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Tres médicos escritores (II)

martes, 27 de mayo de 2008
CASTELAO, MÉDICO Y ESCRITOR

INFANCIA Y JUVENTUD

En Rianxo (La Coruña) el 30 de enero de 1886, en un frío amanecer, Joaquina Castelao da a luz un varón, de parto normal o, tal vez, como algunos afines especulan, de un parto de nalgas, premonición popular del advenimiento de un guía nacionalista, en todo caso, de un hombre cabal. Es bautizado con el agua de la Ría de Arosa que se bendice a los pies de la iglesia de Santa Comba, con los nombres de Alfonso Daniel. Alfonso a requerimiento del párroco Magariños de querencia monárquica, y Daniel, por voluntad familiar: y así le llamaron siempre sus padres y hermanas y sus devotos amigos. (“Irmán Daniel, na praia de Rianxo caían como bágoas as estrelas”, poetizaba R. Cabanillas).

Su padre, Mariano Rodríguez Dios, marinero, emigra a la Argentina dejando a la mujer y a su hijo de tres meses recogidos en casa de sus suegros y al cuidado de éstos. Pronto consigue regentar allí con tesón y no poca valentía un “almacén de campaña”, La Cruz Colorada, en el término de Bernasconi de Colorado Grande. Afianzada su posición económica en aquella “pulpería” de la Pampa Central y transcurridos once años reclama a su lado al niño y a la madre; y allá se van Joaquina y Daniel en un paquebote alemán, por esos mares de Dios -como tantos otros gallegos- a la inquietante aventura de la emigración americana.

Nada más justo que seguir aquí el relato de Castelao en uno de sus celebrados Retrincos, “el Secreto“: “Apenas arribados a Buenos Aires tomamos un tren que corría mucho y luego otro tren que corría poco, y después un coche de caballos que nos llevó dando tumbos por el desierto de la Pampa. En aquella soledad había plantado mi padre una casa para hacerse rico, pensando siempre en los lares nativos, y era preciso cerrar los ojos al duro trabajo en espera del retorno feliz.

“Nuestra casa era el centro comercial en diez leguas a la redonda. Allí vendíamos de todo y allí comprábamos cuánto producía el país. El mostrador del comercio estaba defendido con rejas de hierro, porque en nuestra casa -portillo obligado de muchos caminos- paraban diariamente gauchos bravos acostumbrados a darse a la bebida para insultarnos con un cuchillo en la mano. Mi madre, la pobre, lloraba por verse entre gente sin religión. Y los dos, heridos por la saudade, echábamos de menos la pobreza limpia de mis abuelos.”

Daniel, sin más escuela que la vida y el ejemplo de sus padres, aprendió a hacer cuentas y tocar la guitarra, a conocer el peligro de las armas, la dureza del dormir bajo el mostrador y a dibujar y pintar, su gran afición desde muy niño. Le gustaba una revista ilustrada “Caras y Caretas” (del lucense José Cao), que de tarde en tarde recibían de Buenos Aires y que iba a significar mucho para su porvenir artístico.

Mariano se sale con la suya, y a los quince años de iniciada su aventura, con abundante plata en el bolsillo regresa a Rianxo. Le habían precedido ya Joaquina y Daniel, y las niñas, Josefina y Teresa (que allí, entretanto, habían nacido) en una travesía atlántica, ahora más ilusionante, que les devolvía a la Galicia soñada. Sucedía todo ésto en un año rotundo: 1900.

En la villa rianxeira, organizan su vida, abren un comercio -son ya indianos pudientes- y disponen el inicio de los estudios de Daniel, que le permitan el acceso a la Universidad, el pertinaz sueño del padre.

CASTELAO, ESTUDIANTE
Alfonso Daniel estudia en un colegio privado de Santiago, el de Don Manuel Llamazares. Era un alumno aplicado, despierto, sin dificultad para los estudios. Tan es así, que aprueba el bachillerato completo y el preparatorio de Medicina en la mitad del tiempo acostumbrado: dos años y medio.

A los 17 años, en octubre de 1903, comienza la carrera. ¿Por qué estudia Medicina?. Castelao nos dejó dicho que por satisfacer a su padre, el cual, es cierto, había mostrado una decidida voluntad de que su hijo tuviera un digno porvenir, y sobre ello había reflexionado mucho en los sueños inquietos y alborotados de su estancia argentina: le deseaba un destino de prestigio, categoría social e independencia económica.

Situémonos en Rianxo. La Universidad Compostelana está cerca, -ya circulaba un tren a Santiago, el compostelano, de Carril a Cornes- y dos eran las posibilidades para estudiar allí: Derecho y Medicina, las más propias de aquella época. En Galicia, el Derecho se veía con una irónica inquina: los conflictos frecuentes sobre las propiedades y sus límites, los vecinos malavenidos, los sometimientos a los caciques de turno, hacían de la profesión una buena fuente de ingresos, pero una encrucijada algo penosa para la honestidad y el buenhacer cívicos.

Otra cosa ocurría con la Medicina. Por aquellos años la Ciencia Médica emergía con un sorprendente progreso. Freud y el Psicoanálisis, De Vries, con la teoría de las mutaciones, Roentgen con los rayos X. En España fascinaba la deslumbrante estela científica de Cajal y en Galicia, la de Varela de Montes, la máxima figura científica del siglo XIX, que había revitalizado la Escuela Médica de Fonseca La creciente Industria Farmacéutica, la nueva cirugía a favor de las garantías de la anestesia, el conocimiento sobre el origen bacteriano de muchas enfermedades infecciosas y la lucha ya eficaz contra algunas epidemias (los sueros,las vacunas,el uso de antisépticos,las cuarentenas sanitarias)determinaban una favorable inclinación de los estudiantes hacia los estudios médicos.

La novelística mundial, en particular la francesa, con Balzac, Flaubert, Zola, alababa la figura del médico, que por entonces alcanza una indudable fama. Si a ésto añadimos el general prestigio de los galenos en la sociedad urbana y, más aún, en la rural, comprendemos muy bien la decisión del señor Rodríguez, el cual poco a poco, llenándola de sentido (cuántas veces habría deseado la cercanía de un médico en el aislamiento de la Pampa) la va a trasladar a su querido Daniel, joven sensible y de afanes humanitarios.

UNIVERSIDAD
Ya tenemos a Alfonso Daniel en Santiago de Compostela. La Universidad gozaba de una singular estimación académica, y la Facultad de Medicina rebosa de figuras ilustres: Romero Blanco, Barcia Caballero, Blanco Rivero, Ramón Varela, Martínez de la Riva, Romero Molezún, Varela Radío, Gil Casares...., y Castelao no puede eludir la fascinación de tal elenco en la Medicina Compostelana. No le cuesta demasiado seguir las asignaturas y aprobar los exámenes con aceptables calificaciones. Es la anatomía una de las que más le interesan y su pasión de artista le lleva al máximo conocimiento del cuerpo humano, salvadas las iniciales repugnancias de las clases de disección con el leve sarcasmo e ironía que suelen suscitar en los novatos la proximidad de los cadáveres y los enigmas de la muerte cercana. Respeta a los profesores, a los que acepta sin aspavientos ni rebeldías excesivas, y la mayoría de ellos queda reflejada en divertidas caricaturas, en sus cuadernos de apuntes.

No se puede creer -como algunos opinan- que la Medicina le resulte una misión ingrata y que no le suscite entusiasmo. Estimo que le origina las mismas ilusiones e interés que a la mayoría de los estudiantes en el difícil comienzo de la carrera, a los dubitativos 17 años. Es más, en su caso: podría responder a alguna de sus preocupaciones trascendentes, como insinuó en significativa ocasión.

Quizá sea oportuno recordar los casos de Chejov, de Baroja, Somerset Maughan, Torga, Lobo Antúnes y de tantos otros autores que reconocen la capital importancia para el desarrollo de su personalidad (y de su modo de escribir o de ser políticos) de su formación médica, a la que nunca renuncian y que siempre es objeto de recuerdo y alabanza, lo mismo que sucedió con Castelao.

