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Plaza de Santo Domingo (1)

miércoles, 27 de enero de 2021
Yo diría que esta plaza es el centro de la actividad lucense. Todos la cruzamos alguna vez cada día yendo de un lado para otro. Unos vienen, otros van, pero nadie queda en la plaza, que es un lugar de paso. Siempre ha sido así, de este modo. La plaza de Santo Domingo marca el paso de nuestros días, los de cada uno de nosotros como individuos y los de la ciudad como colectivo.

Múltiples recuerdos asociados a nuestras diferentes edades, desde las barracas de San Froilán hasta las procesiones de Corpus, las iluminaciones navideñas y más actividades que viven en esta plaza uno de sus hechos culminantes. Estoy seguro de que cada uno de nosotros la asocia a momentos importantes de su propia vida. Pero a pesar de tanto recuerdo, nos ha acostumbrado a no quedar en ella, más bien a utilizarla como paso de un sitio para otro.

Aún veo cuando, donde ahora está el monumento al bimilenario, había servicios públicos subterráneos con accesos protegidos con barandillas de tubo donde, junto a ellas, trabajaban limpiabotas lustrando zapatos a clientes apoyados en las barandillas. Cuna de comentarios, noticias, habladurías. El "me han dicho", "se dice que" o el "he oído", eran latiguillos que precedían a informaciones nacidas alrededor de estas barandillas.

Aquella plaza provinciana ha ido dando lugar a ésta, pero manteniendo su carácter. Ya no hay bazares generalistas, hay tiendas especializadas. Los coches de punto, que antes estaban en la parte de las agustinas, ahora cambiaron de nombre, se llaman taxis, y están junto a la Calle del Progreso. Pero siguen en la plaza, siempre zona de paso.

Esta plaza tiene un trazado alargado de modo que queda dividida en dos partes bien definidas. Una de ellas, ligeramente en pendiente, sube hasta la parte superior, horizontal. Dos partes de una misma plaza que veo muy diferentes en cuanto a su uso ciudadano, pues mientras una, la de arriba, es una muestra del ajetreo ciudadano, en la de abajo hay lugar para el reposo, el paseo y el disfrute de la belleza, que es mucha en el entorno. Es en esta plaza donde se encuentran los edificios civiles más nobles de la ciudad, (es mi opinión), varios de ellos obra de nuestros Maquieira y Vila, que permanecen como exponentes de su labor en Lugo. Otros han desaparecido mártires de falsas modernidades y claros afanes especulativos.

Y el monumento. Nuestro señorial modo de decir que Lugo cuenta dos mil años de edad. Una columna de inspiración romana y, sobre ella, un águila romana que alza el vuelo, acaso porque alguna zona del Imperio se desmadra. Me gusta porque tenemos dos mil años de edad y decirlo no es presumir de nada. Al pie del monumento tenemos una bonita ornamentación con flores de temporada, esas que los jardineros se encargan de ir renovando de modo que siempre haya plantas en flor. Zona de fotos para el visitante.

Esta plaza ha sido lugar de encuentro de nuevas corrientes de pensamiento. Partidarios y detractores de ellas se encontraron en la plaza y se confrontaron en ella. Así ocurrió siempre que tuvo que ocurrir, pero nunca llegó a más el nivel de desencuentros.

Antaño, había bazares bulliciosos en las aceras, tiendas que tenían de todo lo imaginable y que hoy perviven en el recuerdo de unos cuantos, cada vez menos. Puestos a novedades, aunque recuerdo las tiendas del fondo de la plaza, con su panadería, la armería, la emisora de radioaficionado, nunca olvidaré el impacto que tuvo en Lugo la apertura de las primeras galerías comerciales. Galerías de Santo Domingo se llamaban y en ellas habían tiendas de alto nivel: Joyería (con anuncio radiofónico en verso), juguetería, tienda de lotería, estanco y, al final, la gran tienda de embutidos. Aquello era otra cosa para mejor, lo nunca visto. Con el tiempo, la novedad se fue amortiguando, las tiendas dejaron de ser lo que habían sido, siendo substituidas por nuevos negocios. A pesar de tanto cambio, la plaza mantiene su carácter de zona de paso, también lugar de recepción de toda cuanta novedad pueda llegarnos.

Si, me gusta mucho esta plaza. Le tengo cariño.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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