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Mundo descafeinado

sábado, 10 de marzo de 2018
La mayoría de la gente huye de conversaciones profundas y uno no sabe si es porque tiene miedo a cambiar sus ideas; si huye de ellas porque considera que no tiene suficiente formación, o si, simplemente, prefiere otra cualquiera absurda y vacua. Creo, sinceramente, que la mayoría prefiere la última y se niega a reflexionar sobre la realidad sin poder razonar su postura. Las dos primeras pueden ser superadas por una persona inteligente y tienen remedio sencillo. La última, para mí, resulta ser propia de imbéciles, y por lo visto hay tantos, que son manada, capaces de llevar al mundo por los derroteros tan necios, que es muy probable que acaben destruyendo el planeta. Si somos capaces de dejarnos gobernar por Trump, Putin o el norcoreano es porque somos lo suficientemente tontos. Pero a la gente no parece importarle eso demasiado, aunque sea sumamente peligroso.

Y es que vivimos un mundo absurdo de superficialidad y vacío sin que nos esforcemos en darle sentido a la vida y sin encontrar argumentos que enseñar a generaciones futuras. A mí me da la sensación de que esta juventud llega a su mayoría de edad convencida de que lo importante es el estatus, su dinero, sus relaciones, su coche y un sinfín de estupideces varias y, con unas ínfulas de soberbia y vanidad, desprecian cualquier consideración al respeto. Mi generación al menos era más considerada y menos despectiva.

Observo con frecuencia como muchas personas lo primero que miran en su interlocutor, al ser presentados, es su atuendo, su color político, su posición social, su capacidad de deslumbrar o no con dinero y hasta su procedencia. Es decir, te hacen una ficha para ver si puedes formar parte de su sociedad. ¿Quién te ha dicho, imbécil, que a mí me interese tanta estupidez? ¿Cómo es posible que los indicadores de medición de la valía de una persona sean esos? Las personas se miden por otros parámetros, jovencita.

Sería muy interesante valorar a las personas por su personalidad y no porsu dinero; por su saber y no sus carreras; por su discreción y no su altanería; por su coherencia y no su atuendo; por su posicionamiento y no su oportunismo; por su inteligencia y no su color político; por su lucha y no por su inmovilismo; por su humildad y respeto y no por la intransigencia y la descalificación…Pero claro, eso necesita reflexión, autocrítica y una serie de consideraciones que no parecen estar de moda. Por eso, Amiga, vivimos un mundo descafeinado, vacío, absurdo, pretencioso… y sobre todo falso y mentiroso. No me extraña que te deprimas con tanto tonto. Pero eso es lo que quieren los que mandan, los que pudieran cambiarlo, los que prefieren el partido de fútbol, los que crean opinión y se callan. Siento decirte que tanta estupidez se merece ir a la mierda (Aquí mierda no es grosería, sino que recobra su auténtico significado) .
Timiraos, Ricardo
Timiraos, Ricardo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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