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La segunda casa

viernes, 14 de septiembre de 2018
Para algunos escritores, la vieja casona de Simpson 7 ha constituido o constituye un segundo hogar; a un puñado de ellos les oigo decir que esta es su casa única, o última, como escribiría el poeta Xulio López Valcárcel en un hermoso poema lárico, lugar encantado de la memoria que se transforma en el refugio por antonomasia para esta especie de huérfanos de la palabra, muchos de ellos defenestrados del lar originario por la incompatibilidad de sus sueños con los apremios cotidianos de la existencia.

Cuando ingresé a la Sociedad de Escritores de Chile, hace cuarenta años, conocí a Carlos Mellado, poeta nacido en 1934, quien dirige hoy un taller en la Casa del Escritor, con inagotable entusiasmo. Carlos es uno de los miembros destacados de la Generación del 60, junto a Oscar Hahn, Hernán Lavín Cerda, Eduardo Embry, y otros coetáneos. Por entonces, Carlos ostentaba el cargo de Presidente de la Comisión de Cultura de la SECH, cuyas dependencias, en el segundo piso de la casona, eran una especie de domicilio aparte, un grato privado en donde transcurrían veladas memorables, junto a bien provista licorera. Fue lugar de cobijo ante los nocturnos apremios del toque de queda, en los aciagos días de la dictadura. Más de una noche nos alojamos allí, en grata compañía de musas de carne y hueso (de espíritu poético, también).

Me gusta la poesía de Carlos Mellado, su tono íntimo, breve y certero, provisto de fina ironía y arraigado escepticismo, como bien lo expresa en su poema Soliloquio:
Creía haber hablado con tanta gente
cuando descubro
no haber hablado con nadie.

Sólo repetía palabras ajenas;
de mí captaban sonidos,
motivos de recuerdo, en realidad
completaban su elemental puzle.
Pero nunca reclamé.
¿Cómo iba a hacerlo
si estaban hablando para mí
que tampoco me escuchaba.
ni entendía?.


Una tarde de invierno, en que algún compañero me dio el dato que se podía almorzar en la Casa, porque doña Mina ofrecía una cazuela gloriosa o un charquicán aromático o unas pancutras dionisiacas, entré en la cocina y me topé con un hombre entrado en años, delgado, vestido con singular pulcritud para un ambiente desaliñado, que compartía la mesa con una joven poeta treintañera. Sí, era Mario Ferrero, con quien, al igual que con Carlos Mellado, estreché lazos de perdurable y enriquecedora amistad. Hay sobre Mario un notable texto de Aristóteles España, que transcribo:
“Tuvimos el privilegio de conocerlo a fines de los años 70. Compartimos eventos en el área de los Derechos Humanos, para indagar por el destino de los detenidos desaparecidos, de los ejecutados políticos; visitamos centros universitarios, sindicales, en compañía de Matilde Urrutia, Francisco Coloane, Juvencio Valle, Luis Merino Reyes, junto a poetas jóvenes de la época como Esteban Navarro, Luis Aravena, José María Memet, Jorge Montealegre, Ramón Díaz Eterovic, Diego Muñoz Valenzuela. Poseía una enorme capacidad de diálogo y su poesía es también eso: una conversación con los seres humanos, en un plano intimista, coloquial. Releerlo es un ejercicio de confianza en la voluntad de soñar que poseen los grandes creadores como sin duda fue Mario Ferrero, siempre atento a descubrir nuevos talentos, fundar talleres, revistas, coloquios sobre antiguos poetas, participar en las actividades de sus colegas, presentar libros, escribir prólogos, dar clases magistrales en las universidades chilenas de sur a norte, donde dictaba conferencias sobre los temas más disímiles.

Amigo de Nicomedes Guzmán, Manuel Rojas, Gonzalo Drago, Ernesto Slava, siempre apostó por los sueños de futuro y por la libertad del hombre. Entregó su vida a estos idearios, y murió abandonado el mismo día que recibió el Premio de Literatura de la Municipalidad de San Bernardo, el 31 de agosto de 1994.”

Otra asidua habitante, sobre todo en el ámbito del Refugio López Velarde, fue Stella Díaz Varín, inolvidable poeta y amiga. Un buen retrato suyo parece presidir nuestras tertulias de los lunes. Hay quienes afirman que su fantasma recorre las habitaciones de la Casa, cuando el reloj marca la medianoche. Vestida con una túnica blanca, sueltos sus hermosos cabellos de fuego, la Colorina deambula, de preferencia, en el segundo piso; se comenta que busca reconfortarse con los aromáticos licores de la Comisión de Cultura.

Pero más probable es que siga buscando lo que más amó, la Palabra:
Una sola será mi lucha 
Y mi triunfo; 
Encontrar la palabra escondida 
aquella vez de nuestro pacto secreto 
a pocos días de terminar la infancia. 
Debes recordar 
dónde la guardaste 
Debiste pronunciarla siquiera una vez... 
Ya la habría encontrado 
Pero tienes razón ese era el pacto. 
Mira cómo está mi casa, desarmada. 
Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza. 
Y mi huerto, forado permanente 
Y mis libros cómo mi huerto, 
Hojeado hasta el deshilache 
Sin dar con la palabra. 
Se termina la búsqueda y el tiempo. 
Vencida y condenada 
Por no hallar la palabra que escondiste.

En lo que a mí atañe, y excusa la auto referencia, amable lector (a), debo reconocer que entre los años 1978 y 1988, esta Casa se transformó, no solo en mi segundo hogar, sino en el primero. Fue una década memorable, con gratos y felices momentos, también con sobresaltos, apremios y aun desdichas, como toda vida que se precie. Hubo amores intensos entre el abrazo hospitalario de sus muros, iniciativas literarias de largo aliento, emprendimientos aventureros que terminaron en naufragio, como el sello editorial Logos, amistades entrañables que aún siento vivas en el disfrute esperanzador de la palabra compartida, que desde hace tres años hemos instalado, como sacramento tertuliano, en el Refugio López Velarde, donde Antonia parece recrear, cada lunes, el verso inmortal de Antonio Machado: “Amé cuanto ellas tienen de hospitalario”.

A fines de septiembre de 1989, hace veintinueve años, el padre Arraño, escritor costumbrista y socio de nuestra SECH, bautizó a mi hijo, José María, en la iglesia de San Ignacio. Luego, tuvimos una grata velada en el salón de los Premios Nacionales. Carlos Mellado, ante el escándalo de las tías católicas de Marisol, lo rebautizó, haciéndole la señal del crisma con dedos mojados en vino tinto. Mario Ferrero, en elocuente y poético discurso, le auguró un futuro artístico esplendoroso… El vaticinio se está cumpliendo, aunque no en la palabra, sino en la música, lo que nos alegra, a Marisol y a mí.

Estoy convencido de que la Casa es inolvidable y permanecerá, más allá de los límites temporales de la memoria.

Si no me lo creen, ahí están los amables fantasmas que la habitan para certificarlo. Es cosa de ver y sentir, que ya nos tocará el turno de habitarla para siempre.
Moure Rojas, Edmundo
Moure Rojas, Edmundo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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