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Don Miguel ya está en casa

lunes, 12 de febrero de 2018
En mi pueblo, Vilalba, vivió durante casi toda su vida adulta un médico muy querido y respetado. Se llamaba Zoilo, pero muchísimos vecinos lo llamaban don Zoilo, con la reverencia antes tan habitual que los profesionales de la medicina compartían con sacerdotes o jueces. Su nombre era muy poco común y muchos vecinos adoptaron rápidamente el tratamiento protocolario, incorporando el “don” como si viniera en su DNI. Cuando murió, se cuenta que algún vecino de camino a su entierro dijo que iba a honrar a “don Donzoilo”.

De no tener un nombre tan usual, a don Miguel le hubiera pasado lo mismo. Don Miguel, o Miguel Botana Vaamonde (Cambados, 1931 – Santiago, 2018), generaba el mayor de los respetos por su bondad y su ternura. Toda mi vida lo llamé “don Miguel”, de tú, fuese yo un niño o respondiese, ya de mayor, a alguna de sus múltiples bromas.

Hace exactamente un mes que murió. Lo enterramos al día siguiente, en una fría mañana de Santiago de Compostela, tras una misa en la iglesia de Santa María Salomé a la que como párroco dio más de cuatro décadas de su vida. Se había convertido ya en una parte más del paisaje del corazón de la ciudad.

Don Miguel fue sacerdote, de los de las épocas en las que los seminaristas se formaban a centenares para atender iglesias abarrotadas. Pero era, sobre todo, una persona que decidió entregar su vida a los demás desde la humildad, la empatía y una alegría que brotaba tanto de su talante vitalista como de una fe a prueba de bombas.

Una vez se le acercaron unos estudiantes, un colectivo protagonista en la ciudad con el que siempre conectó. “Don Miguel, nosotros no creemos. Pero sí creemos que usted cree”, le dijeron. Era su manera de mostrarle que, aun sin entender, le respetaban.

Las homilías de don Miguel solían ser sencillas, sin aspavientos. Leía y releía la Biblia para prepararlas, pero todo lo basaba en las enseñanzas de Jesús de Nazaret, haciendo de sus consejos una guía de conducta intensamente humanista y universal incluso para los que no creían. En don Miguel había una profunda creencia mística basada en la existencia de Dios y en su naturaleza, que para él era exclusivamente una expresión de amor. Ni rastro de imágenes castigadoras, de apriorismos o de reproches de ningún tipo. Y eso que en su iglesia los ángeles son tan exigentes que hasta llevan gafas. Su carácter hizo de él alguien respetado y, al mismo tiempo, accesible.

Por muchos motivos me resulta ineludible rendir tributo a don Miguel. El primero e incontestable es su generosa aportación a la sociedad. Don Miguel luchó por un mundo mejor no sólo predicando sino dando trigo. Siempre encontraba tiempo para ayudar a los desfavorecidos, ya fuesen pobres en lo material o turbados en lo espiritual. Los que decían tenerlo todo le interesaban menos, no porque fuese cierto (¿quién lo tiene todo?) sino precisamente porque en ellos flaqueaba la actitud receptiva y el deseo de mejorar. A estos, los seguía esperando.

Sus momentos de caridad son incontables, pero la mayoría discretos y todos ellos sin alardes. Pero sus méritos van mucho más allá de ortodoxas obras de caridad, al alcance de los hombres buenos y también de aquellos que quieren lavar su conciencia. En don Miguel había, sobre todo, un gran respeto y compasión que lo conectaban con las personas al margen de su curriculum o su número de genuflexiones.

También quiero reivindicar la figura de don Miguel porque siempre me ha parecido que la vida que eligió generó otro tipo de distancia entre él y los demás: el abismo de la incomprensión. A muchos resultó indescifrable su estilo de vida, la absoluta falta de ambición de una carrera en la curia, su radical renuncia a los lujos (basta ver el modesto estado de su casa cuando murió) y, en definitiva, su fe. Por muy acompañado que esté, un cura siempre está un poco solo. Aunque su fe lo haga sentirse acompañado hasta cuando duerme, al despertar debe enfrentarse a una sociedad con otros valores, en el que tener pareja e hijos se ve per se como una virtud. Una sociedad en la que las apariencias y cuestiones materiales tienen casi una dimensión moral.

Don Miguel fue testigo, sin desistir nunca desde el púlpito, de la evolución de una España en la que las iglesias se vaciaban, tanto por el fallecimiento de los feligreses como por la marcha de los jóvenes. Por estos últimos luchó siempre, llegando a ser una referencia de la iglesia de base, alejada de sectas y doctrinas extremistas. Para aquellos que siguen creyendo o para los que la fe ha acabado siendo un concepto o un recuerdo, don Miguel queda como un ejemplo y un modelo a seguir.

Es también hora de defender, sin condonar los errores pero sin elevarlos a categoría, la labor de personas como él, que se hicieron servidores públicos antes de que las administraciones invirtieran de verdad en políticas sociales, antes del auge de las ONG o del voluntariado. Sin ir más lejos, don Miguel hizo mucho por mi familia, más de lo que jamás se le podría haber devuelto. De ahí las lágrimas de mi tía Emilia, una de las personas que sin duda más lo ha querido y a quien él trató como una hija.

Hace tiempo que don Miguel estaba enfermo. Podría pensarse que, al ser mayor, su marcha podría darse por descontada. Que debe doler menos en una sociedad que esconde a sus mayores y los da por amortizados. Qué tontería. Afortunadamente, muchos pudimos despedirnos de él y decirle, aunque fuese a toda prisa y en la frialdad de una habitación de hospital, un último “te quiero”.

Todavía conservo los micrófonos que me regaló de pequeñito, cuando ya amenazaba con ser periodista y hacía programas de radio con un viejo radiocasete. Muchos de los que lo quisieron recuerdan ahora todo tipo de detalles al pasear por Santiago o cualquier otra ciudad, al pensar en el mar que tanto le gustaba o en la música que siempre le acompañó, y se dan cuenta del vacío que ha dejado.

Don Miguel no creía en la muerte más que como una parada de autobús de camino a casa. En el hospital donde pasó sus últimas semanas decía que lo que más le asustaba no era morir sino quedarse dormido antes de llegar. Van pasando los días y cada vez confío más en que haya llegado adonde se dirigía. Como aquellos estudiantes, los que nos quedamos seguiremos creyendo en él.

(En la foto, don Miguel con mis abuelos, Ermitas y Cenobio, en su casa de A Rúa)
Basteiro, Daniel
Basteiro, Daniel


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