Un hecho a destacar, que chocaría hoy pero que entonces no llamaba la atención, es que a mediados de la carrera se hace practicante (ATS) y pasa a trabajar en las salas del Hospital Provincial que dirige el Dr Angel Baltar, compatibilizando esta actividad con sus estudios de Medicina, hasta el final de éstos, en junio de 1909. Esta labor práctica va a significarle una adicional ayuda a su preparación académica, preferentemente teórica: concediéndose así una sustancial apoyatura para el posterior desempeño de la profesión.

Alfonso es muy popular en la ciudad estudiantil, simpático y dicharachero, y lleva con juvenil alegría sus años universitarios. Visita los cafés céntricos, paseará por la Herradura y Santa Susana, quizá atraviese la Catedral los días de lluvia, aprovechando para visitar la Corticela románica y al sonriente profeta Daniel del Pórtico de la Gloria (con el que muchos le comparan). Acude a las tabernas tradicionales, en las que los vinos gallegos, el ribeiro y los monacales albariños, adquieren excelsos sabores y consistencias aptos para facilitar la amistad y la filosofía, mientras el orballo que cae sobre las rúas acompasa la canción del vino en los bocoyes, allá al fondo cunqueirano de las bodegas.

Hará, pues, bajo el estruendo de las campanas o en el silencio nocturno de las mojadas calles, una vida estudiantil no muy lejos de la descrita por Pérez Lugín en la Casa de la Troya, si bien en una clave médica y artística, y más rural y gallega.

Toca la guitarra, por afición, y no tarda en inscribirse en la Tuna de Medicina -como “primera cuerda“- participando en cuanto festejo se le presenta. No falta a los ensayos, y en 5º de carrera con dicha Tuna visita Portugal, llegando hasta Lisboa. De esta última gira y de su larga preparación van a resentirse sus estudios, y es la única vez que suspende algunas asignaturas en los exámenes de junio que, no obstante, recupera sin dificultad en septiembre.

Además de ser un buen tuno -pensemos en lo que ésto significa- es un rápido caricaturista, con lo cual su participación se hace imprescindible para el grupo y su incontestable mérito popular. Tal disposición para el dibujo se va a incrementar de modo progresivo, convirtiéndole cada vez con mayor firmeza en el artista que desea ser.

Prosigue los cursos en la Facultad y termina la carrera de Medicina en 1909, con gran satisfacción personal y la consiguiente alegría para la familia y muy en concreto para su padre, verdadero promotor de la misma.

En los meses que siguen del verano, persuade a don Mariano para que le deje ir a Madrid -y le subvencione- para cursar el Doctorado. No sabemos si por diferir el ejercicio de la profesión o por conocer los ambientes artísticos de la Capital, con lo que estaba muy ilusionado; tal vez, por los dos motivos.

No llega a tiempo, en octubre, para matricularse en la Universidad Central, y tramita la enseñanza por libre. “Seré doctor, le escribe a su padre, pero yo soy artista y seré el primer caricaturista de España; llegaré a vivir de esta profesión”. Uno de sus óleos es premiado con medalla de oro en la Exposición Regional Gallega, de ese mismo año, lo que avala y reafirma su vocación por la pintura.

Se relaciona con pintores y dibujantes, busca la protección de prestigiados periodistas, como Vicenti, y comienza a colaborar en algún periódico madrileño y en revistas ilustradas regionales. Sin embargo, retorna a Rianxo, quizá desilusionado, tal vez acuciado por su enfermedad silente, en junio de 1910. No consta que haya aprobado las asignaturas del doctorado, ni que preparase tesis doctoral alguna.

Hay un acontecer en esta época de su biografía que no podemos posponer. Recién terminada la carrera se le diagnostica una tuberculosis, entonces una enfermedad vergonzante que apenas se puede declarar en público. Al parecer no lo comenta, ni siquiera a su familia. Era una afección seria y condicionante. No había remedios eficaces y quedaba a merced de preceptos físicos (reposo, aire puro) e higiénicos, y el enfermo incipiente debía someterse a un austero género de vida, a una manera de vivir casi de ermitaño.

Castelao, si mis datos no son erróneos, es sometido en una clínica de Santiago a la resección quirúrgica de unas adenopatías laterocervicales específicas. Antes ya se había trasladado a la Toja, para una cura sanatorial antifímica.

En los años siguientes, aún con las precauciones debidas, va a estar sometido a esta permanente preocupación y si su estado general es en apariencia saludable, no puede olvidar el peligro de su enfermedad adormecida. Su vida alegre y bulliciosa, de tuno vividor, quedará relegada; de sopetón adquirirá un sentimiento casi dramático de la existencia, aunque aderezado, en su caso, por la burla y el desenfado del humorista; es más, la persistente herida será fructífero manantial para su actividad creadora.

CASTELAO, MÉDICO EN RIANXO
De cualquier modo, más recuperado, se decide a ejercer la Medicina en su hermoso pueblo natal. Establece la consulta en su propia casa, y se habilita como médico libre. Sabemos que entonces correspondía al alcalde el nombramiento del médico titular y en Rianxo lo era un tal Viturro, cacique liberal, adversario político del partido maurista al que pertenecía su padre y con el que colabora él mismo, de ahí una obligada rivalidad con su colega “propietario” de la plaza.

Con ocasión de su trabajo profesional va conociendo los problemas sociales de las gentes sencillas, sus pobrezas y precariedades, y puede profundizar en el auténtico humus sociocultural de aquella tierra.

Aunque su especialización preferida es la obstetricia, cuyos conocimientos ha refrendado con el Dr. Varela Radío, en Santiago, no deja de atender las enfermedades infecciosas habituales en dicha época (escarlatinas, tifus, pulmonías) y de practicar la pequeña cirugía de los accidentes laborales y las reyertas. Es decir, las tareas de un médico rural sometido a la zozobra de la emergencia o lo inesperado.

Ejerce su labor con eficacia y con la consciente responsabilidad siempre preocupada y vigilante, pero la práctica hospitalaria y su cercanía a Compostela, para las urgencias, le tranquilizan, y atenúa sus dudas.

En diversas publicaciones sobre temas de salud, en el Barbero Municipal, su semanario, muestra competencia científica y sensibilidad social y sanitaria.

No abandona sus dibujos y caricaturas, pero afirma también que tiene un gran cariño a la Medicina. Si bien, añade, le gusta más estudiarla que su desempeño práctico, quizás por las dificultades del ejercicio rural, por los pocos medios disponibles y el aislamiento científico y colegiado.

No dispone de igualas y gana escaso dinero, conocidos además los compromisos con amigos y familiares y la pobreza de muchos enfermos a los que no sólo no cobra sino que debe facilitarles unas mantas o comprarles los medicamentos. Sólo si atiende un parto percibe rentables honorarios. Pero de consultas y visitas, recauda poco.

Transcurren así cinco años, compaginando la profesión médica, el dibujo y una incipiente labor política que desarrolla en el Barbero Municipal., un semanario -que comparte con Dieste y Moldes- portavoz del partido conservador, y medio para luchar contra la familia Varela y el clan de los Viturro.

En octubre de 1912 se casa con Virginia Pereira, una señorita de “buena familia” de la Estrada, villa en dónde tiene lugar la ceremonia de la boda que oficia el poeta Rey Soto. Al año siguiente tendrán un hijo, al que llamarán Alfonso Jesús.

Por entonces, le gusta dar conferencias, así en Mondariz “Algo sobre la Caricatura“, en Vigo, en Padrón, en Pontevedra, y más sonadas, en la Universidad Compostelana, de cuya escuela de Fonseca procede.

El año 1914, dramático para Europa, también le resultará personalmente nefasto: sufrirá un desprendimiento de retina que de momento le dejará ciego y después, tras recuperarse, con una minusvalía ocular que arrastrará toda su vida.

Al año siguiente, ¡qué lástima!, deja de ejercer la Medicina. A parte de los poquísimos beneficios monetarios que no le permiten una independencia económica familiar, influye la rivalidad con el otro médico del concejo, la negativa influencia de su esposa que ansía los alicientes de una ciudad y, desde luego, los crecientes achaques de su visión y la no olvidada tuberculosis. Nos atrevemos a añadir las dificultades que debía soportar un médico rural: horario permanente, climatología adversa, vivencia de situaciones límite a resolver sin dilación, en solitario, sin medios ni ayudas; la responsabilidad ética y médica siempre acuciante (Dice Baroja, en sus Memorias, y él sabía muy bien de qué hablaba, que le parecía mucho más difícil ser un buen médico de pueblo, que embajador o ministro plenipotenciario).

