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Reflexiones

martes, 11 de junio de 2019
Para muchos, la Naturaleza viene a ser un mundo feliz en el que los pajarillos cantan, las florecillas alegran los bosques y los animalillos adornan montes y valles. Si alguno de ellos produce la muerte de otro es cruel y está justificado que lo destruyamos, no solo a él, a toda su familia y, de ser posible, a toda su especie.

Nunca he dudado de la armonía que rige en la Naturaleza ni de su admirable sincronización lograda, de modo fundamental, casi en exclusiva, a la selección natural. La verdad es que siempre me ha chocado algo esa visión bucólica del mundo, como de cuento de hadas. No, la Naturaleza no es un reino de paz ni sus habitantes viven en armonía entre ellos. Las relaciones predador-presa son muy duras y las actuaciones más intensas de la selección natural ocurren entre miembros de la misma especie que, por tener los hábitats similares, coinciden constantemente, incluso en la búsqueda de pareja.

Hay muchas cosas que se nos pueden escapar si miramos de modo distraído. Una de ellas, muy importante, es la gran mortandad que existe en todas las formas juveniles, tanto animales como vegetales. A Darwin se le planteó la pregunta del porqué de esa mortandad y, sobre todo, quiénes eran los supervivientes, a qué se debía el resultar favorecido con la supervivencia. Darwin lo definió de un modo que hoy es tan válido como entonces. En cada ambiente, sobreviven los más adaptados a él.

En un mundo como el nuestro, con unas condiciones adversas para vivir, y todavía más para crecer, el ser capaz de sobrevivir para alcanzar el estado adulto, reproductor, representa todo un éxito biológico. Pero la lucha es grande. Es grande para conseguir un lugar en el que poder enraizar, en el caso de semillas, o un bocado que llevarse a la boca, en caso de animales. Siempre luchando con otros que podrían comer lo mismo o bien ocupar el mismo sitio para echar sus raíces.

El mejor, el más adaptado, ¿cómo lo detectamos? No está de más recordar que las actuaciones de los seres vivos requieren sus buenas dosis de recursos energéticos, cada actuación tiene, en general su coste energético y puede ser que el mejor adaptado sea aquel que realiza sus funciones con menor gasto. Este es un solo ejemplo que ahora se me ocurre. Tanto en animales como en vegetales la agresión es un mecanismo, pero la defensa es otro. Me gusta pensar que en muchos casos la defensa busca generar reflejos condicionados en los predadores con el fin de no volver a ser atacados. En la Naturaleza, salvo en casos de mantenimiento, no se matan los individuos entre ellos. Incluso en esto no nos parecemos al resto de animales, notros matamos para comer, pero también por deporte. Y matamos a otros humanos por odio, como manifestación de poder, o incluso con pretendidos efectos moralizantes.

Ahora que llega el verano, os invito a pasear por el monte, a escuchar el canto de los pájaros, a deleitarnos con el color de las flores. No veáis pajarillos ni florecillas. Pero pensar que todos esos seres que encontramos, de momento, están superando los efectos de la selección natural. Ahora les corresponde realizar la función más importante de sus vidas, tener descendencia para, de ese modo, dar origen a la siguiente generación, contribuyendo al mantenimiento de la especie a la que pertenecen.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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