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Tres médicos escritores (II)

martes, 27 de mayo de 2008
CASTELAO, M√ČDICO Y ESCRITOR

INFANCIA Y JUVENTUD

En Rianxo (La Coru√Īa) el 30 de enero de 1886, en un fr√≠o amanecer, Joaquina Castelao da a luz un var√≥n, de parto normal o, tal vez, como algunos afines especulan, de un parto de nalgas, premonici√≥n popular del advenimiento de un gu√≠a nacionalista, en todo caso, de un hombre cabal. Es bautizado con el agua de la R√≠a de Arosa que se bendice a los pies de la iglesia de Santa Comba, con los nombres de Alfonso Daniel. Alfonso a requerimiento del p√°rroco Magari√Īos de querencia mon√°rquica, y Daniel, por voluntad familiar: y as√≠ le llamaron siempre sus padres y hermanas y sus devotos amigos. (¬ďIrm√°n Daniel, na praia de Rianxo ca√≠an como b√°goas as estrelas¬Ē, poetizaba R. Cabanillas).

Su padre, Mariano Rodr√≠guez Dios, marinero, emigra a la Argentina dejando a la mujer y a su hijo de tres meses recogidos en casa de sus suegros y al cuidado de √©stos. Pronto consigue regentar all√≠ con tes√≥n y no poca valent√≠a un ¬ďalmac√©n de campa√Īa¬Ē, La Cruz Colorada, en el t√©rmino de Bernasconi de Colorado Grande. Afianzada su posici√≥n econ√≥mica en aquella ¬ďpulper√≠a¬Ē de la Pampa Central y transcurridos once a√Īos reclama a su lado al ni√Īo y a la madre; y all√° se van Joaquina y Daniel en un paquebote alem√°n, por esos mares de Dios -como tantos otros gallegos- a la inquietante aventura de la emigraci√≥n americana.

Nada m√°s justo que seguir aqu√≠ el relato de Castelao en uno de sus celebrados Retrincos, ¬ďel Secreto¬ď: ¬ďApenas arribados a Buenos Aires tomamos un tren que corr√≠a mucho y luego otro tren que corr√≠a poco, y despu√©s un coche de caballos que nos llev√≥ dando tumbos por el desierto de la Pampa. En aquella soledad hab√≠a plantado mi padre una casa para hacerse rico, pensando siempre en los lares nativos, y era preciso cerrar los ojos al duro trabajo en espera del retorno feliz.

¬ďNuestra casa era el centro comercial en diez leguas a la redonda. All√≠ vend√≠amos de todo y all√≠ compr√°bamos cu√°nto produc√≠a el pa√≠s. El mostrador del comercio estaba defendido con rejas de hierro, porque en nuestra casa -portillo obligado de muchos caminos- paraban diariamente gauchos bravos acostumbrados a darse a la bebida para insultarnos con un cuchillo en la mano. Mi madre, la pobre, lloraba por verse entre gente sin religi√≥n. Y los dos, heridos por la saudade, ech√°bamos de menos la pobreza limpia de mis abuelos.¬Ē

Daniel, sin m√°s escuela que la vida y el ejemplo de sus padres, aprendi√≥ a hacer cuentas y tocar la guitarra, a conocer el peligro de las armas, la dureza del dormir bajo el mostrador y a dibujar y pintar, su gran afici√≥n desde muy ni√Īo. Le gustaba una revista ilustrada ¬ďCaras y Caretas¬Ē (del lucense Jos√© Cao), que de tarde en tarde recib√≠an de Buenos Aires y que iba a significar mucho para su porvenir art√≠stico.

Mariano se sale con la suya, y a los quince a√Īos de iniciada su aventura, con abundante plata en el bolsillo regresa a Rianxo. Le hab√≠an precedido ya Joaquina y Daniel, y las ni√Īas, Josefina y Teresa (que all√≠, entretanto, hab√≠an nacido) en una traves√≠a atl√°ntica, ahora m√°s ilusionante, que les devolv√≠a a la Galicia so√Īada. Suced√≠a todo √©sto en un a√Īo rotundo: 1900.

En la villa rianxeira, organizan su vida, abren un comercio -son ya indianos pudientes- y disponen el inicio de los estudios de Daniel, que le permitan el acceso a la Universidad, el pertinaz sue√Īo del padre.

CASTELAO, ESTUDIANTE
Alfonso Daniel estudia en un colegio privado de Santiago, el de Don Manuel Llamazares. Era un alumno aplicado, despierto, sin dificultad para los estudios. Tan es as√≠, que aprueba el bachillerato completo y el preparatorio de Medicina en la mitad del tiempo acostumbrado: dos a√Īos y medio.

A los 17 a√Īos, en octubre de 1903, comienza la carrera. ¬ŅPor qu√© estudia Medicina?. Castelao nos dej√≥ dicho que por satisfacer a su padre, el cual, es cierto, hab√≠a mostrado una decidida voluntad de que su hijo tuviera un digno porvenir, y sobre ello hab√≠a reflexionado mucho en los sue√Īos inquietos y alborotados de su estancia argentina: le deseaba un destino de prestigio, categor√≠a social e independencia econ√≥mica.

Situémonos en Rianxo. La Universidad Compostelana está cerca, -ya circulaba un tren a Santiago, el compostelano, de Carril a Cornes- y dos eran las posibilidades para estudiar allí: Derecho y Medicina, las más propias de aquella época. En Galicia, el Derecho se veía con una irónica inquina: los conflictos frecuentes sobre las propiedades y sus límites, los vecinos malavenidos, los sometimientos a los caciques de turno, hacían de la profesión una buena fuente de ingresos, pero una encrucijada algo penosa para la honestidad y el buenhacer cívicos.

Otra cosa ocurr√≠a con la Medicina. Por aquellos a√Īos la Ciencia M√©dica emerg√≠a con un sorprendente progreso. Freud y el Psicoan√°lisis, De Vries, con la teor√≠a de las mutaciones, Roentgen con los rayos X. En Espa√Īa fascinaba la deslumbrante estela cient√≠fica de Cajal y en Galicia, la de Varela de Montes, la m√°xima figura cient√≠fica del siglo XIX, que hab√≠a revitalizado la Escuela M√©dica de Fonseca La creciente Industria Farmac√©utica, la nueva cirug√≠a a favor de las garant√≠as de la anestesia, el conocimiento sobre el origen bacteriano de muchas enfermedades infecciosas y la lucha ya eficaz contra algunas epidemias (los sueros,las vacunas,el uso de antis√©pticos,las cuarentenas sanitarias)determinaban una favorable inclinaci√≥n de los estudiantes hacia los estudios m√©dicos.

La novel√≠stica mundial, en particular la francesa, con Balzac, Flaubert, Zola, alababa la figura del m√©dico, que por entonces alcanza una indudable fama. Si a √©sto a√Īadimos el general prestigio de los galenos en la sociedad urbana y, m√°s a√ļn, en la rural, comprendemos muy bien la decisi√≥n del se√Īor Rodr√≠guez, el cual poco a poco, llen√°ndola de sentido (cu√°ntas veces habr√≠a deseado la cercan√≠a de un m√©dico en el aislamiento de la Pampa) la va a trasladar a su querido Daniel, joven sensible y de afanes humanitarios.

UNIVERSIDAD
Ya tenemos a Alfonso Daniel en Santiago de Compostela. La Universidad gozaba de una singular estimaci√≥n acad√©mica, y la Facultad de Medicina rebosa de figuras ilustres: Romero Blanco, Barcia Caballero, Blanco Rivero, Ram√≥n Varela, Mart√≠nez de la Riva, Romero Molez√ļn, Varela Rad√≠o, Gil Casares...., y Castelao no puede eludir la fascinaci√≥n de tal elenco en la Medicina Compostelana. No le cuesta demasiado seguir las asignaturas y aprobar los ex√°menes con aceptables calificaciones. Es la anatom√≠a una de las que m√°s le interesan y su pasi√≥n de artista le lleva al m√°ximo conocimiento del cuerpo humano, salvadas las iniciales repugnancias de las clases de disecci√≥n con el leve sarcasmo e iron√≠a que suelen suscitar en los novatos la proximidad de los cad√°veres y los enigmas de la muerte cercana. Respeta a los profesores, a los que acepta sin aspavientos ni rebeld√≠as excesivas, y la mayor√≠a de ellos queda reflejada en divertidas caricaturas, en sus cuadernos de apuntes.

No se puede creer -como algunos opinan- que la Medicina le resulte una misi√≥n ingrata y que no le suscite entusiasmo. Estimo que le origina las mismas ilusiones e inter√©s que a la mayor√≠a de los estudiantes en el dif√≠cil comienzo de la carrera, a los dubitativos 17 a√Īos. Es m√°s, en su caso: podr√≠a responder a alguna de sus preocupaciones trascendentes, como insinu√≥ en significativa ocasi√≥n.

Quiz√° sea oportuno recordar los casos de Chejov, de Baroja, Somerset Maughan, Torga, Lobo Ant√ļnes y de tantos otros autores que reconocen la capital importancia para el desarrollo de su personalidad (y de su modo de escribir o de ser pol√≠ticos) de su formaci√≥n m√©dica, a la que nunca renuncian y que siempre es objeto de recuerdo y alabanza, lo mismo que sucedi√≥ con Castelao.

