Opinión en Galicia

Buscador


autor opinión

Editorial

Ver todos los editoriales »

Archivo

El profesor Don Ovidio

miércoles, 15 de noviembre de 2017
Ovidio Fontela Rubiños. El profesor Don Ovidio
(Mañón, 2 de noviembre de 1916 - Ortigueira, 15 de febrero de 1979)

Ovidio Fontela o Don Ovidio, como se le conoció durante toda su vida, nació en el vecino Ayuntamiento de Mañón el 2 de noviembre de 1916, pero ya durante su más tierna infancia se trasladó con su familia a Ortigueira. Allí fue donde realizó sus cursos de primaria y secundaria para, finalmente, acabar eligiendo la carrera de Comercio. Durante esos mismos años de formación profesional se empezó a decantar por la que sería su verdadera vocación: la enseñanza. Sus buenas dotes para el ejercicio del magisterio empezaron a reconocerselas sus propios alumnos cuando con tan sólo contaba 16 años al solicitarle que les diese clases particulares en su casa.

Inició profesionalmente en la enseñanza en la Academia El Ponto, para, más tarde, pasar a ser nombrado jefe de estudios y profesor de las asignaturas de Gramática, Literatura y Matemáticas de la Academia Santa Marta, que dirigía el sacerdote y profesor de Latín Jesús Márquez Cortiñas.

Tras superar los peores años de la postguerra, las familias orteganas volvieron a situar entre sus objetivos prioritarios las necesidades educativas de sus hijos, lo que dio pie a una mayor demanda plazas y de centros educativos. Esta exigencia social fue aprovechada por Ovidio Fontela, quien abrió su propio centro de formación en la calle de la Magdalena, que más adelante trasladó a su propio domicilio, en una casa frente a la iglesia parroquial, en la misma plaza de su antigua academia, convertida ahora en su competencia más directa.

Durante los años en que don Ovidio ejerció como profesional de la enseñanza no se limitó a formar a los alumnos de educación primaria en sus pasantías, sino que también les impartió sus clases a los estudiantes de bachillerato, peritaje y profesor mercantil, en las que además de prepararles en las asignaturas que les eran propias, lo hacía en habilidades tan útiles en otro tiempo como la taquigrafía y la mecanografía, o de cómo superar las pruebas de sus oposiciones.

Será así como cientos de alumnos de todos los lugares de la Comarca del Ortegal acabaron pasando por aquellos pequeños cuartos en los que él daba sus clases con unos instrumentos pedagógicos que más bien tildaríamos de muy precarios, pero que con su siempre buen talante y talento educativo hicieron que se transformasen en extraordinarios.

Para él no existían ni horarios ni calendarios. Durante el curso lectivo impartía sus clases para que sus alumnos pudiesen superar los exámenes finales de junio y, durante el verano, para pasar los de recuperación de septiembre. Sus jornadas eran maratonianas, de 10 a 12 horas diarias, y cuando se acercaban los fechas de los exámenes finales de los alumnos de bachillerato, los sábados y domingos se transformaban en días lectivos.

En los últimos años de su carrera profesional llegó a acompañar a sus alumnos a los institutos en los que se examinaban para poder echarles una última mano durante sus repasos y valorar con ellos los resultados de las pruebas.

Siempre buscaba la mejor manera de que cada alumno pudiese estudiar, y también siempre pretendía forjar un espíritu de competición sana entre ellos, de forma que se potenciase su aprendizaje. Muchos de sus colegiales todavía recuerdan sus dictados kilométricos a las ocho de la tarde, sus competiciones por aprender la tabla de multiplicar o los verbos, y, como no, su entrega y pasión por la enseñanza, lo que a muchos de les ha llevado a calificarlo como un educador fenomenal.

El mismo año de su fallecimiento (1), 1979, el Ayuntamiento de Ortigueira le nombró Hijo Adoptivo de Ortigueira, por “los merecimientos extraordinarios de un hombre bueno, humilde, que pasó por este mundo sin hacer ruido, dedicado con absoluta fidelidad a darse a los demás, enseñando a los necesitados y haciendo posible que muchos hijos de nuestro municipio alcanzasen puestos relevantes”. Y muchos años después, gracias a la huella imborrable que sus enseñanzas habían dejado en ellos, estos le tributaron un homenaje póstumo solicitándole al consistorio que pusiese su nombre a una de las plazas de Ortigueira. La afortunada en cuestión ha sido la situada a medio camino entre el centro escolar de primaria y el instituto de secundaria, un enclave digno de su figura, ya que a su academia siempre acudieron alumnos de ambas formaciones. La plaza fue inaugurada el 17 de marzo del año 2000, una vez que fue rediseñado el antiguo lavadero municipal de Curuxeira, en donde quedó instalada.

En el año 2003, la Escuela de Verano que se celebró en Ortigueira arrancó con un homenaje a su trabajo como maestro, al que se dedicó -como ya queda dicho- desde que era un adolescente durante la II República.

NOTAS:
1. Su muerte se produjo el 15 de febrero de 1979 y el acta del pleno en la que se le nombró Hijo adoptivo fue del 14 de mayo, es decir, dos meses después. Su nombramiento le fue solicitado a la Corporación mediante una moción que fue presentada por el alcalde Juan Luís Pía Martínez.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


PUBLICIDAD
ACTUALIDAD GALICIADIGITAL
Blog de GaliciaDigital
PROMOCIÓN
PUBLICACIONES
Publicaciones
Publicaciones Amencer
Revista Egap
Obradoiro de Artesania