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Aprender a Cristo Jesús

domingo, 08 de marzo de 2020
La Iglesia emprende hoy el camino cuaresmal que la llevará a la celebración anual de la Pascua: camino de identificación con Cristo; escuela para aprender a Cristo.

Empezamos recordando el camino por el que se echó a andar el hombre viejo, Adán, un camino que nos seduce, porque lo vemos atrayente, deseable, pero un camino que lleva a la muerte.

Y entramos en el camino por el que se movió siempre el hombre nuevo, Cristo Jesús, camino que se abre a través del desierto, camino marcado con la señal de la cruz, camino –el único camino- que lleva a la plenitud de la vida.

Según el antiguo relato, la mujer “tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió”. Ese relato es representación imaginativa de la pretensión humana de “ser como Dios”, ocupar el lugar de Dios: el hombre desprecia la propia condición y lo arriesga todo con la ilusión de conquistar la condición de Dios.

Tú conoces el camino de Jesús, los sentimientos de Jesús, las opciones de Jesús. Ese camino desciende de Dios al hombre, de la condición divina a la condición humana, de la eternidad al tiempo, del saber al no saber, de la plenitud divina en el seno de la Trinidad al abandono humano en los brazos del una cruz.

El viejo camino, el de apropiación de la condición divina, de huida de nuestros límites –el camino del viejo Adán-, lo llevamos inscrito en el ser, más hondo aun que nuestra identidad genética. Y es un camino que desemboca en la muerte.
Por ser como Dios, dedicamos a la fabricación de armamento lo que miles de millones de seres humanos necesitan para comer.

Por ser como Dios, dedicamos a levantar muros y a cerrar fronteras lo que millones de emigrantes necesitan para acceder a un futuro digno.

Por ser como Dios, dedicamos al ocio y al vicio lo que miles de millones de personas necesitan para trabajar.

La pretensión humana de ser como Dios acaba irremediablemente en un ridículo hombrecillo vestido de poderoso señor, que se imagina grande porque ha conseguido sentarse sobre una montaña de cadáveres.

De la verdad del antiguo mito somos testigos todos y cada uno de nosotros. Y lo somos también de los estragos que en el paraíso –en el mundo, en la humanidad- producen estos ridículos dioses.

Pero hay hombre nuevo: un hombre que hace su camino bajando hasta lo hondo de la condición humana, abrazando los límites que la condición humana conlleva, un hombre libre para ser hombre con todas las consecuencias, libre para servir, libre para amar.

Ese hombre se llama Jesús.

Jesús no nos seduce con el señuelo de una grandeza fratricida.

Jesús nos precede y nos lleva al desierto, nos anima a caminar con él, a seguirlo con nuestra cruz hasta su cruz; Jesús nos invita a perder como él la vida –a amar como él nos amó-, a recorrer con él un camino que, de oscuridad en oscuridad, nos lleva al corazón del Padre.

En el bautismo hemos escogido ese modo de ser humanidad. Lo hemos escogido de una vez para siempre; pero hemos de estar siempre aprendiendo lo que al bautizarnos escogimos ser.

La cuaresma es una oportunidad para entrar en la escuela de la fe y aprender a Jesús.

Feliz discipulado.

(Fr. Santiago Agrelo es Arzobispo emérito de Tánger)
Agrelo, Santiago
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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