Un hecho a destacar, que chocar√≠a hoy pero que entonces no llamaba la atenci√≥n, es que a mediados de la carrera se hace practicante (ATS) y pasa a trabajar en las salas del Hospital Provincial que dirige el Dr Angel Baltar, compatibilizando esta actividad con sus estudios de Medicina, hasta el final de √©stos, en junio de 1909. Esta labor pr√°ctica va a significarle una adicional ayuda a su preparaci√≥n acad√©mica, preferentemente te√≥rica: concedi√©ndose as√≠ una sustancial apoyatura para el posterior desempe√Īo de la profesi√≥n.

Alfonso es muy popular en la ciudad estudiantil, simp√°tico y dicharachero, y lleva con juvenil alegr√≠a sus a√Īos universitarios. Visita los caf√©s c√©ntricos, pasear√° por la Herradura y Santa Susana, quiz√° atraviese la Catedral los d√≠as de lluvia, aprovechando para visitar la Corticela rom√°nica y al sonriente profeta Daniel del P√≥rtico de la Gloria (con el que muchos le comparan). Acude a las tabernas tradicionales, en las que los vinos gallegos, el ribeiro y los monacales albari√Īos, adquieren excelsos sabores y consistencias aptos para facilitar la amistad y la filosof√≠a, mientras el orballo que cae sobre las r√ļas acompasa la canci√≥n del vino en los bocoyes, all√° al fondo cunqueirano de las bodegas.

Hará, pues, bajo el estruendo de las campanas o en el silencio nocturno de las mojadas calles, una vida estudiantil no muy lejos de la descrita por Pérez Lugín en la Casa de la Troya, si bien en una clave médica y artística, y más rural y gallega.

Toca la guitarra, por afici√≥n, y no tarda en inscribirse en la Tuna de Medicina -como ¬ďprimera cuerda¬ď- participando en cuanto festejo se le presenta. No falta a los ensayos, y en 5¬ļ de carrera con dicha Tuna visita Portugal, llegando hasta Lisboa. De esta √ļltima gira y de su larga preparaci√≥n van a resentirse sus estudios, y es la √ļnica vez que suspende algunas asignaturas en los ex√°menes de junio que, no obstante, recupera sin dificultad en septiembre.

Además de ser un buen tuno -pensemos en lo que ésto significa- es un rápido caricaturista, con lo cual su participación se hace imprescindible para el grupo y su incontestable mérito popular. Tal disposición para el dibujo se va a incrementar de modo progresivo, convirtiéndole cada vez con mayor firmeza en el artista que desea ser.

Prosigue los cursos en la Facultad y termina la carrera de Medicina en 1909, con gran satisfacción personal y la consiguiente alegría para la familia y muy en concreto para su padre, verdadero promotor de la misma.

En los meses que siguen del verano, persuade a don Mariano para que le deje ir a Madrid -y le subvencione- para cursar el Doctorado. No sabemos si por diferir el ejercicio de la profesión o por conocer los ambientes artísticos de la Capital, con lo que estaba muy ilusionado; tal vez, por los dos motivos.

No llega a tiempo, en octubre, para matricularse en la Universidad Central, y tramita la ense√Īanza por libre. ¬ďSer√© doctor, le escribe a su padre, pero yo soy artista y ser√© el primer caricaturista de Espa√Īa; llegar√© a vivir de esta profesi√≥n¬Ē. Uno de sus √≥leos es premiado con medalla de oro en la Exposici√≥n Regional Gallega, de ese mismo a√Īo, lo que avala y reafirma su vocaci√≥n por la pintura.

Se relaciona con pintores y dibujantes, busca la protecci√≥n de prestigiados periodistas, como Vicenti, y comienza a colaborar en alg√ļn peri√≥dico madrile√Īo y en revistas ilustradas regionales. Sin embargo, retorna a Rianxo, quiz√° desilusionado, tal vez acuciado por su enfermedad silente, en junio de 1910. No consta que haya aprobado las asignaturas del doctorado, ni que preparase tesis doctoral alguna.

Hay un acontecer en esta √©poca de su biograf√≠a que no podemos posponer. Reci√©n terminada la carrera se le diagnostica una tuberculosis, entonces una enfermedad vergonzante que apenas se puede declarar en p√ļblico. Al parecer no lo comenta, ni siquiera a su familia. Era una afecci√≥n seria y condicionante. No hab√≠a remedios eficaces y quedaba a merced de preceptos f√≠sicos (reposo, aire puro) e higi√©nicos, y el enfermo incipiente deb√≠a someterse a un austero g√©nero de vida, a una manera de vivir casi de ermita√Īo.

Castelao, si mis datos no son err√≥neos, es sometido en una cl√≠nica de Santiago a la resecci√≥n quir√ļrgica de unas adenopat√≠as laterocervicales espec√≠ficas. Antes ya se hab√≠a trasladado a la Toja, para una cura sanatorial antif√≠mica.

En los a√Īos siguientes, a√ļn con las precauciones debidas, va a estar sometido a esta permanente preocupaci√≥n y si su estado general es en apariencia saludable, no puede olvidar el peligro de su enfermedad adormecida. Su vida alegre y bulliciosa, de tuno vividor, quedar√° relegada; de sopet√≥n adquirir√° un sentimiento casi dram√°tico de la existencia, aunque aderezado, en su caso, por la burla y el desenfado del humorista; es m√°s, la persistente herida ser√° fruct√≠fero manantial para su actividad creadora.

CASTELAO, M√ČDICO EN RIANXO
De cualquier modo, m√°s recuperado, se decide a ejercer la Medicina en su hermoso pueblo natal. Establece la consulta en su propia casa, y se habilita como m√©dico libre. Sabemos que entonces correspond√≠a al alcalde el nombramiento del m√©dico titular y en Rianxo lo era un tal Viturro, cacique liberal, adversario pol√≠tico del partido maurista al que pertenec√≠a su padre y con el que colabora √©l mismo, de ah√≠ una obligada rivalidad con su colega ¬ďpropietario¬Ē de la plaza.

Con ocasión de su trabajo profesional va conociendo los problemas sociales de las gentes sencillas, sus pobrezas y precariedades, y puede profundizar en el auténtico humus sociocultural de aquella tierra.

Aunque su especializaci√≥n preferida es la obstetricia, cuyos conocimientos ha refrendado con el Dr. Varela Rad√≠o, en Santiago, no deja de atender las enfermedades infecciosas habituales en dicha √©poca (escarlatinas, tifus, pulmon√≠as) y de practicar la peque√Īa cirug√≠a de los accidentes laborales y las reyertas. Es decir, las tareas de un m√©dico rural sometido a la zozobra de la emergencia o lo inesperado.

Ejerce su labor con eficacia y con la consciente responsabilidad siempre preocupada y vigilante, pero la pr√°ctica hospitalaria y su cercan√≠a a Compostela, para las urgencias, le tranquilizan, y aten√ļa sus dudas.

En diversas publicaciones sobre temas de salud, en el Barbero Municipal, su semanario, muestra competencia científica y sensibilidad social y sanitaria.

No abandona sus dibujos y caricaturas, pero afirma tambi√©n que tiene un gran cari√Īo a la Medicina. Si bien, a√Īade, le gusta m√°s estudiarla que su desempe√Īo pr√°ctico, quiz√°s por las dificultades del ejercicio rural, por los pocos medios disponibles y el aislamiento cient√≠fico y colegiado.

No dispone de igualas y gana escaso dinero, conocidos además los compromisos con amigos y familiares y la pobreza de muchos enfermos a los que no sólo no cobra sino que debe facilitarles unas mantas o comprarles los medicamentos. Sólo si atiende un parto percibe rentables honorarios. Pero de consultas y visitas, recauda poco.

Transcurren as√≠ cinco a√Īos, compaginando la profesi√≥n m√©dica, el dibujo y una incipiente labor pol√≠tica que desarrolla en el Barbero Municipal., un semanario -que comparte con Dieste y Moldes- portavoz del partido conservador, y medio para luchar contra la familia Varela y el clan de los Viturro.

En octubre de 1912 se casa con Virginia Pereira, una se√Īorita de ¬ďbuena familia¬Ē de la Estrada, villa en d√≥nde tiene lugar la ceremonia de la boda que oficia el poeta Rey Soto. Al a√Īo siguiente tendr√°n un hijo, al que llamar√°n Alfonso Jes√ļs.

Por entonces, le gusta dar conferencias, as√≠ en Mondariz ¬ďAlgo sobre la Caricatura¬ď, en Vigo, en Padr√≥n, en Pontevedra, y m√°s sonadas, en la Universidad Compostelana, de cuya escuela de Fonseca procede.

El a√Īo 1914, dram√°tico para Europa, tambi√©n le resultar√° personalmente nefasto: sufrir√° un desprendimiento de retina que de momento le dejar√° ciego y despu√©s, tras recuperarse, con una minusval√≠a ocular que arrastrar√° toda su vida.

Al a√Īo siguiente, ¬°qu√© l√°stima!, deja de ejercer la Medicina. A parte de los poqu√≠simos beneficios monetarios que no le permiten una independencia econ√≥mica familiar, influye la rivalidad con el otro m√©dico del concejo, la negativa influencia de su esposa que ans√≠a los alicientes de una ciudad y, desde luego, los crecientes achaques de su visi√≥n y la no olvidada tuberculosis. Nos atrevemos a a√Īadir las dificultades que deb√≠a soportar un m√©dico rural: horario permanente, climatolog√≠a adversa, vivencia de situaciones l√≠mite a resolver sin dilaci√≥n, en solitario, sin medios ni ayudas; la responsabilidad √©tica y m√©dica siempre acuciante (Dice Baroja, en sus Memorias, y √©l sab√≠a muy bien de qu√© hablaba, que le parec√≠a mucho m√°s dif√≠cil ser un buen m√©dico de pueblo, que embajador o ministro plenipotenciario).