Castelao llega a decir: “Me hice médico por amor a mi padre y dejé de ejercer por amor a la humanidad". Mas, como señaló Ramón Baltar, “falta por saber si la segunda parte de la expresión ha estado determinada porque, con carácter general, se sentía poco seguro de su competencia o habrá obedecido a cualquier episodio concreto, de evolución infortunada, que le produjese inquietudes de conciencia”.

Sólo más tarde -ya en Pontevedra, siendo profesor de dibujo- contará a sus alumnos divertidas o fantásticas historias de su época de médico rural, tal como nos testimonia uno de aquellos discípulos, crítico de arte después, Castro Arines.

Lo decisivo, y lamentable, es que abandona la Medicina y ya no vuelve a ella más que un par de meses de 1918, cuando la terrible pandemia gripal, mal llamada gripe española, al ser requerido por sus paisanos de Rianxo -dónde la epidemia era muy violenta- y allá acude ejerciendo su misión sanitaria con apasionada abnegación.

Pero el desempeño de la profesión médica le ha impregnado sin duda de una concepción de la existencia y de la sociedad, inextinguible. Insistía Rof en que la Medicina está mucho más ligada de lo que se cree al ámbito histórico en que se mueve, y que el médico absorbe al máximo, y en cada época, la determinación auténtica de lo local. Todo clínico establece contacto con capas del “alma colectiva” en las consultas: gestos, frases, forma de quejarse o de enfermar (Recuérdese, en este sentido, la perplejidad de los médicos argentinos en el Hospital Gallego, de Buenos Aires, ante el modo de reaccionar frente al dolor de nuestros paisanos. Pautas y actitudes que desconocían).

Si no tuviera mi personal convicción de lo dicho líneas atrás sobre el amor a la profesión médica de Castelao, me serviría aquí de la garante opinión de su amigo, Otero Pedrayo, más que amigo hermano -como entre ellos se saludaban-, que resalta con reiteración en la biografía de Daniel, su condición de médico. Apoyado en la filosofía médica, ese esquema humano que domina ciertas épocas en el decorrer de la Historia, Otero advierte cómo lo que más enseñó a Castelao sobre Galicia y le despertó su amor y su trascendente dedicación a los desvalidos, fue el Hospital Real de Santiago.

Don Ramón, le confiere al ser médico una importancia “colosal” en la elaboración creativa de su obra, la cual no hubiera sido posible con otra formación. No se entiende a Castelao, añade, sin sus estudios de Medicina en Fonseca. Nadie llega a los abismos de la conciencia en la gente gallega, como lo hace un médico, y el Hospital General de Santiago resulta ser en sí mismo una Historia de Galicia, en el más amplio sentido.

Su consulta de médico en Rianxo, por otra parte, no es un testimonio menor y quizá sea más íntimo, del ser y el existir de campesinos y marineros, que le exponen, en gallego, sus miserias físicas y sus dolencias del alma, e inmersos en sus gestos y caracteres, sus adversidades sociales y sanitarias.

El genio literario de Castelao no hará así más que ahondar en esos secretos médicos de las esencias gallegas que emergerán en sus escritos (Y en muchos de ellos cabe sospechar, con claridad, la existencia vigilante del Castelao médico).

No olvidemos tampoco que la Ciencia le ayudó a dar ese salto cualitativo sobre sus primeras renuncias y a desembarazarse de sus ternuras de soñador, para enfrentarse con la realidad de la profesión médica: es decir, a profundizar en la piedad por los desheredados y en el amor al sufriente prójimo que le llevaron a ejercer con honestidad y sobresaliente compasión la Medicina.

Sabía, por fin, que los médicos no podían inhibirse en los problemas de las estructuras sanitarias ya que de hacerlo renunciarían a factores fundamentales de la salud colectiva, y en su vida de Rianxo le resultaba difícil separar lo estrictamente médico de lo que no lo era (léanse, a este respecto, sus artículos en el Barbero Municipal).

Para terminar este apartado, digamos que a lo largo de su existencia, a pesar de sus puyas humorísticas y aún sarcásticas para los galenos, tuvo Castelao predilección por sus maestros y amigos médicos, y a fuer de injustos, citaremos sólo a unos pocos: Nóvoa Santos, Barcia Caballero, Varela Radío, Baltar, el doctor Rodríguez -entrañable tisiólogo de la Coruña-, el pontevedrés Losada, Sánchez Guisande en su etapa porteña...

CASTELAO, ESTADÍSTICO
Al no advertir un porvenir claro en la Medicina y considerar insuficientes las aportaciones monetarias de sus trabajos artísticos y literarios, se decide por el ingreso en un funcionariado estatal que le otorgue una mínima seguridad económica familiar. Guarda el título de médico en una gaveta y estando en Madrid, en octubre de l915, se presenta a unas oposiciones a auxiliar de primera clase del Cuerpo de Estadística. No sabemos si esta coincidencia fué invocada por alguna amistad o por completo casual, cómo a veces ocurre en el destino de cualquier persona. Lo seguro es que aprobó los exámenes, y en enero siguiente es nombrado auxiliar 3º del Cuerpo de Estadística, y de inmediato pasa a prestar servicios en Pontevedra, en dicha Sección (según datos recopilados por Claudio González, en los Archivos del Servicio Nacional).

Llegados a este punto, permítanme hacer un comentario sobre la ambigüedad del tema de la vocación. Las aptitudes personales y la estructura convivencial para un grupo humano determinado permiten un tipo de vocaciones, que Rof Carballo designaba acogidas (sacerdote, maestro, médico) y otras, que se alejan de tales circunstancias, vocaciones socialmente desacogidas, propias de viajeros, vagabundos o desarraigados, que casi se sitúan en los márgenes del sistema. Y entre ambas especies, fluctúan otra suerte de inclinaciones, así, a medio camino, las del artista o las del administrativo sedentario, que no pocas veces suscitan contradicciones personales y dicotomías creativas que pueden desequilibrar a las personas o, en el mejor de los casos, llevarlas en etapas sucesivas o superpuestas a una mejor realización de sí mismas.

No creo que Castelao tuviese una especial vocación de funcionario estadístico, aunque tal cargo le llevase al conocimiento numérico de muchos parámetros sociológicos de su región. Había presumido en los años mozos de su condición de artista y menos de sus aptitudes para la Medicina (a la que accede porque su rebeldía filial no le permite identificarse con el oficio del padre, sino con una figura ideal que -como su familia- admira, la del médico, acorde con sus condiciones personales: sociable y preocupado por el prójimo). Tampoco, de joven, se sintió político, por más que al final de su vida estimara que había sido la gran vocación de su vida.

Daniel va pasando por todos los grados de la carrera administrativa, en concursos sucesivos (ya que no por oposiciones, fallidas) hasta alcanzar el nivel de Jefe de Negociado de Segunda. Y de Primera, en 1935.

Si al principio los emolumentos eran escasos, fueron mejorando paulatinamente. Y más, cuando es nombrado profesor auxiliar de Dibujo, en la Escuela Normal (en 1919), y después en el Instituto de 2ª Enseñanza. Y más y mejor, con algunas colaboraciones periodísticas, en particular con las del Faro de Vigo.

La vida funcionarial será larga, de 1916 a 1936, cuando a principios de la guerra civil por ser adversario del Movimiento Nacional y pertenecer al Frente Popular es desposeído de su cargo (por un expediente de depuración). Mientras, era la suya una vida tranquila, reglada, rutinaria, que le va a permitir dedicarse a sus aficiones preferidas: la escritura, el dibujo y la pintura, y la política y justamente, en Pontevedra, su ciudad (Meu Pontevedra, decía de continuo). La “boa vila“, en que ha elegido vivir y en la que le gustaría morir. Allí producirá lo mejor de su obra: el Album Nos, Cousas, Retrincos, Estampas diversas.

