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Plaza de Santo Domingo (2)

miércoles, 10 de febrero de 2021
Frente al ajetreo de gente que viene y va, propio de la parte superior de la plaza, ésta se desliza en suave pendiente hacia abajo, cara el ábside gótico de la iglesia de San Pedro, un lujoso y estético telón de fondo para la plaza, que parece otra cosa si la comparamos con la parte superior, la plana. Me gusta el sosiego de este andén que bordea el convento de Agustinas, bajo naranjos y con bancos cómodos y nos lleva hasta la plaza de abastos, otra obra de Eloy Maquieira de puro estilo racionalista y todo en medio del movimiento ciudadano, que parece alejado aunque estando en la misma plaza.

Más o menos abundante, esta parte siempre ha tenido ajardinamiento. Recuerdo los ligustros, donde estaban los llamados coches de punto, y aquel olor dulzón y agradable que desprendían en los atardeceres veraniegos. Hoy los adornos vegetales están bien distribuidos en diferentes parcelas. Tal vez lo más espectacular sea la hilera que flanquea la calzada de la parte ascendente de la plaza, de camelios recortados como un seto gigante. En relación a ella hay opiniones, pues conozco a quien disgusta su presencia por entorpecer la vista de la fachada del convento. Soy de otra opinión, pues creo que ese seto invita a sobrepasarlo para ver la fachada en su totalidad. En ese plan, no ocultan, más bien invitan al acercamiento. Por demás, tenemos un hermoso rododendro que en su momento está tapizado de flores rojas llamativas. Podemos ver Cotoneaster, Gingo biloba, tejos, naranjos y, también, una triste muestra de lo que puede ser un atolondrado amontonamiento de plantas.

Tal vez estamos ante un enclave diferente al resto de la plaza, yo diría que un cantón, ese término tan de nuestra tierra que define estos lugares urbanos. Una parte, el convento y frente a él, jardines y espacio destinado a la vida y los encuentros ciudadanos. Me gusta una fila de faroles, de corte romántico, solitarios que alternan con naranjos y cobijan bancos de acogedores respaldos, que ofrecen un refugio apropiado para la charla distendida y reposada.

El cantón baja paralelo a la calzada por donde pasan los coches que llevan su rumbo y, por suerte, queda sicológicamente lejos de ella gracias al biombo vivo formado por los camelios, otro lujo ornamental de la plaza, que durante los primeros meses de cada año adornan con sus flores este paisaje urbano.

Siempre me ha gustado el convento de las Agustinas. De la iglesia ya he hablado aquí y volveré a hacerlo, pero ahora me quiero detener en el aspecto que ofrece desde la plaza. Me gusta mucho por su dejación del aspecto palaciego que pudo haber tenido. Me gustan las ventanas con sus bordes muy salientes que confieren esos juegos de sombras que se deslizan por la fachada conforme pasa el día.

El acceso a la iglesia es singular. Ese espacio soleado, tranquilo y con la sencilla puerta gótica de paso al templo y dos puertas de acceso al convento, me recuerda una logia italiana de esas que es frecuente encontrar en provincias y que sirvieron para encuentros, charlas y accesos a palacios.

Los frentes del convento que encontramos a ambos lados del vestíbulo barroco que comento, han sido remodelados recientemente por Ruperto Sánchez y Benjamín Santín mediante un modelo de pizarra con sus aristas y bordes en granito, como también vemos en la puerta de San Fernando de la muralla, diseño salido del mismo estudio y muy del estilo rural lucense.

En la parte inferior, casi escondido sin querer, o queriendo, hay una escultura moderna, no figurativa, que tiene la virtud de generar encuentros de opinión. Me gusta mucho, aunque conviene decir que el lugar en que está parece un duro castigo. Creo, es mi opinión, que esa obra merece mejor acomodo en la ciudad. Tal vez sobre una plataforma que la alce algo y en un lugar en el que pueda ser contemplada en toda su periferia.

Ya digo, genera mucha controversia y mientras algunos manifiestan correctamente su opinión, hay quienes dogmatizan de manera rotunda contra ella. El tiempo pone las cosas en su sitio, pero espero que cuando le llegue el reconocimiento, no la encuentre arrinconada.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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