Castelao llega a decir: ¬ďMe hice m√©dico por amor a mi padre y dej√© de ejercer por amor a la humanidad". Mas, como se√Īal√≥ Ram√≥n Baltar, ¬ďfalta por saber si la segunda parte de la expresi√≥n ha estado determinada porque, con car√°cter general, se sent√≠a poco seguro de su competencia o habr√° obedecido a cualquier episodio concreto, de evoluci√≥n infortunada, que le produjese inquietudes de conciencia¬Ē.

Sólo más tarde -ya en Pontevedra, siendo profesor de dibujo- contará a sus alumnos divertidas o fantásticas historias de su época de médico rural, tal como nos testimonia uno de aquellos discípulos, crítico de arte después, Castro Arines.

Lo decisivo, y lamentable, es que abandona la Medicina y ya no vuelve a ella m√°s que un par de meses de 1918, cuando la terrible pandemia gripal, mal llamada gripe espa√Īola, al ser requerido por sus paisanos de Rianxo -d√≥nde la epidemia era muy violenta- y all√° acude ejerciendo su misi√≥n sanitaria con apasionada abnegaci√≥n.

Pero el desempe√Īo de la profesi√≥n m√©dica le ha impregnado sin duda de una concepci√≥n de la existencia y de la sociedad, inextinguible. Insist√≠a Rof en que la Medicina est√° mucho m√°s ligada de lo que se cree al √°mbito hist√≥rico en que se mueve, y que el m√©dico absorbe al m√°ximo, y en cada √©poca, la determinaci√≥n aut√©ntica de lo local. Todo cl√≠nico establece contacto con capas del ¬ďalma colectiva¬Ē en las consultas: gestos, frases, forma de quejarse o de enfermar (Recu√©rdese, en este sentido, la perplejidad de los m√©dicos argentinos en el Hospital Gallego, de Buenos Aires, ante el modo de reaccionar frente al dolor de nuestros paisanos. Pautas y actitudes que desconoc√≠an).

Si no tuviera mi personal convicci√≥n de lo dicho l√≠neas atr√°s sobre el amor a la profesi√≥n m√©dica de Castelao, me servir√≠a aqu√≠ de la garante opini√≥n de su amigo, Otero Pedrayo, m√°s que amigo hermano -como entre ellos se saludaban-, que resalta con reiteraci√≥n en la biograf√≠a de Daniel, su condici√≥n de m√©dico. Apoyado en la filosof√≠a m√©dica, ese esquema humano que domina ciertas √©pocas en el decorrer de la Historia, Otero advierte c√≥mo lo que m√°s ense√Ī√≥ a Castelao sobre Galicia y le despert√≥ su amor y su trascendente dedicaci√≥n a los desvalidos, fue el Hospital Real de Santiago.

Don Ram√≥n, le confiere al ser m√©dico una importancia ¬ďcolosal¬Ē en la elaboraci√≥n creativa de su obra, la cual no hubiera sido posible con otra formaci√≥n. No se entiende a Castelao, a√Īade, sin sus estudios de Medicina en Fonseca. Nadie llega a los abismos de la conciencia en la gente gallega, como lo hace un m√©dico, y el Hospital General de Santiago resulta ser en s√≠ mismo una Historia de Galicia, en el m√°s amplio sentido.

Su consulta de médico en Rianxo, por otra parte, no es un testimonio menor y quizá sea más íntimo, del ser y el existir de campesinos y marineros, que le exponen, en gallego, sus miserias físicas y sus dolencias del alma, e inmersos en sus gestos y caracteres, sus adversidades sociales y sanitarias.

El genio literario de Castelao no hará así más que ahondar en esos secretos médicos de las esencias gallegas que emergerán en sus escritos (Y en muchos de ellos cabe sospechar, con claridad, la existencia vigilante del Castelao médico).

No olvidemos tampoco que la Ciencia le ayud√≥ a dar ese salto cualitativo sobre sus primeras renuncias y a desembarazarse de sus ternuras de so√Īador, para enfrentarse con la realidad de la profesi√≥n m√©dica: es decir, a profundizar en la piedad por los desheredados y en el amor al sufriente pr√≥jimo que le llevaron a ejercer con honestidad y sobresaliente compasi√≥n la Medicina.

Sabía, por fin, que los médicos no podían inhibirse en los problemas de las estructuras sanitarias ya que de hacerlo renunciarían a factores fundamentales de la salud colectiva, y en su vida de Rianxo le resultaba difícil separar lo estrictamente médico de lo que no lo era (léanse, a este respecto, sus artículos en el Barbero Municipal).

Para terminar este apartado, digamos que a lo largo de su existencia, a pesar de sus puyas humor√≠sticas y a√ļn sarc√°sticas para los galenos, tuvo Castelao predilecci√≥n por sus maestros y amigos m√©dicos, y a fuer de injustos, citaremos s√≥lo a unos pocos: N√≥voa Santos, Barcia Caballero, Varela Rad√≠o, Baltar, el doctor Rodr√≠guez -entra√Īable tisi√≥logo de la Coru√Īa-, el pontevedr√©s Losada, S√°nchez Guisande en su etapa porte√Īa...

CASTELAO, ESTAD√ćSTICO
Al no advertir un porvenir claro en la Medicina y considerar insuficientes las aportaciones monetarias de sus trabajos art√≠sticos y literarios, se decide por el ingreso en un funcionariado estatal que le otorgue una m√≠nima seguridad econ√≥mica familiar. Guarda el t√≠tulo de m√©dico en una gaveta y estando en Madrid, en octubre de l915, se presenta a unas oposiciones a auxiliar de primera clase del Cuerpo de Estad√≠stica. No sabemos si esta coincidencia fu√© invocada por alguna amistad o por completo casual, c√≥mo a veces ocurre en el destino de cualquier persona. Lo seguro es que aprob√≥ los ex√°menes, y en enero siguiente es nombrado auxiliar 3¬ļ del Cuerpo de Estad√≠stica, y de inmediato pasa a prestar servicios en Pontevedra, en dicha Secci√≥n (seg√ļn datos recopilados por Claudio Gonz√°lez, en los Archivos del Servicio Nacional).

Llegados a este punto, perm√≠tanme hacer un comentario sobre la ambig√ľedad del tema de la vocaci√≥n. Las aptitudes personales y la estructura convivencial para un grupo humano determinado permiten un tipo de vocaciones, que Rof Carballo designaba acogidas (sacerdote, maestro, m√©dico) y otras, que se alejan de tales circunstancias, vocaciones socialmente desacogidas, propias de viajeros, vagabundos o desarraigados, que casi se sit√ļan en los m√°rgenes del sistema. Y entre ambas especies, fluct√ļan otra suerte de inclinaciones, as√≠, a medio camino, las del artista o las del administrativo sedentario, que no pocas veces suscitan contradicciones personales y dicotom√≠as creativas que pueden desequilibrar a las personas o, en el mejor de los casos, llevarlas en etapas sucesivas o superpuestas a una mejor realizaci√≥n de s√≠ mismas.

No creo que Castelao tuviese una especial vocaci√≥n de funcionario estad√≠stico, aunque tal cargo le llevase al conocimiento num√©rico de muchos par√°metros sociol√≥gicos de su regi√≥n. Hab√≠a presumido en los a√Īos mozos de su condici√≥n de artista y menos de sus aptitudes para la Medicina (a la que accede porque su rebeld√≠a filial no le permite identificarse con el oficio del padre, sino con una figura ideal que -como su familia- admira, la del m√©dico, acorde con sus condiciones personales: sociable y preocupado por el pr√≥jimo). Tampoco, de joven, se sinti√≥ pol√≠tico, por m√°s que al final de su vida estimara que hab√≠a sido la gran vocaci√≥n de su vida.

Daniel va pasando por todos los grados de la carrera administrativa, en concursos sucesivos (ya que no por oposiciones, fallidas) hasta alcanzar el nivel de Jefe de Negociado de Segunda. Y de Primera, en 1935.

Si al principio los emolumentos eran escasos, fueron mejorando paulatinamente. Y m√°s, cuando es nombrado profesor auxiliar de Dibujo, en la Escuela Normal (en 1919), y despu√©s en el Instituto de 2¬™ Ense√Īanza. Y m√°s y mejor, con algunas colaboraciones period√≠sticas, en particular con las del Faro de Vigo.

La vida funcionarial ser√° larga, de 1916 a 1936, cuando a principios de la guerra civil por ser adversario del Movimiento Nacional y pertenecer al Frente Popular es despose√≠do de su cargo (por un expediente de depuraci√≥n). Mientras, era la suya una vida tranquila, reglada, rutinaria, que le va a permitir dedicarse a sus aficiones preferidas: la escritura, el dibujo y la pintura, y la pol√≠tica y justamente, en Pontevedra, su ciudad (Meu Pontevedra, dec√≠a de continuo). La ¬ďboa vila¬ď, en que ha elegido vivir y en la que le gustar√≠a morir. All√≠ producir√° lo mejor de su obra: el Album Nos, Cousas, Retrincos, Estampas diversas.

