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Territorio Salvaje

viernes, 09 de febrero de 2018
Territorio Salvaje
(Crónicas de Aysén I)


Para Manuel y María Luisa

“Todo lo que encontramos en lugares fríos e inhóspitos, como las cumbres de las montañas, merece nuestro respeto: está dotado de la inocencia más robusta, de la verdadera integridad puritana. Lo demás se retira en busca de refugio, y por lo tanto, lo que permanece ahí fuera tiene que ser parte de la estructura original del universo”.
(Henry W. Thoreau)


Quizá en vías de confirmar la aseveración de José Santos González Vera: “el mejor paisaje es mi amigo, es mi amiga”, aceptamos la cordial invitación de Manuel Henríquez y de María Luisa López, amigos y ex compañeros de Marisol, en la Universidad Austral de Valdivia, para pasar unos gratos días del verano en su casa de Coyhaique, en esa inmensa y aún salvaje XI Región de Aysén, que ocupa el 15% de todo el territorio chileno, donde habitan poco más de cien mil individuos de esta curiosa especie animal denominada –a ratos de modo arbitrario- “homo sapiens”, en su versión mestiza chilena, con el aporte de algunas ascendencias del norte de Europa, de países árabes como Siria, y los infaltables yugoeslavos (serbios y croatas); también italianos y españoles asentados allí durante la primera mitad del siglo XX.

De las llamadas etnias originarias: tehuelches (patagones), chono, y kawésqar (alacalufes), solo quedan los vestigios enigmáticos de las toponimias y las mudas piezas de museo. La palabra Aysén, de origen aoniken (tehuelche) está compuesta de los fonemas “koy”, que significa agua, y “aike” o “campamento” o “asentamiento nómade”, o también “lugar donde se vive”.

Los aborígenes que ocuparon esas comarcas durante miles de años, fueron exterminados sin piedad por los colonizadores “pioneros”, encabezados por José Menéndez y su tropa de bandoleros mercenarios, tanto en Aysén como en Magallanes, en tierras argentinas o chilenas. Los testimonios de este virtual genocidio son irrefutables, aun cuando los poderosos de entonces, sus vástagos y servidores, en distintas esferas del quehacer económico, social y aun cultural, hayan procurado blanquear aquellas atrocidades, y lo sigan haciendo...

Ejemplo patético de tal propósito es la novela Los Pioneros, escrita por Enrique Campos Menéndez, nieto del tristemente célebre José Menéndez, en cuyas páginas encomia, con ribetes de epopeya, las tropelías expoliadoras de su abuelo, omitiendo, por supuesto, cualquier implicancia del “pionero mayor” en los múltiples crímenes de lesa humanidad perpetrados en nombre del “progreso” y la “civilización”, que diezmaron la Patagonia, sustituyendo a los desgraciados aborígenes por el rentable ganado. Enrique oficiaría, en los años 80, como “mentor cultural” del dictador Pinochet, recibiendo, entre otras compensaciones significativas, el Premio Nacional de Literatura (1986).

Cada vez son menos los lugares de este diezmado planeta azul donde el panorama excede al paisaje, donde la naturaleza exhibe su grandiosidad inefable, relegando al ser humano a un débil espectador que aún no ha amenazado sus dominios, regidos bajo el imperio de los elementos. Es lo que sentíamos mientras contemplábamos el entorno desde el vehículo en que Manuel y María Luisa nos llevaban, rumbo a Coyhaique, por la carretera que comunica con el aeropuerto de Balmaceda. Un ancho valle de verdes pastos y colinas arboladas, llamado Vista Hermosa, nos asombra en irónica obviedad estética. A nuestra izquierda, según sentido de marcha hacia el norte, surgen las aún nevadas cumbres de Los Andes, contorneadas por el verdor oscuro de las lengas, porfiados árboles que trepan hasta besar los labios del hielo. La geografía de Aysén parece jugar una mala pasada a los inadvertidos santiaguinos.

Los caminos aquí son estrechos y el pavimento acaba un poco más al sur de Villa Castillo, haciendo de la Carretera Austral poco más que una huella de menesteroso ripio. El caserío está emplazado frente al imponente macizo de Cerro Castillo, cuyas cumbres parecen almenas o troneras defensivas que hubiese esculpido el viento.
Manuel afirma que la limitación caminera de conectividad, mientras impida u obstaculice un mayor flujo de visitantes del norte, es positiva para mantener la relativa paz de estas comarcas, evitando la depredación masiva e irracional que provoca la codicia del beneficio a breve plazo. Estamos de acuerdo, pero a pesar de numerosos parques nacionales instituidos en la zona, nos parece que las aves de presa de las grandes corporaciones están al acecho de las potenciales riquezas, forestales y minerales, poniendo en peligro uno de los mayores reservorios acuíferos del planeta.

La vista de la ciudad de Coyhaique, desde lo alto del camino que bordea los ciclópeos farallones, resulta impresionante. Un encadenamiento de suaves colinas sobre el valle que flanquea la cadena montañosa del este y la línea azulada de la cordillera de Los Andes, hacia el oeste. Abajo, serpentea la cinta esmeralda del río Simpson… El sol nos engaña: ¿hacia dónde parece moverse?, ¿dónde están el norte y el sur? Vicente Huidobro volvería a decirnos aquí, con su aguda ironía hecha realidad: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur”. Ahora el asombro nos regala la multiplicidad de los tonos del verde. Coyhaique es una ciudad surrealista, sin duda.