Pontevedra sea por siempre para la primavera, nos dejó dicho Cunqueiro: alegre y luminosa, con una claridad que pone gozo en el corazón. Contemplaría Castelao Sta María, aquel retablo de piedra, “el más hermoso altar de nuestro país, el altar de las bodas de Galicia con el mar”, y las ondas sosegadas y casi domésticas. Acudiría a las orillas del Lérez, a ensimismarse en el más allá de las aguas y en las vicisitudes del aquí, del cada día. Frecuentaría las tertulias del Café Moderno y en la farmacia Maquieira, y degustaría un albariño ó un rosal en la plaza del Teucro.

Lo cierto es que lleva una vida social muy activa. Participa en la fundación de la Sociedad Coral Polifónica, en la que canta y se encarga de las escenografías. Colabora en el Museo Municipal (dónde hoy se ubica buena parte de su obra), en el Seminario de Estudios Gallegos, en las Misiones Biológicas de Galicia, en la revista “Nos”. Incluso le nombran académico de la Lengua.

Son sus amigos: Losada, Paz Andrade, Sáez Mon, Barreiro, Bóveda, entre otros muchos. Y aunque Méndez Ferrín, hable de la mediocridad de la ciudad, la lleva en el corazón, y mientras cae la lluvia dulce, tibia y amorosa, Alfonso se refugia en los soportales o saluda a la Peregrina, camino de su casa, en la céntrica calle de la Oliva.

Le recuerdan sus convecinos como aquel hombre alto, encorvado, de andar desvencijado, voz leve y gruesos lentes, vestido de negro, con sombrero y chalina, como un artista y anacrónico bohemio…, el pitillo en la boca...

Fuera de las bajas por enfermedad (singularmente, por sus afecciones oculares, que por si mismas exigirían todo un ensayo) y en 1918, por acudir a combatir la gripe de sus paisanos, en Rianxo, pidió una excedencia temporal, en 1921, cuando fué pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios, durante nueve meses, con el fin de estudiar en Francia, Bélgica, Alemania e Inglaterra, las técnicas del aguafuerte, el grabado y la litografía. Allí adquiere nuevos conocimientos que le serán de mucha utilidad personal y para transmitir a sus alumnos de Pontevedra.

De su estancia en París, nos cuenta en sus “Diarios de 1921“, sus visitas a los Museos y a los pintores (sus procedimientos y sus cuitas), pero no habla bien de las vanguardias, ni siquiera de los desnudos en el arte. Conoce a varios políticos ilustres y grupos de derechas que tampoco le hacen gracia. Y con sinceridad se refiere a las graves dificultades económicas que padecidas durante algún tiempo le obligan a recluirse en su hotel, y meterse en la cama, pues a veces no tiene dinero ni para un café. Sufre crisis depresivas que le angustian, y no deja de sufrir por sus débiles ojos. Falto de sosiego, retorna a España.

Otra regresión psíquica e intelectual le golpea en 1927, a raíz de la muerte de su hijo, de 14 años, Alfonso Jesús (“Chuchiño”) de una peritonitis, un serio mazazo que le afecta profundamente en su labor intelectual y artística, a lo largo de todo un año.

En 1929, se va a la Bretaña francesa, de nuevo con un estipendio oficial de la Junta de Ampliación de Estudios, para estudiar los cruceros de piedra, y a raíz de este viaje editará el libro “Las Cruces de Piedra en la Bretaña”, un minucioso, gráfico y sorprendente trabajo sobre piedras y canteros, y cruces de espíritu pagano primero, cristiano después, de mucho valor etnográfico y artístico.

A Pontevedra le debo -nos dirá Castelao muchos años después- lo mejor de mi vida, y ahora padezco saudades de su paisaje, tristuras por no verla y esperanzas de retornar a ella.

“Pontevedra es una fuente de juventud, volver sería recobrar la mocedad perdida. Allí siento como en ninguna otra parte la necesidad cósmica de la patria”. Nos recuerda Filgueira Valverde, su amigo, los largos años de alegría que vivió en ella y su creatividad (Al amparo, como queda dicho, del Servicio General de Estadística, primero del Ministerio de Instrucción Pública y, más tarde, del Ministerio de Trabajo y Previsión).

Dejamos ya la ciudad, sin referirnos a la actividad política que desarrolló allí Castelao, y por la que fue diputado en las Cortes Constituyentes de la 2ª República, los avatares del Partido Galleguista, etc… que trataremos en un capítulo posterior.

CASTELAO, POLITICO
Se dice que Castelao no tenía vocación política, pero desde sus inicios profesionales como médico en Rianxo -cuando apoya al partido conservador en el que milita su padre- hasta su muerte en tierras argentinas, no deja de ejercitarla. En ocasiones, expresa su hastío de la política (“dame noxo”), habla mal de los políticos o desconfía de sus promesas, pero no abandona su ejercicio. Sus amigos le dicen que es el más político de todos ellos, y él se refiere a la política como una suerte de violencia que sólo se realiza por imperativo ético. Más que un intelectual -se comenta- fue un artista metido pragmáticamente en la política.

Comienza colaborando con un partido de derechas -maurista- en la contienda municipal, compitiendo con el cacique Viturro -liberal-, aprendiendo los trucos y excesos partidarios en las disputas del concejo y en la defensa clientelar de la Casa Mariano frente a los Varela. Desde el semanario “El Barbero Municipal”, que ha fundado con Moldes y los hermanos Dieste, fustiga a sus adversarios con dibujos y caricaturas irónicas e hirientes, que hacen las delicias de los convecinos.

Su dedicación política hasta 1913, es pues reducida y de línea tradicionalista, pero no deja de alcanzar pronto -a medida que ejerce la Medicina- una inclinación social, un mayor interés por el pueblo llano y las personas desamparadas.Se le puede identificar en aquellas fechas con una derecha (digamos) humanitaria, de contenido populista.

Sin demora, más allá del regionalismo cultural, va sumergiéndose en un nacionalismo cada vez más político y más comprometido. Se inscribe en las Irmandades da Fala (que al identificarse con el Manifiesto de la Asamblea Nacionalista de Lugo, en noviembre de 1918, compondrá ya la esencia de un partido político: algo más que la proclama de una Soberanía Estética de la Nación Gallega ó una redención elitista). Constituye esta adscripción, su primer paso serio hacia el galleguismo. Conocerá a los líderes de la época: V. Risco, Losada, Cuevillas, Otero Pedrayo (los componentes de la llamada Generación “Nos”) que le facilitan su conversión ya inequívoca hacia un nacionalismo gallego que sobrepasa lo sentimental y folclórico; se transforma en un militante activo de la “causa galleguista”: habla de confederación ibérica, de la oficialidad del idioma gallego,de autonomía integral, del despegue agrarista y de economía de libre cambio. Y así sigue, con V. Risco, “su otro yo“, hasta 1923, inclinándose por un neotradicionalismo centrado en la identidad cultural y orientado ya visiblemente hacia la defensa de los trabajadores(Igual que Blanco, Baliño,Lois y Villar Ponte).

Llega la Dictadura de Primo de Rivera (propiciada por el Rey Alfonso XIII), con las propuestas anticaciquiles y regeneracionistas de Calvo Sotelo que en principio admite y tolera, con Risco y al lado de la Iglesia, pero no tarda demasiado en alejarse amistosamente de sus correligionarios, los fundadores galleguistas, y coincidiendo con la “Dictablanda” de Berenguer se aleja hacia una línea más dura e intransigente; aunque, por el momento, sacrificando su triunfo artístico en Madrid, se confina en el marco político de Rianxo, dónde su padre es ya alcalde, y casi desaparece de la escena pública (con desapego de cualquier poder nacionalista).

Recordemos que mientras Castelao continúa de funcionario de Estadística en Pontevedra, entre 1925 y 1930 el galleguismo sólo existe como movimiento organizado en la Coruña, en contacto con los grupos republicanos (ORGA), si bien permanece independiente y agrarista.