Pontevedra sea por siempre para la primavera, nos dej√≥ dicho Cunqueiro: alegre y luminosa, con una claridad que pone gozo en el coraz√≥n. Contemplar√≠a Castelao Sta Mar√≠a, aquel retablo de piedra, ¬ďel m√°s hermoso altar de nuestro pa√≠s, el altar de las bodas de Galicia con el mar¬Ē, y las ondas sosegadas y casi dom√©sticas. Acudir√≠a a las orillas del L√©rez, a ensimismarse en el m√°s all√° de las aguas y en las vicisitudes del aqu√≠, del cada d√≠a. Frecuentar√≠a las tertulias del Caf√© Moderno y en la farmacia Maquieira, y degustar√≠a un albari√Īo √≥ un rosal en la plaza del Teucro.

Lo cierto es que lleva una vida social muy activa. Participa en la fundaci√≥n de la Sociedad Coral Polif√≥nica, en la que canta y se encarga de las escenograf√≠as. Colabora en el Museo Municipal (d√≥nde hoy se ubica buena parte de su obra), en el Seminario de Estudios Gallegos, en las Misiones Biol√≥gicas de Galicia, en la revista ¬ďNos¬Ē. Incluso le nombran acad√©mico de la Lengua.

Son sus amigos: Losada, Paz Andrade, Sáez Mon, Barreiro, Bóveda, entre otros muchos. Y aunque Méndez Ferrín, hable de la mediocridad de la ciudad, la lleva en el corazón, y mientras cae la lluvia dulce, tibia y amorosa, Alfonso se refugia en los soportales o saluda a la Peregrina, camino de su casa, en la céntrica calle de la Oliva.

Le recuerdan sus convecinos como aquel hombre alto, encorvado, de andar desvencijado, voz leve y gruesos lentes, vestido de negro, con sombrero y chalina, como un artista y anacrónico bohemio…, el pitillo en la boca...

Fuera de las bajas por enfermedad (singularmente, por sus afecciones oculares, que por si mismas exigirían todo un ensayo) y en 1918, por acudir a combatir la gripe de sus paisanos, en Rianxo, pidió una excedencia temporal, en 1921, cuando fué pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios, durante nueve meses, con el fin de estudiar en Francia, Bélgica, Alemania e Inglaterra, las técnicas del aguafuerte, el grabado y la litografía. Allí adquiere nuevos conocimientos que le serán de mucha utilidad personal y para transmitir a sus alumnos de Pontevedra.

De su estancia en Par√≠s, nos cuenta en sus ¬ďDiarios de 1921¬ď, sus visitas a los Museos y a los pintores (sus procedimientos y sus cuitas), pero no habla bien de las vanguardias, ni siquiera de los desnudos en el arte. Conoce a varios pol√≠ticos ilustres y grupos de derechas que tampoco le hacen gracia. Y con sinceridad se refiere a las graves dificultades econ√≥micas que padecidas durante alg√ļn tiempo le obligan a recluirse en su hotel, y meterse en la cama, pues a veces no tiene dinero ni para un caf√©. Sufre crisis depresivas que le angustian, y no deja de sufrir por sus d√©biles ojos. Falto de sosiego, retorna a Espa√Īa.

Otra regresi√≥n ps√≠quica e intelectual le golpea en 1927, a ra√≠z de la muerte de su hijo, de 14 a√Īos, Alfonso Jes√ļs (¬ďChuchi√Īo¬Ē) de una peritonitis, un serio mazazo que le afecta profundamente en su labor intelectual y art√≠stica, a lo largo de todo un a√Īo.

En 1929, se va a la Breta√Īa francesa, de nuevo con un estipendio oficial de la Junta de Ampliaci√≥n de Estudios, para estudiar los cruceros de piedra, y a ra√≠z de este viaje editar√° el libro ¬ďLas Cruces de Piedra en la Breta√Īa¬Ē, un minucioso, gr√°fico y sorprendente trabajo sobre piedras y canteros, y cruces de esp√≠ritu pagano primero, cristiano despu√©s, de mucho valor etnogr√°fico y art√≠stico.

A Pontevedra le debo -nos dir√° Castelao muchos a√Īos despu√©s- lo mejor de mi vida, y ahora padezco saudades de su paisaje, tristuras por no verla y esperanzas de retornar a ella.

¬ďPontevedra es una fuente de juventud, volver ser√≠a recobrar la mocedad perdida. All√≠ siento como en ninguna otra parte la necesidad c√≥smica de la patria¬Ē. Nos recuerda Filgueira Valverde, su amigo, los largos a√Īos de alegr√≠a que vivi√≥ en ella y su creatividad (Al amparo, como queda dicho, del Servicio General de Estad√≠stica, primero del Ministerio de Instrucci√≥n P√ļblica y, m√°s tarde, del Ministerio de Trabajo y Previsi√≥n).

Dejamos ya la ciudad, sin referirnos a la actividad pol√≠tica que desarroll√≥ all√≠ Castelao, y por la que fue diputado en las Cortes Constituyentes de la 2¬™ Rep√ļblica, los avatares del Partido Galleguista, etc¬Ö que trataremos en un cap√≠tulo posterior.

CASTELAO, POLITICO
Se dice que Castelao no ten√≠a vocaci√≥n pol√≠tica, pero desde sus inicios profesionales como m√©dico en Rianxo -cuando apoya al partido conservador en el que milita su padre- hasta su muerte en tierras argentinas, no deja de ejercitarla. En ocasiones, expresa su hast√≠o de la pol√≠tica (¬ďdame noxo¬Ē), habla mal de los pol√≠ticos o desconf√≠a de sus promesas, pero no abandona su ejercicio. Sus amigos le dicen que es el m√°s pol√≠tico de todos ellos, y √©l se refiere a la pol√≠tica como una suerte de violencia que s√≥lo se realiza por imperativo √©tico. M√°s que un intelectual -se comenta- fue un artista metido pragm√°ticamente en la pol√≠tica.

Comienza colaborando con un partido de derechas -maurista- en la contienda municipal, compitiendo con el cacique Viturro -liberal-, aprendiendo los trucos y excesos partidarios en las disputas del concejo y en la defensa clientelar de la Casa Mariano frente a los Varela. Desde el semanario ¬ďEl Barbero Municipal¬Ē, que ha fundado con Moldes y los hermanos Dieste, fustiga a sus adversarios con dibujos y caricaturas ir√≥nicas e hirientes, que hacen las delicias de los convecinos.

Su dedicación política hasta 1913, es pues reducida y de línea tradicionalista, pero no deja de alcanzar pronto -a medida que ejerce la Medicina- una inclinación social, un mayor interés por el pueblo llano y las personas desamparadas.Se le puede identificar en aquellas fechas con una derecha (digamos) humanitaria, de contenido populista.

Sin demora, m√°s all√° del regionalismo cultural, va sumergi√©ndose en un nacionalismo cada vez m√°s pol√≠tico y m√°s comprometido. Se inscribe en las Irmandades da Fala (que al identificarse con el Manifiesto de la Asamblea Nacionalista de Lugo, en noviembre de 1918, compondr√° ya la esencia de un partido pol√≠tico: algo m√°s que la proclama de una Soberan√≠a Est√©tica de la Naci√≥n Gallega √≥ una redenci√≥n elitista). Constituye esta adscripci√≥n, su primer paso serio hacia el galleguismo. Conocer√° a los l√≠deres de la √©poca: V. Risco, Losada, Cuevillas, Otero Pedrayo (los componentes de la llamada Generaci√≥n ¬ďNos¬Ē) que le facilitan su conversi√≥n ya inequ√≠voca hacia un nacionalismo gallego que sobrepasa lo sentimental y folcl√≥rico; se transforma en un militante activo de la ¬ďcausa galleguista¬Ē: habla de confederaci√≥n ib√©rica, de la oficialidad del idioma gallego,de autonom√≠a integral, del despegue agrarista y de econom√≠a de libre cambio. Y as√≠ sigue, con V. Risco, ¬ďsu otro yo¬ď, hasta 1923, inclin√°ndose por un neotradicionalismo centrado en la identidad cultural y orientado ya visiblemente hacia la defensa de los trabajadores(Igual que Blanco, Bali√Īo,Lois y Villar Ponte).

Llega la Dictadura de Primo de Rivera (propiciada por el Rey Alfonso XIII), con las propuestas anticaciquiles y regeneracionistas de Calvo Sotelo que en principio admite y tolera, con Risco y al lado de la Iglesia, pero no tarda demasiado en alejarse amistosamente de sus correligionarios, los fundadores galleguistas, y coincidiendo con la ¬ďDictablanda¬Ē de Berenguer se aleja hacia una l√≠nea m√°s dura e intransigente; aunque, por el momento, sacrificando su triunfo art√≠stico en Madrid, se confina en el marco pol√≠tico de Rianxo, d√≥nde su padre es ya alcalde, y casi desaparece de la escena p√ļblica (con desapego de cualquier poder nacionalista).

Recordemos que mientras Castelao contin√ļa de funcionario de Estad√≠stica en Pontevedra, entre 1925 y 1930 el galleguismo s√≥lo existe como movimiento organizado en la Coru√Īa, en contacto con los grupos republicanos (ORGA), si bien permanece independiente y agrarista.