El tópico admirativo y de respeto por la naturaleza es antiguo, quizá surgido desde el cuestionamiento que el ser humano se hace al advertir su influjo sobre el entorno, como el único animal capaz de alterar las inextricables relaciones entre los seres que pueblan la Tierra y los elementos que actúan bajo sus leyes telúricas.
Según lo manifestado en la Biblia y en otros textos de supuesta inspiración divina, el homo sapiens es una especie de dueño y beneficiario de la creación, tanto del reino animal como del reino vegetal; asimismo, de la materia inerte, de la que puede servirse también a su arbitrio.

En virtud del desarrollo vertiginoso de la técnica y el subsecuente proceso de industrialización, al promediar el siglo XVIII, la influencia de la acción humana sobre la “madre natura” se hace notar en diversas alteraciones que inciden en el medio ambiente, provocando los primeros cambios de envergadura en una relación que antes se consideraba poco menos que inmutable, como infinitos los recursos naturales y sus vías de explotación. Este criterio suscitará la máxima esencial del liberalismo económico: el aumento incesante de la productividad, base del progreso positivista. Ley de oferta y demanda que hoy se transforma en peligrosa falacia, ante el agotamiento de los recursos disponibles y las gravísimas alteraciones climáticas y desequilibrios geológicos provocados por el hombre.

A mediados del siglo XIX, uno de los grandes defensores de la Naturaleza como ámbito sagrado, fue el pensador y escritor estadounidense, Henry W. Thoreau, a través de muchos de sus textos, pero, sobre todo, en Walden, la Vida en los Bosques, donde manifiesta su propósito de optar por una vida solitaria, en medio de la foresta de Nueva Inglaterra. De esto hace ciento sesenta y un años, mas ya advierte su autor el proceso –hoy devastador- al que nos referimos en el párrafo precedente, como bien apunta Robert Richardson en su notable estudio Thoreau, Biografía de un Pensador Salvaje (Ediciones Errata Naturae; Madrid; 2017), libro que nos acompañó en nuestra travesía veraniega por los parajes de Aysén. Esta cita remota es aún válida para buena parte de la Patagonia chilena:
“Allí arriba estaba lo que hacía tiempo había desaparecido de Massachusetts: la auténtica naturaleza salvaje, con bosques sin talar, lagos sin cabañas y arroyos sin presas. Arriba, pasados los campamentos madereros, donde los ríos se hacían más pequeños, había una tierra que pocos hombres blancos habían visto nunca…”
Los pragmatistas consideraron entonces romántico y anacrónico el sueño de Thoreau, adjetivos que hoy se aplican, sin más, a los ecologistas y conservacionistas contemporáneos, incluso llamándoles “terroristas”, por quienes siguen propugnando el “capitalismo salvaje” como única vía posible para el bienestar humano. En medio de los impresionantes parajes patagones, en el corazón de estas “reservas protegidas”, no quisiéramos imaginar lo que sería la intervención de los codiciosos “emprendedores”, que hoy acechan por esas expectables oportunidades, siendo instados por los administradores del sistema a “invertir y crear puestos de trabajo”, entelequia que jamás cumple su cometido de “equilibro social”, ya que la desigualdad constituye su combustible sociológico.

Un aroma embriagador interrumpe las lucubraciones del cronista, para mezclar en la escritura, una vez más, lo reflexivo en tercera persona con lo inmediato y cotidiano en primera, aunque se suela reprochar cierta egolatría y las auto-referencias, como si la literatura contemporánea fuese una suerte de ejercicio anónimo e impersonal…
Huele a carne asada, a romero y ajo. Manuel extrae del horno una fuente que humea vapores dionisiacos, para depositarla sobre la mesa… Es un cordero lechón, de carne blanda que exime el uso aleve del cuchillo (“La mesa hijo, está tendida/ en blancura quieta de nata/ y en cuatro muros azulea/ dando relumbres, la cerámica...”). El sacramento de la mesa es siempre superior a todo ejercicio hermenéutico y a cualquier polémica inoficiosa. Estamos en la terraza del hogar de los Henríquez-López, disfrutando el almuerzo y la soleada plenitud de un día radiante, que desmiente las prevenciones sobre el clima austral.

Se abre la puerta de la cocina e irrumpe una pequeña figura femenina que sonríe bajo grandes ojos, semejantes a los de la abuela María Luisa. Es la nieta Magdalena. Trae en sus manos dos hojas de papel y lápices de colores. Se sienta a mi lado y me pide que dibuje… Claro, soy el abuelo venerable que debe trazar las imágenes de la tribu; ella lo intuye desde eso que llamamos el inconsciente colectivo. Dibujo el perfil de un caballo, de acuerdo a mis preferencias estéticas por el dios cuadrúpedo de Calígula; más parece un desmañado garañón, o bagual, como dicen los patagones...

Magdalena ríe y parece repasar mis líneas con los trazos irreflexivos de sus manos, que son pura vida moviéndose en voluntariosa emergencia…
¿Y mañana, a dónde iremos?

El itinerario de Manuel y María Luisa señala: Puerto Tranquilo, ribera sur del Lago General Carrera.
Moure Rojas, Edmundo
Moure Rojas, Edmundo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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