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Mondrian. De lo transcendente a lo efímero.

miércoles, 13 de enero de 2021
Mientras nieva, hoy 9 de enero y en Madrid, se me impone el blanco Mondrian que he contemplado en directo hace días en la expo del Reina Sofía con sus salas casi desiertas, tan blancas como la nieve, frías como las paredes del antiguo Hospital de San Carlos, sobre el cual está instalado el Museo de Arte Contemporáneo. Ayuda en la potenciación del blanco el vacío de visitantes: uno de los pocos privilegios que nos concede esta terrible e impura pandemia.

La nieve que va cayendo y se espolvorea por las ramas de los árboles no me evoca en esta mañana la de los belenes de estos días pasados, ni la de los grandes pintores que representaron paisajes nevados a lo largo de la historia de la pintura, me lleva, sin embargo, al blanco purificado de Mondrian por medio de la abstracción, a la que la se fue encaminando desde la práctica del cubismo, asumida sobre su sustrato protestante inmerso en la teología luterana, interpretada de forma radical por la estética calvinista: la fe de Calvino, que desde niño profesó este pintor holandés, considera que la imagen no representa ni transmite la vivencia de Dios, impide transcender a lo divino, creencia que iría imponiendo la ausencia de imaginería en las iglesias protestantes.

No es casualidad que antes de llegar a la plena abstracción pasara por la depuración del paisaje, tratando de plasmar una visión de la naturaleza descargada de lo material: su serie de árboles de fondo blanco plano con tronco y ramas desnudas, representadas por líneas fragmentadas a base de trazos negros, expresan minimizada la vitalidad del árbol sólo por medio de tensiones direccionales.

El paso definitivo hacia su particular abstracción -su "marca"- habría de cuajar más tarde, cuando fundó con Doesburg el grupo De Stijl, y culminó la teoría y puesta en práctica del Neoplasticismo. La estética religiosa del calvinismo, la teosofía y la filosofía hicieron de él un teórico de la pintura con una carga de profunda inmersión espiritual, lo cual le llevaría a una supuesta visión "cósmica del universo" representada por la retícula: las horizontales de la misma eran lo terrenal; mientras que las líneas verticales, ascensionales al fin, representarían la espiritualidad, principios básicos recogidos por teósofos como los de la rusa Blavatsky, con cuyas creencias se identificó desde joven. Finalmente añadiría al blanco y al negro los colores primarios.

Sin duda, toda su abstracción trata de purificar las cargas sentimentales del romanticismo, en una posición frontal a las tendencias del expresionismo abstracto que representaba en Europa Kandinsky a partir de 1910. Pero cuando se vio lejos de aquellos principios tan elevados, inmerso en el Nueva York cargado de ruidos y movimiento rodado, de música de jazz, alimentada por un mestizaje entre la negritud y la inmigración secular europea, comenzó a hacer correr por la retícula luces de coches, el parpadeo de los semáforos y el sonido del jazz nocturno: una visión animada de la gran urbe, impura y distante de los llanos y serenos paisajes holandeses.

Y, finalmente, tanta espiritualidad y tanta teoría para que la obra de un pintor tan transcendente pasara al gusto popular por medio de la moda, la expresión del gusto de la época, efímera: cosas que pasan. ¿Sabrían las jóvenes con sus vestidos reticulados y los colores de Mondrían la profundidad originaria de tal diseño?. Desde luego, yo no tenía la menor idea.
Pena López, Carmen
Pena López, Carmen


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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