Es a partir de 1930,en realidad, cuando Castelao va a convertirse en un “político profesional”, cuando sufre un profundo cambio: su ideario se endurece, su tolerancia se agrieta, mientras crece su personalidad pública en asambleas y mítines, en plazas, teatros y encrucijadas, que le llevan a salir diputado por Pontevedra, en las Cortes Constituyentes de 1931, por el partido Labor Galleguista. Es entonces, con el entusiasmo colectivo de una gran fiesta, cuando llega la República, que tanto habían anhelado los intelectuales y artistas y la mayoría del pueblo..., pero no transcurren muchos meses para que las mismas gentes, defraudadas, clamen con Ortega: “No es ésto, no es ésto“. (“Una cosa es la República, otra el radicalismo”). Entretanto, Castelao confirma su alejamiento del galleguismo centroderechista y se desvía con claridad hacia un partido Galleguista de izquierdas (mientras Villar Ponte y S. Picallo se inclinan por la minoría republicana de Casares Quiroga).

¿Qué sucedía, simultáneamente? “Que el proyecto revolucionario de las izquierdas no era un simple oportunismo demagógico, que la revolución tenía que ser una realidad política y jurídica, y todos debían compartir la visión del cambio como una etapa revolucionaria: era un órdago al pasado y el 14 de abril el momento fundacional de una nueva era. No había motivo pues para una transición ó un pacto, ni al acercamiento de la derecha republicana. Sin más, la izquierda asimilaba al catolicismo la persecución política y cultural, la antimodernidad y el despotismo. (Sigo el estudio de Álvarez Tardío ”Anticlericalismo y libertad de conciencia”, 2003). Nada quedaba de las promesas de una democracia, la Constitución se convertía en un código de los principios revolucionarios.

Durante dos años Castelao reside en Madrid, acude al Congreso, y defiende la lengua gallega y a los campesinos y marineros, y concentra sus esfuerzos en la elaboración de un Estatuto de Autonomía para Galicia. En las horas libres frecuenta las tertulias del Café Regina; no se olvida de los museos y de sus proyectos artísticos, pero su ideario político se va a sumergir poco a poco en la revolución izquierdista que supone una intervención estatal en el ámbito de las creencias, la cultura y la educación: inclinándose, tácticamente, por un programa que sacrifica la libertad, bajo el pretexto de emancipar las conciencias de los españoles del control de la Iglesia católica.

El fracaso del Partido Galleguista en las elecciones de 1933, tal vez por su indefinición, y el triunfo (insuficiente) de la derecha cedista de Gil Robles, dan al traste con su ejercicio político y parecen abrirle del todo -equivocadamente- los ojos. Con el Gobierno Radical de Lerroux, sufre un traslado administrativo a Badajoz (destierro político: como supuesto integrante, con Bóveda, de un comité revolucionario en Pontevedra); se frenan, aunque persisten íntegras, las reformas de la revolución antirreligiosa y quedan bloqueadas las iniciativas y propuestas del Estatuto. En Extremadura dispone de tiempo, fuera de sus horas de funcionario de Estadística, para leer, dibujar, viajar a Elvas y Lisboa, y entrevistarse con los líderes portugueses..., hasta que su amigo Portela Valladares, derechista, le hace retornar (nueve meses después) a la ciudad de la Oliva.

Para entonces, ya ha decidido su desvío hacia una izquierda más radical. Se asocia a la Izquierda Republicana (de Casaritos Quiroga) y, más tarde, al Frente Popular, de laicistas beligerantes y desaforados. En julio de 1934, cuando los católicos son excluidos de la República y ya es destructiva e incendiaria la política antirreligiosa, más aún, cuando la revolución izquierdista parece no aceptar el resultado de las urnas, su Partido Galleguista opta por una estrategia de masas que se hace evidente en el mítin de “las arengas”, en la plaza de la Quintana de Santiago, por la imperiosa necesidad de un mayor respaldo social. Creen, en plena locura colectiva, que es la única opción posible para reactivar y dar salida al Estatuto de Autonomía. El cual van a conseguir, en efecto, previo Plebiscito (con un 98% de votos positivos) en junio de 1936, aunque su plasmación institucional no llegará a ser refrendada en las Cortes por el desencadenamiento de la Guerra Civil (”un contrarrevolucionario golpe militar, corolario de la sangrienta persecución religiosa y de la revolución antidemocrática“) y sólo se haría de modo simbólico, en pleno conflicto bélico, en unas Cortes oficiosas de Montserrat y, años más tarde, en Méjico.

Su radicalización ideológica, su deriva hacia Stalin y la URSS, llevan a Castelao a deslizarse por derroteros filomarxistas que transforman en contradictorio y transgresor su nacionalismo, cuando arremete con dureza contra la nueva “Derecha Galleguista” conservadora y católica, y sus mandatarios, Risco y Filgueira Valverde, sus amigos. Es sabido que, muy atormentado, se deja arrastrar por su pasión nacionalista, basada en mitos tradicionales y precariedades sociales muy concretas, que le hacen olvidar los derechos individuales de muchos de sus paisanos, fijándose con exclusividad en labradores y gentes del mar. Desconoce el obrerismo industrial y marítimo, ya importante, y las clases medias y burguesas urbanas (“reductos españolizados y poco propicios a una pronta galleguización“); en una palabra, su proyecto no abarca a toda la población gallega, delimitaría tan sólo una democracia rural.

No es fácil entender hoy el porqué Castelao se aleja de sus mentores y correligionarios, a los que califica de retrógrados y de faltar a su compromiso político, y opta por el extremismo violento del Frente Popular y de libertarios y anarquistas, casi todos ellos ateos ó agnósticos, ferozmente anticlericales.

No es nada fácil comprenderlo, si pensamos en aquella España republicana, de políticos impregnados de dicha furia, para quiénes España “había dejado de ser católica”. En cuyos Gobiernos las divergencias más dramáticas correspondían al litigio religioso, que permitían impasibles el incendio y saqueo de iglesias y conventos; cuando en pleno 1934 resulta irreconciliable el enfrentamiento de clericales y anticlericales hasta límites hoy inconcebibles, cuando los partidos conservadores por natural reacción defensiva ante tanto anticlericalismo militante se inclinan por las directrices y el posicionamiento de la Iglesia, es entonces -repetimos- cuando Castela, muy airado, con resoluciones radicales promueve la antedicha escisión del Partido Galleguista (que determina, a su vez, la subsiguiente creación de una “Derecha Galleguista”, por Risco y Losada).

No parece lógico, como pretenden sus panegiristas actuales, ni siquiera coherente, tan abrupto desvarío, por más que el mismo Castelao se atreva a decir que es compatible con la inspiración cristiana de su Partido. Se olvida de la linealidad católica de su carrera política y de su concepción personal, trascendente y religiosa, de la vida. Señala como coartada, que no se trata de identificarse con aquellos partidos frentepopulistas, sino de una condición precisa para liberar al pueblo gallego, por su dignificación y mejoramiento; es decir, que elige el camino más práctico aunque sea el más heterodoxo, para “tocar” poder y así conseguir la aprobación del Estatuto de Autonomía, olvidándose de que más de la mitad de la población gallega (de mayoría católica) no va a seguirle por ese precio: el atajo incendiario de una coalición antirreligiosa, delictiva, que actúa en nombre de una Constitución propugnada como neutra y aconfesional.

A Castelao, semiciego y por ende visionario, en esta ocasión su videncia parece jugarle una mala pasada personal y partidaria. No tardarán en producirse la nueva quema de iglesias y monasterios, el asesinato de monjas y sacerdotes, con la implícita aquiescencia de la coalición, que él mismo y su partido deberán asumir. Si a estas circunstancias criminales se añaden la expulsión de los Jesuitas, la merma de los derechos de las Instituciones Religiosas, la retirada de los símbolos cristianos de las escuelas, los cementerios civiles ,la pérdida de la personalidad jurídica de la Iglesia, etc, es decir, una revolución religiosa que excluye a los católicos de la República, no debiera extrañarle lo que iba a sobrevenir, sin remedio, meses después.

