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Fuego en el corazón

viernes, 22 de mayo de 2020
Paseando por el claustro del Museo Provincial de Lugo, me encuentro con el escudo del obispo Armañá, gran constructor lucense de la segunda mitad del siglo XVIII. Reparo en un detalle que hasta hoy me había pasado desapercibido, y es que en su parte superior hay un corazón del que brota fuego, lo cual debe ser exponente heráldico del amor episcopal.

Esto de relacionar al corazón con el amor viene de lejos en nuestra cultura, y aún está muy presente en nuestros comentarios. Queremos de todo corazón, se nos parte el corazón de dolor, los buenos lo son por tener buen corazón y los malos no lo tienen. Sin discusión, el corazón es el símbolo del amor y como tal es promocionado en múltiples reclamos de la sociedad de consumo.

El corazón ha estado presente en nuestros cuentos de infancia, por eso, cuando el soldado tiene que matar a Blancanieves, ha de llevarle su corazón a la madrastra como prueba de su muerte. El soldado, que algo sabe de anatomía comparada, lo substituye por uno de ciervo, esperando que la madrastra no lo note. Y acierta, pues además de mala, es ignorante, o por eso. En tiempos más recientes, y con hechos no legendarios, ocurrió a mediados de la década de 1950 que un obispo pasionista anduvo por España llevando el corazón de santa Gema Galgani, para que se venerase por los fieles, quienes podrían aprovechar la ocasión para comprar reliquias suyas… Pasó por Lugo y estuvo en la catedral en exposición para ser venerado por los fieles.

El corazón, el corazón, como órgano fundamental nuestro, tanto en la fantasía como en la realidad. Pero esto no es de ahora, aunque sí su mercadeo. Voy a intentar resumir lo que yo sé acerca del tema.

En la Edad Media se consideraba que los seres vivos estábamos formados por proporciones determinadas de los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego. Si nosotros éramos capaces de nadar, era gracias al agua que nos formaba, lo mismo que los felinos debían al aire que lo componía la elegancia de sus saltos. Las aves estaban compuestas por un alto porcentaje de aire, por eso volaban. Cada grupo de seres estaba compuesto por proporciones concretas de cada uno de los elementos. Y los estudiosos notaban su presencia por datos, digamos, indirectos.

Al morir, y más concretamente, en la descomposición de los cuerpos, esos componentes se iban separando. En nosotros, los humanos, lo primero que desaparecía era el aire al exhalar el último suspiro. Luego desaparecía el fuego, y los cuerpos se enfriaban. El agua se iba separando poco a poco y, al final, solamente quedaba tierra donde antes había habido un cuerpo.

Esta era una explicación de la Ciencia de entonces, que debemos de mirar con mucho respeto. He dicho aquí en diversas ocasiones que entendemos por Ciencia el intento de explicar los fenómenos del entorno teniendo en cuenta los conocimientos de los que se dispone en cada momento. Cuando los conocimientos de incrementan, las explicaciones se perfeccionan y la Ciencia avanza.

En todo cuanto he dicho había coherencia. Pero también había una pregunta para la que no se tenía respuesta. El calor interior presente en aves y mamíferos, ¿de dónde procedía?

El calor es característica de estos dos grupos taxonómicos, y hoy sabemos que es consecuencia de complejas y múltiples reacciones bioquímicas, sin embargo entonces no se conocían esos procesos ni mucho menos sus consecuencias. Pero algo tenían claro los de entonces: la sangre derramada de un ser vivo echaba humo, estaba caliente. Cundo se descubrió la circulación sanguínea, se pensó que mediante ella, la sangre llevaba calor a todo el cuerpo.

Claro que no se sabía nada del origen de tal fuego. Uniendo causas y consecuencias, se comprobó que todas las actividades que requerían aporte de calor, el amor incluido, llevaban consigo una aceleración del ritmo cardíaco. De ahí se llegó a postular que debería ser el corazón el órgano responsable del amor. (Una vez oí decir que en algunos países del este asiático se quiere con todo el hígado, pero nunca he podido constatar tal atribución).

La idea de querer con el corazón, ya vemos, viene de lejos y a nadie importa que sea errónea. Nadie quiere saber que más bien se trata de un impulso sicológico, pues queda más bonito querer con el corazón que con las neuronas. Lo del cerebro tiene un tinte calculado y calificamos como “cerebral” a algo premeditado con sus resabios de frialdad no carente de crueldad. Por la contra, el corazón actúa por impulsos no calculados. Es impetuoso e, incluso, esos impulsos, que llamamos corazonadas, nos resultan simpáticos y suelen generar nuestra comprensión hacia quienes se mueven por corazonadas, a veces compañeras de buenos augurios.

Cómo nos gustan esas falsas, y poéticas, explicaciones frente a las frías y asépticas que nos ofrece la Ciencia. También he dicho aquí que la Ciencia no pretende ni distraernos ni tranquilizarnos. Simplemente pretende decirnos las cosas tal como son o como se cree que son en cada momento.

En la Religión Cristiana hay dos advocaciones que se refieren al tremendo cariño de Jesús y de María hacia los mortales. Basándose en esta idea que acabo de exponer, tales advocaciones reciben el nombre de Sagrados Corazones. El de Jesús está rodeado por una corona de espinas a la altura de sus ventrículos, y el de María por una de rosas, pero ambos, a la altura de la salida de las arterias tienen una fuente de fuego, como muestra de su amor.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el obispo Armañá debió de sentir su corazón inundado de cariño, por eso lo puso en la parte superior de su escudo. A principio del siglo XXI, comprobamos de qué modo quiso hacer público su afán.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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