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Ser gallego

lunes, 13 de abril de 2020
( dedicado al gallego Jorge Mosquera Marioni)

Tiempos para estar con nosotros mismos. Para valorar lo que merece la pena y ponerlo en su lugar. Momentos en los nos descubrimos a nosotros mismos, nuestras relaciones con la sociedad. Si lo hecho durante el tiempo pasado ha merecido la pena. Es lo que algunos llamaban examen de conciencia. También notaremos si estamos solos o tenemos gentes que de verdad nos acompañan. Y esto nos lleva a esas frases en torno a las victorias y la derrota. Y para poner último capítulo a la reflexión; "queda tiempo para hacer algo más". "Somos dignos de nuestros padres".

Estos tiempos nos hacen trascendentales. Y valoramos la amistad y la familia.

Descubrimos cuales son nuestros cimientos y las columnas en las que podemos apoyarnos. La fortaleza requiere tener lo que antecede y esa fuerza interior que nos haga levantarnos ocho veces si nos caemos en siete ocasiones. Todo lo dicho forma parte de la estirpe que denomino ser gallego.

Alguien dijo que hay múltiples similitudes entre nuestro pueblo y el pueblo judío. De hecho en muchos apellidos gallegos descubrimos que somos del mismo árbol. Un hermoso y robusto Carballo que siempre estará formando parte de esas fragas húmedas por la lluvia y vivas por las aguas de nuestros ríos.

Dice Jorge Mosquera, hijo de José Mosquera Ferrando, que no se siente ni español -nacido en La República Argentina- ni de Córdoba, esa provincia por la que tanto han luchado la estirpe de los Mosquera. Se siente gallego. Sabe que necesita a Galicia.

Cuando está al otro lado del mundo, su alma está paseando por nuestra Galicia. La Galicia de los Mosquera, los que aun vivimos, los que permanecen reunidos en el Campo Santo de Santa María de Tamallancos, delante de una iglesia Románica, en un lugar mágico al que da entrada un frondoso Carballo y un Peto de Ánimas.

Galicia tiene un ambiente que produce adicción y encantamiento. Por eso los gallegos tenemos al menos tres propiedades en nuestro ADN. Lo que llamamos morriña, saudade, nostalgia, que nos emociona cuando nos ponemos en contacto con música, poemas, fala galega- conjunto de idioma, acento y formas de expresión-, paisajes y leyendas propias de nuestra condición.

El compromiso irrenunciable del regreso a la Tierra. La vida se divide en dos fases. Recuerdos sobre la última vez que pisamos nuestros rincones. Ansiedad para llegar a esa fecha del regreso, cuando volvamos a darnos un abrazo con nuestras gentes, las que hacen día a día que Galicia sea un paraíso, sobre todo el hogar de Breogán. Disfrutar con sus ferias, romerías, casas de piedra, campanas despertadoras para las parroquias y esa forma de ser propia del pueblo, hospitalario y cercano a las gentes que regresan de la Diáspora.

Comprender e impregnar nuestras almas con el carácter gallego, que nace de la mar, de los bosques encantados, de cada Castaño, de cada racimo de moras que alumbran las silveiras, del alecrín que en primavera nace espontáneamente como flor del Tojo silvestre, dando un color dorado a nuestros valles y montículos. De ahí sale el sonido de la gaita. Es como un grito -aturuxo- que anuncia una reunión en el campo de las fiestas tradicionales, dónde se degusta "la reina empanada" y el "príncipe pulpo a feira".

Luego está el rito de tomar el vino en taza. Hacerlo en viejas y hermosas cantinas que siempre fueron puntos de encuentro para la conversación. No hay población por humilde que sea en nuestra Galicia de siempre que, no disponga de tales templos para la convivencia. En sus espacios, poniendo como testigo al tabernero, se rinden recuerdos a los ausentes para que sigan estando presentes, a estilo Celta. Un pueblo viejo que rinde culto al fuego, al sol -trisquel- a las mareas y a la luna. De ahí esas celebraciones que fueron cristianizadas pero que conservan los designios Druidas, como Percival sigue guardando en algún lugar sagrado de nuestra Galicia, El Santo Grial al que encomendaron sus vidas aquellos caballeros cuyas sombras pueden percibirse en las noches de niebla por las calles de la inmortal Mondoñedo.

Los grises plomizos del reino de la lluvia. Esas gotas que tapizan nuestras calles con losas en las que el agua forma espejos para el reflejo de las fachadas con galerías o los monumentos que asientan en nuestras plazas. No hay plaza más hermosa en el mundo que la del Obradoiro Compostelano, como no hay conjunto arquitectónico más completo que el conformado por las cuatro plazas con acceso al sepulcro del Apostol: Obradoiro-Platerías-Quintana-Azabachería.

Esos mismos encantos que se observan en ciudades antiguas: En aquellos paseos en los que se pueden escuchar las voces de nuestros escritores. Curros, Rosalía, Manuel María, Manuel Antonio, Celso Emilio Ferreiro, Pondal, Castelao, Valle Inclán. Camilo José Cela, Cunqueiro. Novoneyra, Murguía...

Pero también las sombras imperecederas que gallegos sabios, anónimos, que cuando van a la última morada nos dejan su boina, navaja, xisqueiro, petaca para el tabaco y su librillo, una cartera con la foto de sus antepasados, una hoja amarillenta que contiene una carta de amor...imposible, pero nunca olvidado.

Así es Galicia. Inmensa. Entre brumas y tormentas marinas. Con los colores para cada estación. Desde el verde esmeralda hasta el ocre de los helechos en otoño. Con playas de mica y caolín. Puertos naturales que forman esas rías bajas, altas, Cantábricas...Y el azul marino salpicado del blanco que pintan las rompientes graníticas, mientras el románico de las parroquias entona letanías para un bautizo, una boda o un cabo de año...
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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