Alfonso Daniel presagiaba, al despedirse de su “hermano” Otero Pedrayo el día de San Juan de aquel triste año 1936, en la estación del Norte de Madrid, entonces sí con acierto: “Que no volvería a ver a su madre..., que iba a producirse una guerra terrible..., perderemos nosotros, los de izquierdas..., va a ser una cosa horrible. Perderemos la guerra y yo no volveré nunca a Galicia.“

Y pocas semanas antes, le había escrito al mismo Otero: “Sé que voy a pagar caro mis ligerezas, y me da miedo porque no soy valiente. Mis debilidades me llevaron lejos, debiera volver a lo mío“. (¿Qué quería decir?, ¿Que le hubiera sido suficiente ser un digno médico de pueblo, el honrado alcalde de Rianxo, ó un gran pintor... ?).

La pregunta que se hacen muchos gallegos, para ser ecuánimes, es: ¿Sin Castelao se hubiera plebiscitado el Estatuto de Autonomía para Galicia?... Algunos creen que el Estatuto salió adelante gracias, en buena parte, a Santiago Casares Quiroga -éste sí, ateo y masón- que lo defendió desde dentro del Gobierno Republicano de la Nación, al que lideraba, con Azaña como presidente.

Hay que recordar, con J. A. Durán, que cuando Castelao se apunta a las Irmandades de Amigos da Fala, Casares ya pertenecía como miembro destacado al Partido Republicano Autónomo de la Coruña, embrión de lo que sería para toda Galicia la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), al final de los años 20 (aunque para muchos, de un autonomismo incierto y difuso).

“Contra lo que se dice, continúa Durán, en la Galicia de los años 30, no hubo un único partido autonomista, porque existieron -cuando menos- dos: el ORGA, de Casares, y el Partido Galleguista, de Castelao, y la única personalidad que daba credibilidad al galleguismo de izquierdas en la República, era Casares Quiroga”.

“Cuando se proclama la República, Castelao es un político improvisado y mal situado. No tenía experiencia, relaciones personales, medios económicos, ni la cultura política, militar, internacional de Casares o Portela Valladares. Todos sus conceptos operativos pertenecían a otra tradición, porque Castelao llega a la heterodoxia tarde y procedente de la derecha liberal más autoritaria... Tuvo que aprender y reinventar esa tradición heterodoxa... ¡Demasiado tarde y demasiado sólo!“

Casares ha sido objeto de un sumarísimo juicio por la sociedad española, y por la gallega, que todavía no ha prescrito, cual alimaña responsable del desastre republicano, que -insisto- persiste al día de hoy en la clandestinidad del silencio, él que había sido el hombre público más importante de Galicia (y el más apuesto y elegante), y cuyo nombre e inscripción tuvieron que ser retirados del Registro Civil de la Coruña, tal como nos cuenta su hija María, “por oprobioso e indigno, y borrado de cualquier institución de modo que no quede más que la ficha antropométrica de un forajido”, según relataban los informes del Gobernador Civil de la misma ciudad. (Por cierto, María Casares, en su biografía, no menciona a Alfonso Daniel, ni siquiera -que yo recuerde- durante el exilio coincidente, en París).

Castelao, entretanto, ha sido reivindicado como la mejor expresión del nacionalismo gallego, como el verdadero mito y símbolo del galleguismo, El Patriarca, el Guía del Pueblo Galaico, en particular desde el traslado de sus restos, en 1984, a Santiago.

No estaría de más que ambas personalidades, líderes generacionales primero, figuras emblemáticas después, copartícipes en la consecución del Estatuto, ocuparan, los dos, un lugar destacado en la memoria histórica de Galicia, “orgullosos de sus diferencias“, con sus méritos y sus contradicciones, ya que tanto habían trabajado por una Patria Gallega auténtica.

Casares, en el comienzo de la Guerra Civil en julio del 36, presidente del Gobierno azañista, por no entregar las armas al pueblo (que mucho se le ha criticado, pero que parece haber sido la solución más sensata) tiene que dimitir, y como un miliciano más se traslada a la sierra madrileña, a combatir con los suyos.

En 1937, por su desvalimiento físico -las secuelas permanentes de su tuberculosis- y su depresión moral, abandona España y se instala en París (temporalmente, en Inglaterra), alejándose de toda actividad política, de modo definitivo.

GUERRA CIVIL Y EXILIO
No es el mismo caso de Castelao. Está en Madrid el día que comienza la guerra y, semanas después, se suma al Gobierno Republicano, con sede en Valencia. No sólo colabora con los republicanos, sino que se convierte en uno de los líderes de su estrategia y se dedica a labores de propaganda: carteles, murales, estampas. Allí perfila su “Galicia Mártir”, su “Atila en Galicia” y colabora políticamente, en la revista “Nueva Galicia”; se abraza a Líster y contribuye a la formación de las Milicias Gallegas. Es enviado como mensajero político, y a la búsqueda de ayudas técnicas y económicas, a diversas capitales: París, Moscú, Nueva York, La Habana.

En Nueva York, realiza más de setenta actos propagandísticos y otros tantos, en Cuba. Transcurren los años 1937 y 1938, y no se adapta a la vida yanqui. Nueva York le parece una jaula de hierro en la que se ahoga -sufre una angustiosa depresión-, no le gusta el estilo de su democracia, y termina por irse ( previo corte de mangas a la Estatua de la Libertad), embarcándose en julio de 1940 para Buenos Aires, dónde es acogido por el fervor de sus paisanos en aquella ciudad (la mayor de las gallegas, con 400.000 oriundos) y es en este refugio argentino dónde pretende impulsar lo que él llamaba la Galicia Ideal y dónde va a vivir los últimos diez años de su existencia, en una febril actividad política (con menoscabo paralelo de su obra artística y literaria).

Casi ciego, acomete la redacción de su libro “Sempre en Galiza“, un largo resumen de su doctrina, su ideario nacionalista, que va ser catalogado como la Biblia sentimental del galleguismo, aunque a muchos les parezca obra menor, staliniana y teórica en demasía (según J.A. Aguirre). Un libro memorialístico, mensaje y síntesis de discursos, diarios y cousas, de meditaciones cuasi místicas, que edita en 1944, y sirvió de ayuda a la necesitada esperanza de un pueblo disperso.

Castelao se mantiene fiel al Gobierno Republicano en el Exilio, gobierno virtual, de papel mojado, en el que ocupa diferentes cargos. Crea, también, el Consejo de Galicia, del que es nombrado presidente en la Casa Gallega de Montevideo, un testimonio más de la legalidad asociativa republicana de los exiliados gallegos.

A pesar de que comienza a asimilar la inutilidad de su empeño y a contrapelo del peronismo que colabora con el general Franco, acude a Uruguay donde tiene menos problemas legales para su acción política. A finales de 1945, viaja a Méjico, Brasil y otra vez a Nueva York y Cuba, para reunirse con sus correligionarios republicanos y nacionalistas. Con el mismo fin, vuelve a París, con el Gobierno Republicano (de Giral) en el Exilio, del que forma parte, como ministro. Y en 1949, ya enfermo, regresa a la Argentina.

Se ve sorprendido por una dolencia maligna: un cáncer de pulmón (era un gran fumador, se le recuerda siempre con un pitillo en la boca), que acelera su marcha hacia la muerte, ocurrida en el Hospital del Centro Gallego, de Buenos Aires, el 7 de enero de 1950. Sus postreros meses fueron penosos, tan insoportables eran los dolores que el Dr. Sánchez Guisande decide una intervención entonces en boga, una lobotomía, con el fin de atenuar aquellos sufrimientos, pero no hace, en realidad, más que empujarle, previo estado de coma, al fallecimiento.

(Es curioso, Casares Quiroga muere el mismo año, de una “esclerosis” pulmonar acrecentada a lo largo de su vida, con un desenlace cruel: sin apenas poder respirar -sentado día y noche- sufre, con resignación, una asfixia progresiva, finalmente mortal).

Castelao, símbolo de la galleguidad en el destierro, es enterrado en el cementerio de la Chacarita porteña, con exequias de Presidente de la República en el Exilio, y ubicado el féretro hacia la Pampa, la que Alfonso Daniel había soñado tantas veces de niño, vislumbrando en las nubes del atardecer alargadísimos barcos -como los de la Armada Española, en la Guerra de Cuba, que él dibujaba-, cuando no gauchos al galope de fantásticos caballos corriendo hacia los rojos del horizonte, aquella Pampa -paisaje de la nada- que ya había sido ocasión de dolorosas nostalgias infantiles.