Es a partir de 1930,en realidad, cuando Castelao va a convertirse en un ¬ďpol√≠tico profesional¬Ē, cuando sufre un profundo cambio: su ideario se endurece, su tolerancia se agrieta, mientras crece su personalidad p√ļblica en asambleas y m√≠tines, en plazas, teatros y encrucijadas, que le llevan a salir diputado por Pontevedra, en las Cortes Constituyentes de 1931, por el partido Labor Galleguista. Es entonces, con el entusiasmo colectivo de una gran fiesta, cuando llega la Rep√ļblica, que tanto hab√≠an anhelado los intelectuales y artistas y la mayor√≠a del pueblo..., pero no transcurren muchos meses para que las mismas gentes, defraudadas, clamen con Ortega: ¬ďNo es √©sto, no es √©sto¬ď. (¬ďUna cosa es la Rep√ļblica, otra el radicalismo¬Ē). Entretanto, Castelao confirma su alejamiento del galleguismo centroderechista y se desv√≠a con claridad hacia un partido Galleguista de izquierdas (mientras Villar Ponte y S. Picallo se inclinan por la minor√≠a republicana de Casares Quiroga).

¬ŅQu√© suced√≠a, simult√°neamente? ¬ďQue el proyecto revolucionario de las izquierdas no era un simple oportunismo demag√≥gico, que la revoluci√≥n ten√≠a que ser una realidad pol√≠tica y jur√≠dica, y todos deb√≠an compartir la visi√≥n del cambio como una etapa revolucionaria: era un √≥rdago al pasado y el 14 de abril el momento fundacional de una nueva era. No hab√≠a motivo pues para una transici√≥n √≥ un pacto, ni al acercamiento de la derecha republicana. Sin m√°s, la izquierda asimilaba al catolicismo la persecuci√≥n pol√≠tica y cultural, la antimodernidad y el despotismo. (Sigo el estudio de √Ālvarez Tard√≠o ¬ĒAnticlericalismo y libertad de conciencia¬Ē, 2003). Nada quedaba de las promesas de una democracia, la Constituci√≥n se convert√≠a en un c√≥digo de los principios revolucionarios.

Durante dos a√Īos Castelao reside en Madrid, acude al Congreso, y defiende la lengua gallega y a los campesinos y marineros, y concentra sus esfuerzos en la elaboraci√≥n de un Estatuto de Autonom√≠a para Galicia. En las horas libres frecuenta las tertulias del Caf√© Regina; no se olvida de los museos y de sus proyectos art√≠sticos, pero su ideario pol√≠tico se va a sumergir poco a poco en la revoluci√≥n izquierdista que supone una intervenci√≥n estatal en el √°mbito de las creencias, la cultura y la educaci√≥n: inclin√°ndose, t√°cticamente, por un programa que sacrifica la libertad, bajo el pretexto de emancipar las conciencias de los espa√Īoles del control de la Iglesia cat√≥lica.

El fracaso del Partido Galleguista en las elecciones de 1933, tal vez por su indefinición, y el triunfo (insuficiente) de la derecha cedista de Gil Robles, dan al traste con su ejercicio político y parecen abrirle del todo -equivocadamente- los ojos. Con el Gobierno Radical de Lerroux, sufre un traslado administrativo a Badajoz (destierro político: como supuesto integrante, con Bóveda, de un comité revolucionario en Pontevedra); se frenan, aunque persisten íntegras, las reformas de la revolución antirreligiosa y quedan bloqueadas las iniciativas y propuestas del Estatuto. En Extremadura dispone de tiempo, fuera de sus horas de funcionario de Estadística, para leer, dibujar, viajar a Elvas y Lisboa, y entrevistarse con los líderes portugueses..., hasta que su amigo Portela Valladares, derechista, le hace retornar (nueve meses después) a la ciudad de la Oliva.

Para entonces, ya ha decidido su desv√≠o hacia una izquierda m√°s radical. Se asocia a la Izquierda Republicana (de Casaritos Quiroga) y, m√°s tarde, al Frente Popular, de laicistas beligerantes y desaforados. En julio de 1934, cuando los cat√≥licos son excluidos de la Rep√ļblica y ya es destructiva e incendiaria la pol√≠tica antirreligiosa, m√°s a√ļn, cuando la revoluci√≥n izquierdista parece no aceptar el resultado de las urnas, su Partido Galleguista opta por una estrategia de masas que se hace evidente en el m√≠tin de ¬ďlas arengas¬Ē, en la plaza de la Quintana de Santiago, por la imperiosa necesidad de un mayor respaldo social. Creen, en plena locura colectiva, que es la √ļnica opci√≥n posible para reactivar y dar salida al Estatuto de Autonom√≠a. El cual van a conseguir, en efecto, previo Plebiscito (con un 98% de votos positivos) en junio de 1936, aunque su plasmaci√≥n institucional no llegar√° a ser refrendada en las Cortes por el desencadenamiento de la Guerra Civil (¬Ēun contrarrevolucionario golpe militar, corolario de la sangrienta persecuci√≥n religiosa y de la revoluci√≥n antidemocr√°tica¬ď) y s√≥lo se har√≠a de modo simb√≥lico, en pleno conflicto b√©lico, en unas Cortes oficiosas de Montserrat y, a√Īos m√°s tarde, en M√©jico.

Su radicalizaci√≥n ideol√≥gica, su deriva hacia Stalin y la URSS, llevan a Castelao a deslizarse por derroteros filomarxistas que transforman en contradictorio y transgresor su nacionalismo, cuando arremete con dureza contra la nueva ¬ďDerecha Galleguista¬Ē conservadora y cat√≥lica, y sus mandatarios, Risco y Filgueira Valverde, sus amigos. Es sabido que, muy atormentado, se deja arrastrar por su pasi√≥n nacionalista, basada en mitos tradicionales y precariedades sociales muy concretas, que le hacen olvidar los derechos individuales de muchos de sus paisanos, fij√°ndose con exclusividad en labradores y gentes del mar. Desconoce el obrerismo industrial y mar√≠timo, ya importante, y las clases medias y burguesas urbanas (¬ďreductos espa√Īolizados y poco propicios a una pronta galleguizaci√≥n¬ď); en una palabra, su proyecto no abarca a toda la poblaci√≥n gallega, delimitar√≠a tan s√≥lo una democracia rural.

No es fácil entender hoy el porqué Castelao se aleja de sus mentores y correligionarios, a los que califica de retrógrados y de faltar a su compromiso político, y opta por el extremismo violento del Frente Popular y de libertarios y anarquistas, casi todos ellos ateos ó agnósticos, ferozmente anticlericales.

No es nada f√°cil comprenderlo, si pensamos en aquella Espa√Īa republicana, de pol√≠ticos impregnados de dicha furia, para qui√©nes Espa√Īa ¬ďhab√≠a dejado de ser cat√≥lica¬Ē. En cuyos Gobiernos las divergencias m√°s dram√°ticas correspond√≠an al litigio religioso, que permit√≠an impasibles el incendio y saqueo de iglesias y conventos; cuando en pleno 1934 resulta irreconciliable el enfrentamiento de clericales y anticlericales hasta l√≠mites hoy inconcebibles, cuando los partidos conservadores por natural reacci√≥n defensiva ante tanto anticlericalismo militante se inclinan por las directrices y el posicionamiento de la Iglesia, es entonces -repetimos- cuando Castela, muy airado, con resoluciones radicales promueve la antedicha escisi√≥n del Partido Galleguista (que determina, a su vez, la subsiguiente creaci√≥n de una ¬ďDerecha Galleguista¬Ē, por Risco y Losada).

No parece l√≥gico, como pretenden sus panegiristas actuales, ni siquiera coherente, tan abrupto desvar√≠o, por m√°s que el mismo Castelao se atreva a decir que es compatible con la inspiraci√≥n cristiana de su Partido. Se olvida de la linealidad cat√≥lica de su carrera pol√≠tica y de su concepci√≥n personal, trascendente y religiosa, de la vida. Se√Īala como coartada, que no se trata de identificarse con aquellos partidos frentepopulistas, sino de una condici√≥n precisa para liberar al pueblo gallego, por su dignificaci√≥n y mejoramiento; es decir, que elige el camino m√°s pr√°ctico aunque sea el m√°s heterodoxo, para ¬ďtocar¬Ē poder y as√≠ conseguir la aprobaci√≥n del Estatuto de Autonom√≠a, olvid√°ndose de que m√°s de la mitad de la poblaci√≥n gallega (de mayor√≠a cat√≥lica) no va a seguirle por ese precio: el atajo incendiario de una coalici√≥n antirreligiosa, delictiva, que act√ļa en nombre de una Constituci√≥n propugnada como neutra y aconfesional.

A Castelao, semiciego y por ende visionario, en esta ocasi√≥n su videncia parece jugarle una mala pasada personal y partidaria. No tardar√°n en producirse la nueva quema de iglesias y monasterios, el asesinato de monjas y sacerdotes, con la impl√≠cita aquiescencia de la coalici√≥n, que √©l mismo y su partido deber√°n asumir. Si a estas circunstancias criminales se a√Īaden la expulsi√≥n de los Jesuitas, la merma de los derechos de las Instituciones Religiosas, la retirada de los s√≠mbolos cristianos de las escuelas, los cementerios civiles ,la p√©rdida de la personalidad jur√≠dica de la Iglesia, etc, es decir, una revoluci√≥n religiosa que excluye a los cat√≥licos de la Rep√ļblica, no debiera extra√Īarle lo que iba a sobrevenir, sin remedio, meses despu√©s.

Alfonso Daniel presagiaba, al despedirse de su ¬ďhermano¬Ē Otero Pedrayo el d√≠a de San Juan de aquel triste a√Īo 1936, en la estaci√≥n del Norte de Madrid, entonces s√≠ con acierto: ¬ďQue no volver√≠a a ver a su madre..., que iba a producirse una guerra terrible..., perderemos nosotros, los de izquierdas..., va a ser una cosa horrible. Perderemos la guerra y yo no volver√© nunca a Galicia.¬ď

Y pocas semanas antes, le hab√≠a escrito al mismo Otero: ¬ďS√© que voy a pagar caro mis ligerezas, y me da miedo porque no soy valiente. Mis debilidades me llevaron lejos, debiera volver a lo m√≠o¬ď. (¬ŅQu√© quer√≠a decir?, ¬ŅQue le hubiera sido suficiente ser un digno m√©dico de pueblo, el honrado alcalde de Rianxo, √≥ un gran pintor... ?).

