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No nos gustan los políticos

miércoles, 25 de septiembre de 2019
Me gusta diferenciar de entre la gente corriente al menos tres niveles de patricios. El que conforman lo que clásicamente denominamos hombres-mujeres de Estado. Esa clase o cohorte que señalamos por sus méritos como dirigentes para la sociedad. Aquellos ciudadanos que aspiran o logran ser representantes del pueblo, en democracia, elegidos para tales funciones, no como profesión, si como servicio coyuntural. Y es que no puedo por menos que indignarme, en tiempo pasado, cuando un político vasco trató de convencer al personal sobre su titulación en Derecho. La aventura terminó entre la vergüenza pública de rectificar y mostrar tarjetas de visitas dónde ponía su nombre con apellidos para de inmediato añadir la profesión de CONCEJAL.

No me gustan los políticos. Son como los sindicalistas. Meros "funcionarios" al servicio de las siglas que a modo de empresa los coloca, manda, moviliza y controla en lo que denominan DISCIPLINA DE PARTIDO. A cambio de tal "entrega voluntaria" viven mucho mejor de lo que les corresponde por méritos propios. Nadie les examina sobre conocimientos y utilidades. Es como aquel cacique de mi pueblo que socarronamente presumía de saber poner la mejor de las langostas, en el plato adecuado, cada vez que se desplazaba a Madrid para ser recibido y atendido, sobre sus peticiones a inventario personal de intereses propios.

No me gustan los políticos. Casi no saben escribir. Sus discursos tienen mucho insulto y poco nivel intelectual. Recuerdo un eslogan en Vitoria. "¡Saldaña, dales caña!". Lo que mejor saben hacer es situarse en el bando vencedor cada vez que el calendario anuncia nuevas listas para volver a las poltronas. Al llegar a esta reflexión disfruto leyendo aquellas crónicas de Mariano José de Larra en la Revista Española cuando se refiere a los seudoelegantes que sólo desean se les vea llegar desde lejos para dar una elevación ridícula de su persona. Cuántos de estos/as, a fecha de hoy, harían las delicias periodísticas de Fígaro.

Pero no podemos evitar que sus desaguisados e ignorancia nos afecten. Por eso la solución no está en abstenerse-pasar-exiliarse. Tenemos que cambiar el mundo. Cada cual desde el suyo. Predicando con la iniciativa de la libertad para decir en voz alta lo que pensamos. Tenemos derecho a otros dirigentes y sobre todo representantes. Lo mismo que cuando se nos estropea el vehículo buscamos al mejor de los mecánicos con mejor precio posible, resulta indispensable, para que nuestro país no se pare, buscar a los mejores.

Una vez más regreso al mundo antiguo. Las virtudes primeras del dirigente son la decencia y la cultura. La decencia comienza por no mentir. La cultura comienza por saber lo que está sucediendo. Por tanto, no caben cuneros-paracaidistas.

Necesitamos gentes de aquí, que por historial profesional sean miembros útiles de la sociedad civil. Que hagan menos política y más sociedad. Que tengan los pies en nuestra Galicia, y desde luego en ese espacio tan concreto que es la provincia, una demarcación territorial con derechos constitucionales.

Y así vuelvo al comienzo. Para las más altas magistraturas, hombres o mujeres de Estado. Para dirigir la sociedad en cargos que proceden de la división de poderes, aquellos/as que han alcanzado la cumbre de la meritocracia en cada especialidad. Para representantes del pueblo en las Instituciones Públicas, ciudadanos libres, cultos, decentes y comprometidos con la sociedad, siempre próximos a la realidad social y siempre dispuestos a tomar como suya la causa de los habitantes de la circunscripción, con anuencia o no del partido.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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