Vinieron, después, muchos años de olvido. Se le silencia en España y, lo que es peor, en Galicia. El régimen de Franco lo considera un político peligroso y le deja arrinconado en su mortuorio rincón argentino, y así pasan los años hasta la muerte del dictador.

Sin embargo, aún en aquella época silenciada, su figura es respetada y querida. Por lo que a mi se refiere, y perdónenme esta intromisión, podía leer -y en gallego- en el vespertino “La Noche“ de Santiago, artículos sobre su personalidad y sus obras en los años 1950-53 y, quizás, leyera en dicho periódico la oración fúnebre de su amigo Valentín Andrade, en la que consideraba a Castelao como la condensación arquetípica del alma gallega.

Y estando ya en Madrid, hacia 1960, en la trastienda de una librería de la calle San Bernardo, adquirí el argentino “Siempre en Galicia” y, más tarde, el album “Nos”, toda una revelación en nuestros encuentros sabatinos en el fondo de una bodega de la calle Escalinata, para un grupo de saudosos gallegos aficionados a las canciones del país y a la paisana mesa.

En parecido sentido, ya en 1954, se lee una tesis doctoral sobre “Castelao, escritor“, en la Universidad Complutense, como nos cuenta X. Alonso Montero, con gran sorpresa para mucha gente: aquella generación del 50, que con Valente y otros, parecía conformarse con el magisterio de don Antonio Machado.

A partir de aquí, la Editorial Galaxia, Akal y Siglo XXI, ejercieron una meritoria labor para el conocimiento de Castelao, aunque su figura siguiera siendo objeto de linchamientos oficiales (Mencionemos, por ejemplo, el “affaire” de Victoria Armesto, en el Ateneo madrileño). Hasta que, por fin, en el año 1984, sus restos mortales son trasladados al Panteón de Hombres Ilustres, de Compostela y, ya cercanos, pueden ser homenajeados cada día por los gallegos, y así lo hacen la Xunta de Galicia, las Universidades, los Institutos y Concellos de Rianxo, de Pontevedra, de la Estrada... de toda Galicia. Se celebran sus efemérides con regularidad, y la Fundación Castelao, reúne su obra y facilita su continuado estudio, el archivo, su bibliografía.

LA SAUDADE
En el exilio, Castelao se convierte de modo definitivo en “un ser de lejanías”, asume su nueva vocación desacogida de desplazado y, lo que es más lamentable, de trasterrado. Sus últimos años discurren en una triste soledad -su pasión triste por Galicia- tal como la que un día cantara Rosalía:
¡Qué tristeza tan doce!
¡Qué soidá tan prácida!
¡Mais pra un alma en horfandad sumida,
qué soidá tan deserta e tan amarga!

El paisaje argentino agrio, duro, lineal, le haría meditar sobre el femenino campo gallego de onduladas suavidades y, salvando la geometría del concepto, sumergiría su alma en la emoción de los recuerdos rianxeiros y santiagueses, y en los de “su” amada Pontevedra: la ciudad que eligió para vivir; la ría, la Peregrina, los prados, los pinares, el río Lérez testigo frecuente de sus ensimismamientos.

Cuántas veces invocaría los populares y rosalinianos versos: Airiños, airiños, aires, airiños levaime a ela.
Cuántas pensaría volver, para poder dormir en el regazo de las viejas canciones, como quería Cunqueiro.

La saudade (palabra sin equivalencias idiomáticas) y de formulación conceptual esquiva, es el sentimiento ávido de incorporarse al paisaje nativo, de comulgar con él, una vez rotos los eslabones imponderables de esa entrañable comunión. Castelao la sufriría primero, de un modo concreto, como morriña, la forma elemental de ese mórbido sentimiento, pero quizá llegase a sentir, al final, la expresión mística de la saudade, que va mucho más allá: dejar la vida, para fundirse en el seno de la Tierra.,en anhelo de lo infinito, de la Divinidad.

Sin pretenderlo, me muevo por las viejas ideas de Nóvoa Santos, doctor al que tanto admiraba Castelao y al que, sin duda, recordaría con singular afecto en esos momentos de depresivo alejamiento. (Don Roberto fue una figura relevante de la Medicina Española en el primer tercio del siglo XX, máximo conocedor de la Ciencia de su tiempo era un clínico eminente, con hechizo o magnetismo personal inusitados, un profesor magistral, a la vez que ensayista polémico y heterodoxo, diputado en Cortes en la segunda República, liberal y excepcional orador).

Superando el pasado, Alfonso Daniel, percibiría “ese anhelo, una aspiración, que si en la morriña se resuelve en voluntad de retornar a la tierra, en la saudade se intensifica y culmina en el instinto de la muerte, la forma suprema de reversión a la tierra”. Traigo, como un homenaje, estas olvidadas expresiones de Nóvoa Santos, que añadía: “La saudade es ansia de recogerse al abrigo de la tierra nuestra, del agro nuestro, de la madre de todos; cómo el místico aspira a recogerse en Dios“. (Un misticismo al margen de toda profesión religiosa que duerme, como tendencia, en la entraña de todos los hombres).

Admitamos que la Saudade como fenómeno de cultura no deja de ser una constante vital antropológica del pueblo gallego, que también traduce en la lírica tradicional su hondo intimismo.

El consuelo de Castelao, favorecido por su esposa Virginia siempre a su lado y admirable, ya no debía estar en aquel triste vivir de exiliado, sino en el aprendizaje de un morir cada vez más alejado de la atracción cósmica de su paisaje natal ,en una saudade sin luz, la del poeta ciego que él era..

Después de su dolorosa agonía, durante 1950, y el tránsito por el nihilismo estepario de la Pampa, cuando ya había alcanzado la plenitud de lo desconocido, las acogedoras tinieblas de una ceguera por fin absoluta, un día parece levantarse, como Lázaro, vacilante, hacia unas temblorosas luces: son los brillos estelares de Santiago. Sucede el año 1984. Alli emergía, en el Panteón de Hombres Ilustres, en dónde le podemos admirar hoy como el más insigne de los galleguistas, sin atisbos de heterodoxia, tal un civil santón, como un pedazo de eternidad gallega.


CASTELAO, ESCRITOR
Aunque no ha disminuido del todo la resistencia a considerar a Castelao como un auténtico escritor, los estudios filológicos y la crítica semiológica que se realizan en distintas Universidades permiten ya calificarlo como uno de los mejores escritores gallegos del siglo XX, una figura literaria comparable a personajes del prestigio de Unamuno, Baroja ó Azorín.

Advirtamos, para empezar, que “el arte literario de Castelao es el de un escritor culto. Su libertad técnica de elección le llevó a asimilar, a veces individualizándolas, maneras de decir, tópicos mentales y procesos de expresión propios de la literatura popular“ (en ajustadas palabras de Carballo Calero). Su obra no es un pues un simple producto folclórico, si bien, como Rosalía, parta de una preliteratura del pueblo. “Ambos, son escritores cultos que incorporaron, seleccionándolas, formas de creación lingüística propias de su país”.

Alfonso escribe una prosa sencilla, de elaborado ritmo y equilibrio clásico, que hoy se lee con delectación. Pero antes de seguir con su estudio, hay un aspecto de su trayectoria literaria que es preciso acometer sin demora: la consideración, casi perversa, de aquéllos que se refieren a su literatura como una simple herramienta verbal al servicio de una ideología.

Si nos situamos al principio del pasado siglo, en la Europa de las Vanguardias -que Castelao conoce de cerca, pero no admira- tiene lugar la llamada crisis de los intelectuales, es decir, aquella convicción de que los escritores deben producir algo más que libros; que hacer sólo literatura es burgués, incluso reaccionario, y que la solución más plausible es ponerse al servicio de un programa político revolucionario. Decisión que tampoco satisface al artista, el cual pronto se considera rebajado a la categoría de funcionario y restringido en sus energías creativas (J.L. Pardo).

No es necesario mencionar que hablamos de Literatura comprometida, la que venida de muy atrás adquiriría carta de naturaleza después con Sartre: la literatura militante al servicio de una causa; pero nos referimos, también, al riesgo de caer con ella en mera propaganda política, como muchos ya habían advertido.

