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Ildara, dama y bruja de Carbedo

jueves, 10 de diciembre de 2020
En los montes del Caurel se oye una voz de trovador que al viento proclama:
"Ildara, Ildara, la mujer que el conde ama"!
"Ildara , Ildara, del Caurel por siempre señora, bruja y ama"!

Uno de los condes de Lemos era muy aficionado a la caza y, como en estos montes había y hay abundancia de posibles piezas de pelo y pluma , en ellos se internaba de montería con su jauría de perros, sumado al halcón que bien adiestrado tenía posado sobre sobre su hombro y sus ayudantes de campo.

Un día, estando inmerso en esta actividad, por las sierras de esta comarca vio una bella paloma torcaz que Lor arriba volaba. Lanzó a su falcónida tras ella pero no regresó con la zurita la rapaz porque, desde el castillo que se eleva en el Monte Cido, una flecha desde las almenas salió y a ese abatió y su veloz aletear para siempre frenó. El conde con tristeza observó como su ave , la que tanto quería, se desplomó inerte al lecho del río y la colúmbida era muy bien acogida por la ballestera, una altiva mujer que en sus manos la tomaba y, en alto gritaba:

-"En mis dominios no tienen sitio rapaces. Caballero, usted si obra como su halcón también recibirá el mismo trato."

No se asustó ni intimidó el bravo noble y , aproximándose a la torre de esa fortaleza que se alza sobre los peñascos, vio una dama de singular belleza allí bien plantada, mostrándose mujer de gran fuerza y entereza.
Recogiendo el cuerpo del azor a ella así le habló:

-"Comprenda mi dolor, al ver muerto a mi fiel cazador pero perdone por nuestra incursión, pensé que estaba el castillo deshabitado y que a los monjes de Samos pertenecía, pero, para sorpresa, me encuentro con un sol de mujer."

A lo que ella responde:
-"Tenga cuidado con los rayos de éste que llamáis vos sol, pueden abrasaros. No se comporte como un zalamero zorro. Aquí no hay gallinas y le aseguro que, sin con hipocresía viene, mis lobos, los fieles guardianes de Carbedo, lo devorarán."

El conde que no tenía miedo alguno, con arrogancia, se acercó diciendo:
"Me gusta su bravura y belleza, dama de esta tierra agreste; es natural que en lugar tan abrupto las mujeres sean fuertes".

Entonces, retirándose de las almenas, mandó a sus gentes ensillarle su caballo y abrir el portalón del castillo y, a lomos de él, sin guardaespalda alguno, llevando por armas el carcaj lleno de flechas con el consiguiente arco, a galope tendido bajó. Se detuvo antes de llegar junto al conde, ambos descendieron de sus cabalgaduras y comenzaron, con la educación propia de su alcurnia, las respectivas presentaciones. Invitó al de Lemos a enseñarle el interior de su fortaleza aclarándole con una pícara sonrisa:

"Hablo del castillo, pues la mía personal solamente la conocerá el hombre que me llegue a enamorar."

El conde accedió y, por aquella angosta calzada llegaron a esa rocosa atalaya. Allí, la que se presentó como Ildara la soberana de O Caurel, le ofreció un vaso de hidromiel, le supo tan bien aquel bebedizo que, perdidamente enamorado quedó de la que más que dama noble parecía una terrible bruja, pues a priores , abades y grandes había cautivado y, en la mina de la Toca todos los tesoros que unos y otros le dieron allí guardaba. Ella no era ladrona, cautivaba con embeleso y en sus atractivas redes, como inocentes pajarillos, cayeron muchos de aquellos legendarios caballeros. Dormido quedó el conde descansando en los brazos de Ildara.

Aquella noche en Monforte de Lemos su esposa desconsolada lloraba porque creía que lo habían devorado las alimañas. Los que le acompañaban en la cacería cuando aquel noble al amanecer, pasados los efectos del brebaje, los buscó no los halló e Ildara le dijo:

"Vós podéis marchar, aunque sé que pronto volveréis. Ellos aquí se quedan"

Emprende regreso dando un apasionado beso a su amante .Hasta el puerto de O boi le fueron escoltando fieros lobos. Lo que desconocía el noble es que, entre aquella manada estaban los hombres que con él vinieron quienes habían sido convertidos en esas alimañas que, cual mansos perros se comportaban con su dueña y, cuando ésta los azuzaba eran terribles lobos que sus dominios defendían.

Cuando llegó junto a su mujer nada contó y solamente dijo que fueron atacados por un nutrido cuerpo de moros y sus guardianes murieron en la cruenta lucha, él tuvo fortuna y escapó . Piezas de caza no logró pero había visto una mujer que era una bella flor, pero su aroma resultaba de tal toxicidad que podía su voluntad anular y, se juramentó de que él volvería para con esa estar y sus pétalos, una y otra vez besar Pero verdaderamente el que sufría era él que quedó enamorado de esa señora de día y maga de noche de las tierras de O Caurel.

En repetidas ocasiones volvió junto a esa su amante. Lo hacía solo, pues ella le dijo que si venía con gente armada en lobos o lechuzas los convertía, según fueran belicosos o no. A su esposa decía que marchaba a pasar unas jornadas junto al Señor de Fontei. Cada vez que emprendía la vuelta a Monforte ella le acompañaba un tramo y sus lobos acechantes les protegían entre la espesura; al despedirse, en tono amenazante, le decía:

"Si algún día me dejas de querer, me presentaré en tu castillo y de frío te mataré".

El reía pero pasó un tiempo que mucho tardaba en venir a visitarla y, toda la tierra del Cabe, esa bonita llanura se cubrió de niebla y, entre la densa bruma oyó el conde una voz femenina que así le decía:

-" Vengo a buscarte, y lo hago para envolverte en el manto más frío".

Dijeron que el conde desapreció , nadie supo cómo pero un día unos viajeros lo reconocieron cuando en la torre de Carbedo con aquella guapa mujer lo vieron. Cada vez que el noble deseaba venir al Cabe lo traía arropado en la capa inmensa de la bruma; por eso, cuando actualmente los monfortinos ven que pasan días y días sumidos en la niebla, es que durante esas jornadas están bajo el poder y dominio de Ildara y el conde aquel.

Hoy, son dominantes fantasmas que, por las noches se aparecen en el ruinoso castillo roquero de Carbedo donde lobos y lechuzas les sirven fielmente a esos sus amos y,durante las diurnas jornadas plácidamente duermen.
Pol, Pepe
Pol, Pepe


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