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Sangre en Tierra Santa

jueves, 17 de mayo de 2018
Un día de abril visite un hospital en Jerusalem cerca del huerto de los olivos. Había empezado a colaborar con un Hospital en Belén, con el que trabajamos muchos años y enviamos cooperantes y donde me hablaron de un médico palestino muy notable, allí me fui a visitarle en un risueño día de abril, después me invitó a su casa, desde donde había una vista de ensueño de las murallas y las cúpulas de la Ciudad Santa.

Es difícil no sentirse fascinado por Jerusalem, el Alqud para los árabes, la rampa que conduce a las murallas, siempre desde la casa de mi nuevo amigo, esta tapizada de tumbas de los que esperan el Juicio Final para la resurrección de la carne, el te que nos sirvió Montse la barcelonesa mujer del galeno‎, era dulce y áspero a la vez como la historia que siguió a continuación, no sin antes hacer de aprendiz de adivino y preguntarles si se habían conocido en Las Ramblas. Así era.

‎Judíos, musulmanes y cristianos hacemos de Jerusalem una ciudad de peregrinación, para quienes se lamentan con la destrucción del templo de Salomón y siguen esperando al Mesías, para los que lo hemos encontrado y veneramos las huellas de la Pasión y muerte de Jesús y los que van a rezar a Allaksa, la Mezquita de la Roca, desde la que Mahoma subió a los cielos con su brioso corcel.

La fe los divide, aunque sean monoteístas, pero Jehovah, Allah y Dios tienen religiones distintas y guerras entre ellos, con la dispersión en tiempos romanos del emperador Tito, con las cruzadas entre los creyentes, con hechos históricos muy importantes como la caída de Constantinopla y la derrota del imperio otoman en la primera guerra mundial.

Los judíos eternamente errantes, desde sus varias expulsiones y persecuciones como la de los Reyes Católicos, los progrom en Rusia y su tremendo Holocausto de los nazis, horrorizaron al mundo con el descubrimiento de los campos de exterminio por los aliados en el epílogo de la Segunda Guerra Mundial.

La reparación en los tiempos de vino y rosas ‎de las Naciones Unidas, con su Carta fundacional de 1945 llena de buenas intenciones, fue el apoyo al Estado de Israel, creado por los sionistas, los nostálgicos de los tiempos bíblicos, en tiempos del Protectorado británico, que había ocupado parte de los dominios del imperio otoman.

La guerrilla con la Hagana y la compra de viviendas y tierras hizo posible, amen del mencionado apoyo internacional, el nacimiento del Israel moderno. Los palestinos despojados de sus tierras legalmente o por la fuerza, se quedaron sin su patria, que por muchísimos años había formado parte del imperio otomano, una influencia turca evidente desde la alimentación al folklore, entre las nuevas naciones impulsadas por el Presidente Wilson, al final de la primera guerra mundial.

Estos sin tierras, ni viviendas, hacinados en campos de refugiados con motivo de las guerras de consolidación de Israel, y en una gigantesca diáspora, a los que se añaden las comunidades rurales que permanecieron en Palestina, formarían parte un buen día, de dos Estados si se cumplieran las resoluciones de Naciones Unidas‎.

Corazón de la implantación milenaria y de la disputa reciente es la capitalidad de Jerusalem, a los que ninguna de las partes, israelíes y palestinos, renuncian.

La decisión del incendiario Donald Trump de echar aceite en el fuego y cumplir su promesa electoral de trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalem, incluso en fecha coincidente con la reclamación palestina de sus tierras, ha desatado el putiferio y la represión armada con balas del poderoso ejército de Israel regando de sangre Tierra Santa.

Por eso el te de Montse y su regusto es dulce, pero sigue siendo muy áspero y amargo.

Joaquín Antuña
joaquinant@hotmail.com
Antuña, Joaquín
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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