ve desde el claustro del antiguo convento, hoy perteneciente al Museo Provincial de Lugo. Es posible que su presencia airosa resulte tan inesperada, que agrada sobremanera encontrarla en el paseo que se puede hacer recorriendo el claustro. Tal vez sea desde allí desde donde más se fotografía la torre, pues junto a los arcos, confiere un hermoso contraste vertical a la horizontalidad que vemos. Otro claustro, famoso, tiene un ciprés. El nuestro, una torre.

La parte superior de la torre está rematada por un campanario. Diría que es barroco. Las barandas y los soportes de los balcones me lo permiten decir. Tal vez corresponda a la época en la que se rehizo la parte superior del claustro, también barroca. Pero en el claustro me ocurre una cosa. Me faltan las guirnaldas de frutas cayendo a lo largo de columnas, tan propio del barroco compostelano y que aquí vemos en la puerta de Santiago de Meilán. Tal vez estemos ante una obra temprana, en la que las señales de identidad barrocas no estaban muy definidas, o aún no habían llegado al convento de Lugo. El barroco de esta torre aún no sigue las pautas compostelanas, propias de casi todas las torres gallegas, que las hacen terminar en estructuras esféricas. La torre de la iglesia de S. Pedro está rematada por una pirámide de base cuadrada, un tejado a cuatro aguas. Encuentro similitud de este remate con el de otra torre conventual cercana, la del antiguo convento de dominicos, hoy de Madres Agustinas, en la Plaza de Sto.Domingo, también a cuatro aguas. Los obeliscos que adornan las esquinas del tejado de nuestra torre, además de prestarle esbeltez, defienden su cubierta del empuje del viento, como otros hacen en Mondoñedo.

Cuántas cosas me evoca, o es capaz de hacerlo, una torre que puede pasar desapercibida... Lo mismo que muchas personas de auténtica valía.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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