La pregunta que se hacen muchos gallegos, para ser ecu√°nimes, es: ¬ŅSin Castelao se hubiera plebiscitado el Estatuto de Autonom√≠a para Galicia?... Algunos creen que el Estatuto sali√≥ adelante gracias, en buena parte, a Santiago Casares Quiroga -√©ste s√≠, ateo y mas√≥n- que lo defendi√≥ desde dentro del Gobierno Republicano de la Naci√≥n, al que lideraba, con Aza√Īa como presidente.

Hay que recordar, con J. A. Dur√°n, que cuando Castelao se apunta a las Irmandades de Amigos da Fala, Casares ya pertenec√≠a como miembro destacado al Partido Republicano Aut√≥nomo de la Coru√Īa, embri√≥n de lo que ser√≠a para toda Galicia la Organizaci√≥n Republicana Gallega Aut√≥noma (ORGA), al final de los a√Īos 20 (aunque para muchos, de un autonomismo incierto y difuso).

¬ďContra lo que se dice, contin√ļa Dur√°n, en la Galicia de los a√Īos 30, no hubo un √ļnico partido autonomista, porque existieron -cuando menos- dos: el ORGA, de Casares, y el Partido Galleguista, de Castelao, y la √ļnica personalidad que daba credibilidad al galleguismo de izquierdas en la Rep√ļblica, era Casares Quiroga¬Ē.

¬ďCuando se proclama la Rep√ļblica, Castelao es un pol√≠tico improvisado y mal situado. No ten√≠a experiencia, relaciones personales, medios econ√≥micos, ni la cultura pol√≠tica, militar, internacional de Casares o Portela Valladares. Todos sus conceptos operativos pertenec√≠an a otra tradici√≥n, porque Castelao llega a la heterodoxia tarde y procedente de la derecha liberal m√°s autoritaria... Tuvo que aprender y reinventar esa tradici√≥n heterodoxa... ¬°Demasiado tarde y demasiado s√≥lo!¬ď

Casares ha sido objeto de un sumar√≠simo juicio por la sociedad espa√Īola, y por la gallega, que todav√≠a no ha prescrito, cual alima√Īa responsable del desastre republicano, que -insisto- persiste al d√≠a de hoy en la clandestinidad del silencio, √©l que hab√≠a sido el hombre p√ļblico m√°s importante de Galicia (y el m√°s apuesto y elegante), y cuyo nombre e inscripci√≥n tuvieron que ser retirados del Registro Civil de la Coru√Īa, tal como nos cuenta su hija Mar√≠a, ¬ďpor oprobioso e indigno, y borrado de cualquier instituci√≥n de modo que no quede m√°s que la ficha antropom√©trica de un forajido¬Ē, seg√ļn relataban los informes del Gobernador Civil de la misma ciudad. (Por cierto, Mar√≠a Casares, en su biograf√≠a, no menciona a Alfonso Daniel, ni siquiera -que yo recuerde- durante el exilio coincidente, en Par√≠s).

Castelao, entretanto, ha sido reivindicado como la mejor expresión del nacionalismo gallego, como el verdadero mito y símbolo del galleguismo, El Patriarca, el Guía del Pueblo Galaico, en particular desde el traslado de sus restos, en 1984, a Santiago.

No estar√≠a de m√°s que ambas personalidades, l√≠deres generacionales primero, figuras emblem√°ticas despu√©s, copart√≠cipes en la consecuci√≥n del Estatuto, ocuparan, los dos, un lugar destacado en la memoria hist√≥rica de Galicia, ¬ďorgullosos de sus diferencias¬ď, con sus m√©ritos y sus contradicciones, ya que tanto hab√≠an trabajado por una Patria Gallega aut√©ntica.

Casares, en el comienzo de la Guerra Civil en julio del 36, presidente del Gobierno aza√Īista, por no entregar las armas al pueblo (que mucho se le ha criticado, pero que parece haber sido la soluci√≥n m√°s sensata) tiene que dimitir, y como un miliciano m√°s se traslada a la sierra madrile√Īa, a combatir con los suyos.

En 1937, por su desvalimiento f√≠sico -las secuelas permanentes de su tuberculosis- y su depresi√≥n moral, abandona Espa√Īa y se instala en Par√≠s (temporalmente, en Inglaterra), alej√°ndose de toda actividad pol√≠tica, de modo definitivo.

GUERRA CIVIL Y EXILIO
No es el mismo caso de Castelao. Est√° en Madrid el d√≠a que comienza la guerra y, semanas despu√©s, se suma al Gobierno Republicano, con sede en Valencia. No s√≥lo colabora con los republicanos, sino que se convierte en uno de los l√≠deres de su estrategia y se dedica a labores de propaganda: carteles, murales, estampas. All√≠ perfila su ¬ďGalicia M√°rtir¬Ē, su ¬ďAtila en Galicia¬Ē y colabora pol√≠ticamente, en la revista ¬ďNueva Galicia¬Ē; se abraza a L√≠ster y contribuye a la formaci√≥n de las Milicias Gallegas. Es enviado como mensajero pol√≠tico, y a la b√ļsqueda de ayudas t√©cnicas y econ√≥micas, a diversas capitales: Par√≠s, Mosc√ļ, Nueva York, La Habana.

En Nueva York, realiza m√°s de setenta actos propagand√≠sticos y otros tantos, en Cuba. Transcurren los a√Īos 1937 y 1938, y no se adapta a la vida yanqui. Nueva York le parece una jaula de hierro en la que se ahoga -sufre una angustiosa depresi√≥n-, no le gusta el estilo de su democracia, y termina por irse ( previo corte de mangas a la Estatua de la Libertad), embarc√°ndose en julio de 1940 para Buenos Aires, d√≥nde es acogido por el fervor de sus paisanos en aquella ciudad (la mayor de las gallegas, con 400.000 oriundos) y es en este refugio argentino d√≥nde pretende impulsar lo que √©l llamaba la Galicia Ideal y d√≥nde va a vivir los √ļltimos diez a√Īos de su existencia, en una febril actividad pol√≠tica (con menoscabo paralelo de su obra art√≠stica y literaria).

Casi ciego, acomete la redacci√≥n de su libro ¬ďSempre en Galiza¬ď, un largo resumen de su doctrina, su ideario nacionalista, que va ser catalogado como la Biblia sentimental del galleguismo, aunque a muchos les parezca obra menor, staliniana y te√≥rica en demas√≠a (seg√ļn J.A. Aguirre). Un libro memorial√≠stico, mensaje y s√≠ntesis de discursos, diarios y cousas, de meditaciones cuasi m√≠sticas, que edita en 1944, y sirvi√≥ de ayuda a la necesitada esperanza de un pueblo disperso.

Castelao se mantiene fiel al Gobierno Republicano en el Exilio, gobierno virtual, de papel mojado, en el que ocupa diferentes cargos. Crea, también, el Consejo de Galicia, del que es nombrado presidente en la Casa Gallega de Montevideo, un testimonio más de la legalidad asociativa republicana de los exiliados gallegos.

A pesar de que comienza a asimilar la inutilidad de su empe√Īo y a contrapelo del peronismo que colabora con el general Franco, acude a Uruguay donde tiene menos problemas legales para su acci√≥n pol√≠tica. A finales de 1945, viaja a M√©jico, Brasil y otra vez a Nueva York y Cuba, para reunirse con sus correligionarios republicanos y nacionalistas. Con el mismo fin, vuelve a Par√≠s, con el Gobierno Republicano (de Giral) en el Exilio, del que forma parte, como ministro. Y en 1949, ya enfermo, regresa a la Argentina.

Se ve sorprendido por una dolencia maligna: un cáncer de pulmón (era un gran fumador, se le recuerda siempre con un pitillo en la boca), que acelera su marcha hacia la muerte, ocurrida en el Hospital del Centro Gallego, de Buenos Aires, el 7 de enero de 1950. Sus postreros meses fueron penosos, tan insoportables eran los dolores que el Dr. Sánchez Guisande decide una intervención entonces en boga, una lobotomía, con el fin de atenuar aquellos sufrimientos, pero no hace, en realidad, más que empujarle, previo estado de coma, al fallecimiento.

(Es curioso, Casares Quiroga muere el mismo a√Īo, de una ¬ďesclerosis¬Ē pulmonar acrecentada a lo largo de su vida, con un desenlace cruel: sin apenas poder respirar -sentado d√≠a y noche- sufre, con resignaci√≥n, una asfixia progresiva, finalmente mortal).

Castelao, s√≠mbolo de la galleguidad en el destierro, es enterrado en el cementerio de la Chacarita porte√Īa, con exequias de Presidente de la Rep√ļblica en el Exilio, y ubicado el f√©retro hacia la Pampa, la que Alfonso Daniel hab√≠a so√Īado tantas veces de ni√Īo, vislumbrando en las nubes del atardecer alargad√≠simos barcos -como los de la Armada Espa√Īola, en la Guerra de Cuba, que √©l dibujaba-, cuando no gauchos al galope de fant√°sticos caballos corriendo hacia los rojos del horizonte, aquella Pampa -paisaje de la nada- que ya hab√≠a sido ocasi√≥n de dolorosas nostalgias infantiles.

