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Vicente Castelo García, un anarquista solidario e integrador

viernes, 24 de noviembre de 2017
Vicente Castelo nació en Loiba a finales de diciembre de 1907. Su padre, Francisco, emigró a Cuba cuando él todavía era un niño, mientras que su madre, Antonia, se hizo cargo de él y de su hermana, que padecía algunas deficiencias físicas y psíquicas. Para sacar adelante a sus dos hijos, ella, además de trabajar en el campo como todos sus vecinos, regentó una carnicería. Gracias a su tesón y esfuerzo logró que Vicente pudiese ir a estudiar Periodismo y taquigrafía a la capital de España y llegar a conocer todo un mundo de posibilidades de las que hasta entonces no había podido disfrutar.

En torno a 1928, Castelo regresó a Loiba, donde fundó la Sociedad Recreativa e Instructiva de Loiba, con la que organizó conferencias y donde creó una importante biblioteca, que fue años después destruida tras el alzamiento militar del 36. Una de las iniciativas más interesantes de la entidad fue su colaboración con la Escuela Racionalista, a la que le donó varios libros para su biblioteca.

Antes del inicio de la Guerra Civil, Vicente había estado trabajando como periodista y tipógrafo en la redacción de El Pueblo Gallego, un periódico de carácter nacionalista y progresista en el que tuvo oportunidad de conocer a algunas de las personalidades más relevantes del momento, como eran Otero Pedrayo, Gerardo Álvarez Gallego, López Cuevillas o Augusto Assía. De Otero Pedrayo, Castelo se quedó prendado de su gran cultura y de la capacidad que tenía para deslumbrar a todos los que se le acercaban gracias a su amenidad y facilidad de palabra.

Con la ocupación de El Pueblo Gallego por los golpistas, que, primero, pusieron como director al comandante González Simeoni, y poco después al falangista Jesús Suevos, Vicente tuvo que regresar a Loiba, donde pasó a ocuparse de cuidar a su madre y a su hermana, y se puso al frente de la carnicería familiar, a la que le incorporó una granja de gallinas y patos.

Castelo siempre se definió como un hombre de izquierdas, más próximo al anarquismo que al comunismo, una idiosincrasia personal que le puso en el punto de mira de las autoridades franquistas que llegaron a tenerlo fichado. Para que la situación no pasara a mayores, él, por su parte, enterró algunos libros de su biblioteca y quemó aquellos que consideró como proscritos por el nuevo gobierno.

Tan cautivado había quedado de Madrid durante su estancia estudiantil que durante las décadas de los años 50 y 60, siempre que pudo, visitó la capital en compañía de su mujer, Áurea. Los motivos del viaje casi siempre tuvieron que ver con la asistencia a la Feria del Campo, que se celebraba cada tres años.

Vicente poseía unos grandes conocimientos, sobre todo tipo de temas agropecuarios, algo que sus vecinos y conocidos valoraban mucho, y sobre los que a menudo le consultaban. Pero esta no era la única faceta que apreciaban de él. También ponderaban de forma muy especial su gran honradez y la rectitud que mantenía en todos los asuntos legales sobre los que asesoraba, lo que le convertía en el mejor mediador, pues siempre trataba de que nadie saliese perjudicado de un problema. Su palabra infundía respeto y era tenida muy en cuenta, por lo que tampoco sorprende que fuese elegido presidente de la Hermandad de Labradores y Ganaderos de Ortigueira.

Otra de las labores sociales que realizó durante buena parte de su vida fue la de practicante. Una tarea que efectuó de forma totalmente altruista y por la que sus vecinos siempre le estuvieron muy agradecidos. En muchas ocasiones, Áurea le ayudaba, tanto cuando recibía a sus pacientes en casa como cuando los visitaba en su domicilio.

En el ámbito familiar, hay que reseñar que sus hijos siempre estimaron de él la ayuda que les prestó durante toda su formación escolar. La pauta que les hacía seguir era la de que debían aprender para saber, no para aprobar ni pensando en ganar dinero. Sobre el tema del dinero tenía su propia visión. Según decía, “para ganar dinero no hacía falta ser culto”. Con ello dejaba claro que él admiraba mucho más la cultura que la riqueza y que en su mente debía estar grabado a fuego el viejo adagio que afirma que “estamos muriendo y estamos aprendiendo”. Algo que hoy corroboran sus hijos, quienes vieron cómo, con sus noventa años cumplidos, seguía impenitentemente leyendo todo cuanto se ponía a su alcance. También cuentan que su interés nunca se centró en un tema específico sino que iba de un asunto u otro por temporadas, y que en sus estanterías cualquiera podría encontrar algún libro que le interesase, excepto si este era de la religión católica, de la que nunca tuvo ninguno, ya que siempre fue un ateo convencido.

Entre las curiosidades que se podían encontrar en su biblioteca estaban La leyes de Manú, un texto clásico en sánscrito de una antigua sociedad de la India en sánscrito, o la segunda edición castellana del Corán. Su afición a la lectura era tal que cada vez que tenía que desplazarse a Coruña o Ferrol nunca dejaba de visitar sus librerías en las que buscaba a aquellos libreros capaces de informarle sobre las últimas novedades o sobre algún libro en concreto que consiguiese aplacar sus ansias de saber.

Durante toda su vida mantivo profundas amistades con personas de los más diversos intereses. Una de las que mejor le conoció fue Tucho Calvo, quien, al igual que él tenía una marcada inclinación por el periodismo, algo que, según muchos de los que les conocieron, se le fue afianzando al joven gracias a sus largas charlas con Castelo. Otro de sus grandes amigos fue Antonio Pena, un hombre que, como él, disfrutaba de las conversaciones amenas. Con él, además de sus reflexiones, también intercambiaba revistas internacionales como Science et vie o Sciencies et avenir (que ellos leían en francés sin dificultad), y otras españolas como Triunfo, Cambio 16, Algo, etc... Para los dos, el conocimiento era aventura, progreso y descubrimiento.

Otra de las aficiones que más cultivó fue la de viajar. De los viajes, disfrutaba tanto con el camino como con el destino. Viajar abría su mente a nuevas formas de vida, y le permitía comprobar cómo los pueblos y ciudades de Galicia crecían y mejoraban, algo de lo que se sentía muy orgulloso.

A pesar de no ser un hombre excesivamente comunicativo, siempre le gustó enseñar a los demás lo que él había aprendido, por lo que, durante un tiempo, puso clases particulares a muchos jóvenes de la parroquia y ayudó a sus vecinos a cumplimentar los formularios que debían presentar ante la Administración para, por ejemplo, cobrar el subsidio agrario.

Castelo no dejó ninguna obra escrita antes de marcharse de este mundo en 1999. Buena parte de los papeles en los que había plasmado sus pensamientos los quemó antes de irse, algo que las personas más allegadas le reprochan por lo reflexivo y auténtico que era.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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