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Un mes sin hostelería

viernes, 06 de noviembre de 2020
Cierra la hostelería de casi toda Galicia durante un mes. Mejor dicho, cierran a la hostelería de casi toda Galicia durante un mes.

Cada vez que leo estas noticias no puedo evitar tener un sentimiento de profunda tristeza, ya que durante toda mi vida he estado metido de lleno en la vida de un restaurante y por lo tanto no es que sienta empatía con la hostelería, es que me considero más vinculado a ese sector que al que me da de comer desde hace 15 años, lo que no deja de ser curioso. Pero es que estas cosas hacen mella y el Verruga no era solamente un negocio sino una forma de vida que influía en todas y cada una de las cuestiones familiares ya que al ser un sector tan peculiar en cuanto a horarios y calendarios condicionaba desde las fechas de las vacaciones hasta la rutina que podías hacer.

Por eso me pongo con cierta facilidad en la piel de quienes están pasando por ese trago y se me encoje el corazón y pienso, no sin cierta dosis de egoísmo, en la suerte que han tenido mis padres jubilándose hace unos años y evitándose este terrible trago en que sólo las ayudas públicas (a las que en general tengo alergia pero que en este caso son la única posibilidad de supervivencia) y la comprensión de los arrendadores de los locales (si es el caso, en el nuestro estoy seguro de que no contaríamos con tal cosa como está pasando a mucha gente que tiene la empatía de una alpargata con sus inquilinos) pueden evitar el cierre definitivo.

A la hostelería siempre le ha tocado bailar con la más fea. Es la diana de todas las críticas en cuanto pasa cualquier cosa, y si hacen porque hacen y si no hacen porque no hacen. Cuando vienen las fiestas de San Froilán o el Arde Lucus, en que son los únicos de la ciudad que están ganándose el pan mientras el resto estamos de fiesta nos vienen con la coña de que “tienen que pagar ellos las fiestas porque son los que se benefician”, como si estar currando cuando todos estamos de jarana fuera jauja. Si hablamos de las terrazas “se benefician del suelo público”, como si las empresas que explotan los autobuses o la publicidad urbana lo hicieran únicamente en locales privados, y sin tener en cuenta que esas mismas terrazas no dejan de sr también un servicio público como se demostrará en este mes, en que las echaremos de menos como nunca. Y así todo.

Por si eso fuera poco, y aunque por supuesto estoy generalizando y hay de todo, la educación con el hostelero brilla por su ausencia. Las mismas personas que en la gran cadena de ropa le piden a la dependienta que “por favor, si es tan amable, me gustaría saber si tiene una talla más de este pantalón” se transforman en groseros que entran gritando “¡caña aquí, chaval!” en cuanto entran en el bar de al lado. Lamentablemente en esto he de reconocer que las cosas se están igualando, pero no para tratar mejor al camarero sino para rebajar la educación con los dependientes de los comercios. Parece que los “por favor” y los “gracias” los cobrasen, y de las sonrisas ya ni hablamos.

El mundo de la hostelería es bastante hermético, en el sentido de que normalmente quienes se dedican a esa profesión no tienen muchas posibilidades de hacer amistades ajenas al sector. La explicación es sencilla: a las muchas horas de trabajo se suma que cuando la gente “normal” descansa, es decir, en fines de semana, festivos, puentes, vacaciones… el hostelero es cuando más trabajo tiene y viceversa. Cogerse las vacaciones en noviembre o febrero hace que coincidas con gente de hostelería normalmente, y claro, así no hay forma de tener una relación de amistad habitual con alguien que se dedique a otra cosa. Eso tiene unas consecuencias sociales tremendas, que normalmente la gente ignora cuando sólo protesta porque “el pincho de tortilla era algo pequeño”.

Ahora les toca cerrar, pero muchos llevan así desde agosto, por ejemplo los pubs. Por mucho ERE o ERTE que hagan, el alquiler, los impuestos, seguros y gastos generales los tienen que pagar igual sin tener un céntimo de ingresos, con lo que evidentemente una parte importante no volverá a abrir. Y ya no sólo hablamos del impacto que esto puede tener en la futura recuperación del país, sino en el drama de las familias, empresarios y empleados, que dependen de esa tarea para poder cobrar a fin de mes.

Esperemos que al menos esto sirva para algo, que se frene esta segunda ola que, como era previsible, aumenta a mayor ritmo que la primera si bien parece que por ahora tiene una menor letalidad. Esperemos también que la Xunta, que ha decretado este cierre, apruebe hoy un paquete de ayudas razonables que evite la ruina absoluta de muchas familias. Esperemos que el Ayuntamiento de Lugo recapacite sobre su decisión de duplicar el precio de las terrazas para el año 2021, algo que no es precisamente una ayuda para la supervivencia. Y esperemos que el futuro sea más luminoso, que buena falta hace.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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