Vinieron, despu√©s, muchos a√Īos de olvido. Se le silencia en Espa√Īa y, lo que es peor, en Galicia. El r√©gimen de Franco lo considera un pol√≠tico peligroso y le deja arrinconado en su mortuorio rinc√≥n argentino, y as√≠ pasan los a√Īos hasta la muerte del dictador.

Sin embargo, a√ļn en aquella √©poca silenciada, su figura es respetada y querida. Por lo que a mi se refiere, y perd√≥nenme esta intromisi√≥n, pod√≠a leer -y en gallego- en el vespertino ¬ďLa Noche¬ď de Santiago, art√≠culos sobre su personalidad y sus obras en los a√Īos 1950-53 y, quiz√°s, leyera en dicho peri√≥dico la oraci√≥n f√ļnebre de su amigo Valent√≠n Andrade, en la que consideraba a Castelao como la condensaci√≥n arquet√≠pica del alma gallega.

Y estando ya en Madrid, hacia 1960, en la trastienda de una librer√≠a de la calle San Bernardo, adquir√≠ el argentino ¬ďSiempre en Galicia¬Ē y, m√°s tarde, el album ¬ďNos¬Ē, toda una revelaci√≥n en nuestros encuentros sabatinos en el fondo de una bodega de la calle Escalinata, para un grupo de saudosos gallegos aficionados a las canciones del pa√≠s y a la paisana mesa.

En parecido sentido, ya en 1954, se lee una tesis doctoral sobre ¬ďCastelao, escritor¬ď, en la Universidad Complutense, como nos cuenta X. Alonso Montero, con gran sorpresa para mucha gente: aquella generaci√≥n del 50, que con Valente y otros, parec√≠a conformarse con el magisterio de don Antonio Machado.

A partir de aqu√≠, la Editorial Galaxia, Akal y Siglo XXI, ejercieron una meritoria labor para el conocimiento de Castelao, aunque su figura siguiera siendo objeto de linchamientos oficiales (Mencionemos, por ejemplo, el ¬ďaffaire¬Ē de Victoria Armesto, en el Ateneo madrile√Īo). Hasta que, por fin, en el a√Īo 1984, sus restos mortales son trasladados al Pante√≥n de Hombres Ilustres, de Compostela y, ya cercanos, pueden ser homenajeados cada d√≠a por los gallegos, y as√≠ lo hacen la Xunta de Galicia, las Universidades, los Institutos y Concellos de Rianxo, de Pontevedra, de la Estrada... de toda Galicia. Se celebran sus efem√©rides con regularidad, y la Fundaci√≥n Castelao, re√ļne su obra y facilita su continuado estudio, el archivo, su bibliograf√≠a.

LA SAUDADE
En el exilio, Castelao se convierte de modo definitivo en ¬ďun ser de lejan√≠as¬Ē, asume su nueva vocaci√≥n desacogida de desplazado y, lo que es m√°s lamentable, de trasterrado. Sus √ļltimos a√Īos discurren en una triste soledad -su pasi√≥n triste por Galicia- tal como la que un d√≠a cantara Rosal√≠a:
¡Qué tristeza tan doce!
¡Qué soidá tan prácida!
¬°Mais pra un alma en horfandad sumida,
qué soidá tan deserta e tan amarga!

El paisaje argentino agrio, duro, lineal, le har√≠a meditar sobre el femenino campo gallego de onduladas suavidades y, salvando la geometr√≠a del concepto, sumergir√≠a su alma en la emoci√≥n de los recuerdos rianxeiros y santiagueses, y en los de ¬ďsu¬Ē amada Pontevedra: la ciudad que eligi√≥ para vivir; la r√≠a, la Peregrina, los prados, los pinares, el r√≠o L√©rez testigo frecuente de sus ensimismamientos.

Cu√°ntas veces invocar√≠a los populares y rosalinianos versos: Airi√Īos, airi√Īos, aires, airi√Īos levaime a ela.
Cuántas pensaría volver, para poder dormir en el regazo de las viejas canciones, como quería Cunqueiro.

La saudade (palabra sin equivalencias idiom√°ticas) y de formulaci√≥n conceptual esquiva, es el sentimiento √°vido de incorporarse al paisaje nativo, de comulgar con √©l, una vez rotos los eslabones imponderables de esa entra√Īable comuni√≥n. Castelao la sufrir√≠a primero, de un modo concreto, como morri√Īa, la forma elemental de ese m√≥rbido sentimiento, pero quiz√° llegase a sentir, al final, la expresi√≥n m√≠stica de la saudade, que va mucho m√°s all√°: dejar la vida, para fundirse en el seno de la Tierra.,en anhelo de lo infinito, de la Divinidad.

Sin pretenderlo, me muevo por las viejas ideas de N√≥voa Santos, doctor al que tanto admiraba Castelao y al que, sin duda, recordar√≠a con singular afecto en esos momentos de depresivo alejamiento. (Don Roberto fue una figura relevante de la Medicina Espa√Īola en el primer tercio del siglo XX, m√°ximo conocedor de la Ciencia de su tiempo era un cl√≠nico eminente, con hechizo o magnetismo personal inusitados, un profesor magistral, a la vez que ensayista pol√©mico y heterodoxo, diputado en Cortes en la segunda Rep√ļblica, liberal y excepcional orador).

Superando el pasado, Alfonso Daniel, percibir√≠a ¬ďese anhelo, una aspiraci√≥n, que si en la morri√Īa se resuelve en voluntad de retornar a la tierra, en la saudade se intensifica y culmina en el instinto de la muerte, la forma suprema de reversi√≥n a la tierra¬Ē. Traigo, como un homenaje, estas olvidadas expresiones de N√≥voa Santos, que a√Īad√≠a: ¬ďLa saudade es ansia de recogerse al abrigo de la tierra nuestra, del agro nuestro, de la madre de todos; c√≥mo el m√≠stico aspira a recogerse en Dios¬ď. (Un misticismo al margen de toda profesi√≥n religiosa que duerme, como tendencia, en la entra√Īa de todos los hombres).

Admitamos que la Saudade como fenómeno de cultura no deja de ser una constante vital antropológica del pueblo gallego, que también traduce en la lírica tradicional su hondo intimismo.

El consuelo de Castelao, favorecido por su esposa Virginia siempre a su lado y admirable, ya no debía estar en aquel triste vivir de exiliado, sino en el aprendizaje de un morir cada vez más alejado de la atracción cósmica de su paisaje natal ,en una saudade sin luz, la del poeta ciego que él era..

Despu√©s de su dolorosa agon√≠a, durante 1950, y el tr√°nsito por el nihilismo estepario de la Pampa, cuando ya hab√≠a alcanzado la plenitud de lo desconocido, las acogedoras tinieblas de una ceguera por fin absoluta, un d√≠a parece levantarse, como L√°zaro, vacilante, hacia unas temblorosas luces: son los brillos estelares de Santiago. Sucede el a√Īo 1984. Alli emerg√≠a, en el Pante√≥n de Hombres Ilustres, en d√≥nde le podemos admirar hoy como el m√°s insigne de los galleguistas, sin atisbos de heterodoxia, tal un civil sant√≥n, como un pedazo de eternidad gallega.


CASTELAO, ESCRITOR
Aunque no ha disminuido del todo la resistencia a considerar a Castelao como un auténtico escritor, los estudios filológicos y la crítica semiológica que se realizan en distintas Universidades permiten ya calificarlo como uno de los mejores escritores gallegos del siglo XX, una figura literaria comparable a personajes del prestigio de Unamuno, Baroja ó Azorín.

Advirtamos, para empezar, que ¬ďel arte literario de Castelao es el de un escritor culto. Su libertad t√©cnica de elecci√≥n le llev√≥ a asimilar, a veces individualiz√°ndolas, maneras de decir, t√≥picos mentales y procesos de expresi√≥n propios de la literatura popular¬ď (en ajustadas palabras de Carballo Calero). Su obra no es un pues un simple producto folcl√≥rico, si bien, como Rosal√≠a, parta de una preliteratura del pueblo. ¬ďAmbos, son escritores cultos que incorporaron, seleccion√°ndolas, formas de creaci√≥n ling√ľ√≠stica propias de su pa√≠s¬Ē.

Alfonso escribe una prosa sencilla, de elaborado ritmo y equilibrio clásico, que hoy se lee con delectación. Pero antes de seguir con su estudio, hay un aspecto de su trayectoria literaria que es preciso acometer sin demora: la consideración, casi perversa, de aquéllos que se refieren a su literatura como una simple herramienta verbal al servicio de una ideología.

Si nos situamos al principio del pasado siglo, en la Europa de las Vanguardias -que Castelao conoce de cerca, pero no admira- tiene lugar la llamada crisis de los intelectuales, es decir, aquella convicción de que los escritores deben producir algo más que libros; que hacer sólo literatura es burgués, incluso reaccionario, y que la solución más plausible es ponerse al servicio de un programa político revolucionario. Decisión que tampoco satisface al artista, el cual pronto se considera rebajado a la categoría de funcionario y restringido en sus energías creativas (J.L. Pardo).

No es necesario mencionar que hablamos de Literatura comprometida, la que venida de muy atrás adquiriría carta de naturaleza después con Sartre: la literatura militante al servicio de una causa; pero nos referimos, también, al riesgo de caer con ella en mera propaganda política, como muchos ya habían advertido.

