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¿Cómo podemos ver normal que un niño de nueve años tenga móvil?

miércoles, 27 de diciembre de 2017
El día de Navidad, en la Plaza de España, dos niños pequeños, que no creo que superasen los 7 y 8 años (soy malísimo calculando edades de críos) estrenaban orgullosos sendos teléfonos que no se podrían pagar ni con el renovado salario mínimo que pactaron ayer Gobierno y sindicatos. A menos que fueran de imitación, uno era un iPhone X y otro un Samsung Galaxy Note. Eran enormes y parecían tablets. Y los papás tomaban sus cafés charlando tranquilamente entre ellos mientras los niños navegaban por ese mundo sin fronteras que es Internet.

La prensa recoge hoy una noticia que me ha dejado descolocado: un juzgado declara que no es delito que un padre lea los mensajes de WhatsApp de su hija de nueve años. La denuncia la interpuso la madre de la niña, que consideraba que su exmarido había violado la intimidad de su hija y que había cometido un delito de “descubrimiento y revelación de secretos”. El juzgado ha condenado a la señora a pagar las costas del juicio. Lo sorprendente es que tenga que haber juicio para aclarar esto.

Más allá del drama familiar en que parece haber una utilización torticera de los hijos para hacerse daño entre una expareja, y de los hechos sorprendentes de que otro hijo de ambos, también menor, se negase a darle el móvil a su padre y “se chivara” a la madre originando todo este sainete, me choca que todas las noticias que he leído ven totalmente normal que una niña de nueve años tenga móvil. Y siendo como somos no creo que fuera un viejo Nokia reutilizado, que en ese no funciona el WhatsApp.

Como persona sin hijos supongo que los padres dirán que “desde fuera todo se ve muy fácil”, y puede que sea cierto pero qué quieren que les diga, a lo mejor también se ve con más objetividad. Lo que tengo claro es que hay una doble vara de medir con los críos que no comprendo: por un lado se les establecen unas obligaciones terroríficas que nosotros no tuvimos, unos horarios que harían sudar a la secretaría de un Ministro para cuadrar la agenda, actividades a cascoporro y un alarmante incremento de deberes que les deja muy poco tiempo para ser niños y jugar. Por supuesto estoy generalizando pero la tendencia va por ahí… y por otro lado se les da una libertad en cosas extravagantes como entrar en redes sociales sin control alguno como si tuvieran 30 años.

Tengo dos sobrinas, a las que sus padres sabiamente siguen negando el ansiado móvil, y eso que una tiene ya 12 años y “todo el mundo lo tiene”. A ésta, la mayor, le dejan usar la tablet para acceder a alguna red social concreta (Instagram) pero supervisada. Y punto. Fantástico, así es como se hacen las cosas. Dosificando el acceso, vigilando lo que hacen (si es posible sin que se note mucho el control pero sí lo suficiente como para colaborar en que se autorregulen) y preocupándose más por lo que tiene que ser que por lo que los críos quieren que sea. Es lo suyo a ciertas edades, nos pongamos como nos pongamos.

Nos queda entonces esta esperanza, la de que hay padres que todavía entienden que los niños no son adultos, que tienen derechos pero no los mismos que una persona mayor, o que los profesores que tienen “manía” a los niños son la excepción y lo normal es que si acusan a su hijo de algo no es por capricho… Son esos padres que se dan cuenta de que el mundo no es el mismo que hace treinta años y que han de actualizarse para proteger a los niños.

Les había hablado en su día de la charla que el juez Vázquez Taín dio en Lugo, una sesión de hora y pico que nos puso los pelos de punta a los presentes y a muchos nos hizo conscientes de los monstruos que acechan tras inocentes perfiles con fotos de cachorritos en algunas redes. Tomarse esto a cachondeo es el caldo de cultivo de males mayores, y Su Señoría nos dio unas pautas importantísimas que deberían ser parte de los libros de texto. La intimidad de los niños claro que existe, pero no es ilimitada ni mucho menos y por supuesto no se extiende a toda red social como tampoco se les permite ir a cualquier zona de la ciudad por libre. A nadie en su sano juicio se le ocurre mandar a un niño de nueve años cruzar una carretera sin mirar, pero curiosamente muchos entienden que pueden navegar por los procelosos océanos virtuales sin salvavidas. Y pasa lo que pasa.

Tener hijos hoy día probablemente sea más complicado que hace unas décadas, cuando nosotros éramos niños, al menos en ciudades que entonces eran más pequeñitas como Lugo y se vivía con muchísima más tranquilidad. Hoy tenemos acceso global a ideas y peligros que antes ni imaginábamos, y de los que muchos padres que no conocen bien dónde se meten sus vástagos no son conscientes. Y lo malo es que su “dejadez” es contagiosa con ese argumento que todos usamos alguna vez: “en el cole todos lo tienen y yo no”.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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