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El fin de la selección natural

viernes, 21 de junio de 2019
Como nos dice la RAE, fin es el “Objeto o motivo con que se ejecuta algo”. Puestos a eso, podríamos preguntarnos ¿Cuál es el fin de la selección natural? ¿Qué pretende la selección natural?

Vayamos por partes. Uno de nuestros frecuentes errores conceptuales consiste en atribuir motivaciones humanas a los fenómenos naturales que ocurren en nuestro entorno. El mar no es bravo, la lluvia no calma, la nieve no disfraza, ni el viento destruye. El mar no tiene bravura, posee fuerza que podemos medir, la lluvia no calma sedes, deja caer agua que, también, podemos cuantificar, la nieve cubre de blanco las superficies sin intención de disfrazar nada y tampoco el viento tiene intención de llevarse por delante todo cuanto no pueda resistir su avance, que puede quedar destruido sin haber existido tal intención por parte del viento. Pero de ahí a que posean sentimientos humanos dista mucho, por mucho que los cuentos nos hablen de olas consejeras, vientos parlanchines o fuegos devoradores.

La Naturaleza no se mueve por sentimientos, son las leyes naturales las que rigen su funcionamiento y, ya desde el siglo V a.C. los filósofos jonios propusieron la teoría de que los fenómenos naturales se podrían explicar mediante procesos también naturales y, en los casos en que no pudiesen ser explicados en un momento concreto, ya aparecerían explicaciones apropiadas cuando las ciencias avanzasen, como ha ido ocurriendo.

A veces, y con mayor frecuencia de la deseada, son muchos los que creen en un mundo estático en sus parámetros, con diversos y bien diferenciados ambientes. En esos ambientes la variabilidad de los seres vivos determina una mejor o peor adaptación a los respectivos ambientes en los que habitan. La selección natural determina los mejor adaptados a esas condiciones y favorece su reproducción. Y así, durante muchas generaciones.

¿Y al final? Es decir, ¿en qué termina este proceso? Porque tal vez sean muchos los que piensan que ese final está definido por alcanzar un mundo feliz. Un lugar en el que todo sería armonía y bienestar de todos los seres vivos.

He dicho en otras ocasiones que la evolución es un proceso de constantes cambios, tanto en los seres vivos como en los respectivos ambientes. Nunca terminará de actuar la selección natural como nunca serán inmutables los hábitats en los que actúa.

Por una parte, tenemos la mutación, que es recurrente. En cada generación aparecen nuevos mutantes que generan una variabilidad nueva sobre la que debe actuar la selección natural, pues siempre existirá una adaptación diferente entre los mismos componente de una población. Esta variabilidad que se genera de modo recurrente en cada generación, incide sobre los valores de la adaptación de los seres vivos que la poseen.

Dejando este factor “interno” de los propios seres vivos, los diferentes hábitats también se modifican con mayor o menor velocidad. Estamos en épocas de rápidos cambios, pero siempre los habrá de modo que los valores de la adaptación a ellos también variará de una generación a la siguiente. Seguimos en la época en la que los efectos actuales (Erosión, transporte, sedimentación), siguen actuando con sus consecuencias geológicas derivadas.

No, el fin perseguido por la selección natural no es alcanzar el estado definido como un “mundo feliz” que, además, tendría que ser estable tanto en el aspecto genético como en el ambiental.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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