En sentido adverso, habr√≠a que abundar en la designada traici√≥n de los intelectuales, en el arte por el arte, algo desde luego ajeno a Castelao siempre muy responsable socialmente (s√≥lo llegar√° a realizar un ¬ďarte de combate¬Ē -al modo goyesco- en plena Guerra Civil, con sus dibujos y estampas b√©licas, en paralelo con una literatura desde entonces bastante sectaria , propia ya de un pol√≠tico a la deriva).

Castelao, sintetiza con claridad Garc√≠a Negro, ¬ďno deja de establecer una relaci√≥n dial√©ctica entre arte y pol√≠tica, moral e ideolog√≠a, y en ese continuum vital y laboral cabe su obra literaria. El mismo, nos dice: ¬ďDibuj√© siempre en gallego, escrib√≠ siempre en gallego; si sac√°is lo que hay de gallego y humano en mi obra, no quedar√≠a nada de ella¬Ē. Debemos considerarlo, en todo caso, como un int√©rprete de su pueblo, de sus dolores y largu√≠simas esperas, un testimonio aut√©ntico, cre√≠ble, de la realidad doliente de Galicia.

Alfonso Daniel, c√≥mplice con los suyos, en el contexto de la √©poca -no lo olvidemos- denuncia las miserias y las necesidades, y lo hace durante a√Īos desde una √≥ptica honrada, dirigida por principios morales e intelectuales permanentes, de verdad y de justicia. Defender con tal actitud √©tica la causa gallega no era hacer pol√≠tica de partido, coyuntural, resultaba ser v√°lida funci√≥n redentora. M√°s all√° de su denuncia estaba la cercan√≠a de los dem√°s (¬ďel dolor de los otros est√° en mi carne¬Ē podr√≠a decir, con S. Weil): un drama colectivo, vital y humano. Su misi√≥n era, realmente, una misi√≥n moral e hist√≥rica.

Castelao con la creaci√≥n del Album ¬ďNos¬Ē, pretende que Galicia despierte y cobre conciencia de si misma. Y como ha comentado G¬™ Sabell, dicha obra abarca toda su producci√≥n art√≠stica posterior: desde los libros de ¬ďCousas¬Ē hasta ¬ďOs dous de sempre¬Ē, ¬ďRetrincos¬Ē, ¬ďUn ollo de vidro¬Ē, ¬ďOs vellos non deben de namorarse¬Ē. Versa sobre la injusticia, la miseria del pueblo, el drama de la emigraci√≥n, la afirmaci√≥n identitaria, el idioma.

Alfonso no se preocupa por la angustia existencial, por las ra√≠ces del hombre gallego, como Rosal√≠a, sino que nos muestra los aspectos del reblandecimiento que sufre el pueblo, su tr√°gica debilidad y, a la vez, c√≥mo se defiende, c√≥mo resiste en un adormecimiento en apariencia pasivo, que no es m√°s que la guarda permanente e invencida de sus tesoros tradicionales: la lengua, la tierra, el humor, la ternura. ¬ďVisualiza para los dem√°s, un estilo vivencial y expresivo a trav√©s de sus formas pl√°sticas¬Ē, y, por si no bastaran sus l√≠neas y perfiles los concreta en un texto claro y conciso, fruto de una rumia consciente y demorada. Mezcla dos c√≥digos semi√≥ticos: el pict√≥rico y el literario, hasta lograr la conversi√≥n de un sufrimiento colectivo en una obra de arte, asequible -por su sencilla ilustraci√≥n- a la cultura popular.

Castelao no realiza una literatura comprometida en su sentido partidario, peyorativo, si no obligada en conciencia, de genuina responsabilidad histórica. En buena parte, justo y repetido es el aviso, estamos hablando del primer Castelao, antes de que se aproximara a la política del Estado y se volviese militante izquierdista y radical.

El mejor contenido de su literatura (Cousas, Retrincos) es anterior en el tiempo. Su obra literaria, una obra reducida, en apariencia de vuelo corto, trasciende por ins√≥lita y genial. En no mucho m√°s de 400 p√°ginas, se muestra como un creador de excepci√≥n. Desde los inicios, en 1909, con su cuento ¬ďO segredo¬Ē, y a trav√©s de los pies de las caricaturas, las estampas narradas de ¬ďNos", las formas ilustradas de ¬ďCousas¬Ē, ¬ďOs dous de sempre¬Ē..., hasta 1934, pongamos esta fecha de modo aleatorio , como l√≠mite elocuente. Sencillez (y no pobreza narrativa), s√≠ntesis l√ļcida, glosa popular, humor, flexibilidad t√©cnica y perfecci√≥n formal, definen su estilo literario.

Es notable la brevedad de sus textos, la maestría en ese microgénero de la literatura que es el cuento y en el relato breve: intenso, emotivo, de léxico fresco y coloquial, de final inesperado y misterioso (como , en buena parte, los de Poe o Kafka).

Podr√≠a hablarse de un Castelao precursor del fragmentarismo, de un creador de g√©neros genuinos como ¬ďCousas¬Ē y ¬ďRetrincos¬Ē (el tradicional emblema pedag√≥gico, que muestra y alecciona), g√©neros espec√≠ficos e inolvidables; transgrede las fronteras convencionales de las Letras, m√°s all√° de sentencias y aforismos, con sus formas quebradas de esencias lineales y tiernas obviedades, ritmos salmodiados y repetitivos en busca de armon√≠a, sin arca√≠smos e incidiendo en su concepci√≥n totalizadora del objeto art√≠stico, en el ensamblaje constructivo de imagen y texto, que antes citamos, extendido por toda su obra literaria.

En estos escritos, sin m√©trica, ni cadencia interior, sobresale su calidad po√©tica. Castelao, que dijo un d√≠a que no hab√≠a nacido para poeta ni comprend√≠a la esencia de la poes√≠a -cuyo misterio deb√≠a conmoverle el coraz√≥n- nos aclara en alg√ļn momento el n√ļcleo de sus fuentes l√≠ricas: la poes√≠a gallega medieval, la m√°s antigua y prestigiosa de la Pen√≠nsula: las trovas, los cancioneros; las cantigas del trabajo o de fiesta, de amor o escarnio. Aquella l√≠rica, escrita en gallego, a la que rindi√≥ vasallaje el Rey Alfonso X el Sabio (con sus gallegas Cantigas de Sta Mar√≠a) y que se extendi√≥ por la poes√≠a de toda la naci√≥n hisp√°nica.

¬ďSi el poeta siente la hermosura de la Tierra -esta Tierra macerada de tanto parir- y siente los dolores de la Raza -esta Raza entristecida de tanto esperar por el triunfo de nuestra civilizaci√≥n de paz¬ď-, Castelao con su coraz√≥n de artista, amante del pueblo y de la Tierra, deviene un excelente poeta y basta recorrer sus textos para encontrarnos por doquier verdaderos poemas en prosa, de fuerza entusi√°stica, que hacen de sus ¬ďCousas¬Ē, por ejemplo, un perenne manantial de mel√≥dicos periodos, emociones y clarividencia.

Se observa en el escritor y en sus escritos -y no sorprende- una profunda preocupación por los problemas sociales de su entorno, propios del médico que honestamente era. No olvidemos la influencia disciplinar de la Medicina en su formación y en su concepto de la vida (y de la muerte), su educación científica, que también aflora (y los críticos no suelen advertir) en su estilo literario. Las vicisitudes de la historia clínica, la descripción habitual de los detalles anatómicos y morfológicos de los pacientes le conducen a un lenguaje sobrio, exacto, antirretórico, transparente, típicos de la expresión científica y del lenguaje médico.

Retomemos ahora, lo que dec√≠amos al principio. En la actualidad, existe un criterio un√°nime al afirmar que Castelao no fue un escritor ocasional, un aficionado, -como estimaban algunos de sus amigos- sino ¬ďun profesional de las Letras que durante quince a√Īos llev√≥ a cabo de manera continuada un trabajo literario al que dedic√≥ atenci√≥n y esmero, y que si √©l mismo lo consider√≥ secundario era por falsa modestia¬ď (L√≥pez y Dobarro). Es decir, que Alfonso toma en serio su oficio, elabora su prosa como un artesano: corrige, corta, expurga y torna a corregir, y lo hace ya desde sus comienzos en Rianxo, en su semanario ¬ďEl Barbero Municipal¬Ē, y en las colaboraciones en la prensa regional y nacional, en ¬ďNos¬Ē, en ¬ďNosa Terra¬Ē, en ¬ďel Liberal¬Ē, que le acreditan una prosa trabajada, muy literaria; una meta promovida con especial √©nfasis por los integrantes de las ¬ďIrmandades da Fala¬Ē y su ¬ďGeneraci√≥n Nos¬Ē, obsesionados por abrir los cauces de un idioma gallego culto (dentro de una deseada est√©tica galleguista abierta a las corrientes europeas), si bien no ser√≠a hasta 1920 cuando emerger√° el verdadero escritor, y ser√° en Pontevedra, creemos, d√≥nde cristaliza su disposici√≥n literaria y su destreza t√©cnica.

La permisividad de su vida funcionarial, tranquila y regular, en el nutriente regazo de su querida ciudad, le facultar√°n para alcanzar la excelsitud en su oficio de escritor. Aunque enraizado en la tierra, se alejar√° del costumbrismo realista y por medio de una narraci√≥n breve, sugestiva y singular en su formato, incidir√° hondamente en el alma y el vivir de sus paisanos. Y no es preciso a√Īa
Fuertes Bello, Antonio
Fuertes Bello, Antonio


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