En sentido adverso, habría que abundar en la designada traición de los intelectuales, en el arte por el arte, algo desde luego ajeno a Castelao siempre muy responsable socialmente (sólo llegará a realizar un “arte de combate” -al modo goyesco- en plena Guerra Civil, con sus dibujos y estampas bélicas, en paralelo con una literatura desde entonces bastante sectaria , propia ya de un político a la deriva).

Castelao, sintetiza con claridad García Negro, “no deja de establecer una relación dialéctica entre arte y política, moral e ideología, y en ese continuum vital y laboral cabe su obra literaria. El mismo, nos dice: “Dibujé siempre en gallego, escribí siempre en gallego; si sacáis lo que hay de gallego y humano en mi obra, no quedaría nada de ella”. Debemos considerarlo, en todo caso, como un intérprete de su pueblo, de sus dolores y larguísimas esperas, un testimonio auténtico, creíble, de la realidad doliente de Galicia.

Alfonso Daniel, cómplice con los suyos, en el contexto de la época -no lo olvidemos- denuncia las miserias y las necesidades, y lo hace durante años desde una óptica honrada, dirigida por principios morales e intelectuales permanentes, de verdad y de justicia. Defender con tal actitud ética la causa gallega no era hacer política de partido, coyuntural, resultaba ser válida función redentora. Más allá de su denuncia estaba la cercanía de los demás (“el dolor de los otros está en mi carne” podría decir, con S. Weil): un drama colectivo, vital y humano. Su misión era, realmente, una misión moral e histórica.

Castelao con la creación del Album “Nos”, pretende que Galicia despierte y cobre conciencia de si misma. Y como ha comentado Gª Sabell, dicha obra abarca toda su producción artística posterior: desde los libros de “Cousas” hasta “Os dous de sempre”, “Retrincos”, “Un ollo de vidro”, “Os vellos non deben de namorarse”. Versa sobre la injusticia, la miseria del pueblo, el drama de la emigración, la afirmación identitaria, el idioma.

Alfonso no se preocupa por la angustia existencial, por las raíces del hombre gallego, como Rosalía, sino que nos muestra los aspectos del reblandecimiento que sufre el pueblo, su trágica debilidad y, a la vez, cómo se defiende, cómo resiste en un adormecimiento en apariencia pasivo, que no es más que la guarda permanente e invencida de sus tesoros tradicionales: la lengua, la tierra, el humor, la ternura. “Visualiza para los demás, un estilo vivencial y expresivo a través de sus formas plásticas”, y, por si no bastaran sus líneas y perfiles los concreta en un texto claro y conciso, fruto de una rumia consciente y demorada. Mezcla dos códigos semióticos: el pictórico y el literario, hasta lograr la conversión de un sufrimiento colectivo en una obra de arte, asequible -por su sencilla ilustración- a la cultura popular.

Castelao no realiza una literatura comprometida en su sentido partidario, peyorativo, si no obligada en conciencia, de genuina responsabilidad histórica. En buena parte, justo y repetido es el aviso, estamos hablando del primer Castelao, antes de que se aproximara a la política del Estado y se volviese militante izquierdista y radical.

El mejor contenido de su literatura (Cousas, Retrincos) es anterior en el tiempo. Su obra literaria, una obra reducida, en apariencia de vuelo corto, trasciende por insólita y genial. En no mucho más de 400 páginas, se muestra como un creador de excepción. Desde los inicios, en 1909, con su cuento “O segredo”, y a través de los pies de las caricaturas, las estampas narradas de “Nos", las formas ilustradas de “Cousas”, “Os dous de sempre”..., hasta 1934, pongamos esta fecha de modo aleatorio , como límite elocuente. Sencillez (y no pobreza narrativa), síntesis lúcida, glosa popular, humor, flexibilidad técnica y perfección formal, definen su estilo literario.

Es notable la brevedad de sus textos, la maestría en ese microgénero de la literatura que es el cuento y en el relato breve: intenso, emotivo, de léxico fresco y coloquial, de final inesperado y misterioso (como , en buena parte, los de Poe o Kafka).

Podría hablarse de un Castelao precursor del fragmentarismo, de un creador de géneros genuinos como “Cousas” y “Retrincos” (el tradicional emblema pedagógico, que muestra y alecciona), géneros específicos e inolvidables; transgrede las fronteras convencionales de las Letras, más allá de sentencias y aforismos, con sus formas quebradas de esencias lineales y tiernas obviedades, ritmos salmodiados y repetitivos en busca de armonía, sin arcaísmos e incidiendo en su concepción totalizadora del objeto artístico, en el ensamblaje constructivo de imagen y texto, que antes citamos, extendido por toda su obra literaria.

En estos escritos, sin métrica, ni cadencia interior, sobresale su calidad poética. Castelao, que dijo un día que no había nacido para poeta ni comprendía la esencia de la poesía -cuyo misterio debía conmoverle el corazón- nos aclara en algún momento el núcleo de sus fuentes líricas: la poesía gallega medieval, la más antigua y prestigiosa de la Península: las trovas, los cancioneros; las cantigas del trabajo o de fiesta, de amor o escarnio. Aquella lírica, escrita en gallego, a la que rindió vasallaje el Rey Alfonso X el Sabio (con sus gallegas Cantigas de Sta María) y que se extendió por la poesía de toda la nación hispánica.

“Si el poeta siente la hermosura de la Tierra -esta Tierra macerada de tanto parir- y siente los dolores de la Raza -esta Raza entristecida de tanto esperar por el triunfo de nuestra civilización de paz“-, Castelao con su corazón de artista, amante del pueblo y de la Tierra, deviene un excelente poeta y basta recorrer sus textos para encontrarnos por doquier verdaderos poemas en prosa, de fuerza entusiástica, que hacen de sus “Cousas”, por ejemplo, un perenne manantial de melódicos periodos, emociones y clarividencia.

Se observa en el escritor y en sus escritos -y no sorprende- una profunda preocupación por los problemas sociales de su entorno, propios del médico que honestamente era. No olvidemos la influencia disciplinar de la Medicina en su formación y en su concepto de la vida (y de la muerte), su educación científica, que también aflora (y los críticos no suelen advertir) en su estilo literario. Las vicisitudes de la historia clínica, la descripción habitual de los detalles anatómicos y morfológicos de los pacientes le conducen a un lenguaje sobrio, exacto, antirretórico, transparente, típicos de la expresión científica y del lenguaje médico.

Retomemos ahora, lo que decíamos al principio. En la actualidad, existe un criterio unánime al afirmar que Castelao no fue un escritor ocasional, un aficionado, -como estimaban algunos de sus amigos- sino “un profesional de las Letras que durante quince años llevó a cabo de manera continuada un trabajo literario al que dedicó atención y esmero, y que si él mismo lo consideró secundario era por falsa modestia“ (López y Dobarro). Es decir, que Alfonso toma en serio su oficio, elabora su prosa como un artesano: corrige, corta, expurga y torna a corregir, y lo hace ya desde sus comienzos en Rianxo, en su semanario “El Barbero Municipal”, y en las colaboraciones en la prensa regional y nacional, en “Nos”, en “Nosa Terra”, en “el Liberal”, que le acreditan una prosa trabajada, muy literaria; una meta promovida con especial énfasis por los integrantes de las “Irmandades da Fala” y su “Generación Nos”, obsesionados por abrir los cauces de un idioma gallego culto (dentro de una deseada estética galleguista abierta a las corrientes europeas), si bien no sería hasta 1920 cuando emergerá el verdadero escritor, y será en Pontevedra, creemos, dónde cristaliza su disposición literaria y su destreza técnica.

La permisividad de su vida funcionarial, tranquila y regular, en el nutriente regazo de su querida ciudad, le facultarán para alcanzar la excelsitud en su oficio de escritor. Aunque enraizado en la tierra, se alejará del costumbrismo realista y por medio de una narración breve, sugestiva y singular en su formato, incidirá hondamente en el alma y el vivir de sus paisanos. Y no es preciso aña
Fuertes Bello, Antonio
Fuertes Bello, Antonio


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