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El otoño que llega

martes, 01 de octubre de 2019
Lo sabemos, ha comenzado una estación que, por lo que parece, suscita muchos comentarios. Es posible que este año yo esté especialmente sensible ante cambios de este tipo, no lo sé, pero creo que nunca he visto tanto saludo a la nueva estación. Tampoco ha llegado como la primavera del poeta (La primavera ha venido/y no sé cómo ha sido), no. Este año el otoño ha entrado avisando, muy poco a poco, pero dejando ver que ya estaba, digamos, tras la puerta. Las lluvias, las nieblas, los aires y, al final, como coda de preludio, nos visitó la gran DANA, que antes se llamaba ciclogénesis y que los mayores conocían como temporal, pero con un nombre u otro, nos ha dicho sin derecho a réplica que las cosas han cambiado.

Para mí, biólogo que soy, decir otoño es evocar madurez. La naturaleza termina un ciclo y elegantemente baja el telón. Los últimos frutos, los que maduraron al sol de agosto, ya están disponibles, sabrosos y con ese toque familiar que darán sabor a las largas tertulias de fin de semana sin prisas, aprovechando el sol (porque ahora lo aprovecharemos, no es como en verano, cuando era normal tenerlo). Me gustan los frutos del otoño, las uvas, las granadas, las manzanas, las moras. Todas generosas en sus dádivas. Nos darán vinos, sidras y postres con fiestas cargadas de tradiciones, rituales, canciones y encuentros familiares.

Los ciclos anuales del otoño comienzan con la vendimia y sus actividades derivadas. Las familias y amigos se reúnen para recolectar la uva y preparar, según las posibilidades de cada cual, sus vinos y derivados. El aguardiente también saldrá de estos días y las comidas al abrigo de un sol que ya no es lo que fue, serán agradables. O comeremos junto al fuego de la lareira. Sin ser muy conscientes de hacerlo, nos metemos en actividades de siempre, la historia y la Biblia nos hablan de vendimias y en este tiempo nos toca a nosotros vivirlas y protagonizarla.

Las plantas anuales cierran ciclo con semillas dispuestas a ser diseminadas, y de ese modo, contribuir al mantenimiento de la población y de la especie de la que forman parte. Es hermoso pasear por el campo y poder observar todo esto. Y, claro, si además uno es aficionado a las setas, en otoño vivirá de nuevo toda esa aventura humana que se envuelve tras una salida de recolección. Porque ellos saben, los amantes de las setas, que todo el día, el paseo o la excursión, están pautados por múltiples detalles que jalonan el paseo campestre. Hay que determinar la seta, recogerla con cuidado, cocinarla y, al final, vivir la gran merienda en compañía de todos quienes han participado en la aventura.

El otoño, a través de sus ritos, favorece los encuentros de los amigos. Aquellos que en verano se desparramaron por mil sitios diferentes, ahora vuelven a reunirse alrededor del fuego de siempre para vivir de nuevo los ritos de siempre, los que mantenemos nosotros mismos y empiezan a vivir los niños.

Las tardes se irán acortando, y cuando las castañas estén listas, llegarán los magostos, nuestras meriendas con vino ya nuevo, castañas asadas y amigos reencontrados. Estos conocidos que están cercanos, aunque lejos, de quienes se tienen noticias a lo largo del año, pero con quienes es difícil encontrarse, ahora estarán en el magosto y aprovecharemos para ponernos más al día. Cara a cara.

Me gusta mucho comprobar que los jóvenes asisten a todos estas celebraciones como algo suyo. La tradición está viva, tal vez más viva de lo que muchos puedan creen.

En los cielos también se nota el otoño. Dentro de poco veremos las bandadas de aves migratorias, que marchan. El reclamo de un tiempo cálido las lleva a emprender su viaje hacia tierras del sur. Pero hay, por la zona de Sarria, poblaciones de cigüeñas que se han hecho estables allí durante todo el año. Estas zancudas son así. Han llegado hace poco, siendo sin pretenderlo un exponente del cambio climático, y ahora quedan volviendo a señalarnos con su conducta que el clima sigue cambiando.

Pero no son las aves migratorias los únicos animales que se ausentan. Los de ciclo anual, ya han puesto sus huevos y desaparecieron. En ese estado de huevo, muchos insectos y otros invertebrados esperarán a que los calores de la primavera próxima los estimule para comenzar a desarrollarse. Otros animales, mamíferos inferiores, o no tan inferiores, se sumirán en ese sueño largo y profundo que conocemos como letargo invernal.

Y los árboles. ¿Qué decir de los árboles? En los de hoja caduca, la clorofila, que es de síntesis costosa, se retira a la raíz, dejando en las hojas otros pigmentos, amarillos, rojizos o pardos, que antes estaban enmascarados por el verdor de la clorofila. Los bosques se ponen espléndidos. Los colores son espectaculares. Los chopos se vuelven amarillos; los castaños, marrón claro; los carballos, adquieren tonos de bronces y los arces son capaces de mil colores diferentes en un solo árbol. Los pinos mantienen su coloración verde, como el resto de coníferas.

El monte se vuelve un regalo para la vista, junto con un olor como de nuevo, el suelo está mullido por las hojas que van cayendo y todo esto se ve realzado por el sol, que no tan fuerte como en verano, ahora cae oblicuo describiendo mil juegos de luces y sombras.

Es tiempo de salir, de vivir con los amigos los múltiples reclamos que nos irán convocando las fiestas rituales de este fin de ciclo. Ahora, con los amigos. Cuando cerremos el ciclo, estaremos con la familia: será Navidad.

(Muchos de los lugares fotografiados ya no existen, pues han sucumbido al progreso. Fotos de Emilio Valadé del Río).
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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