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Aquel Lugo del bachillerato

martes, 04 de julio de 2017
Cumplir 70 años causa enorme impresión. No sólo por haber alcanzado siete décadas en la vida. El vértigo lo producen los muchos recuerdos del pasado y el temor inconfesable al futuro. En cualquier caso las vivencias forman parte de esa historia dónde la persona ha sido parte del entorno compartido.

Nací en el Hospital "San José" de Lugo. Dónde mi padre ejercía como médico. Por entonces la consulta de Pablo Mosquera Ferrando dedicada a los beneficiarios del Seguro Obligatorio de Enfermedad estaba situada en la esquina de lo que se llamó "18 de julio" y "Quiroga Ballesteros". Recuerdo que en los bajos del edificio había una panadería y frente a tal, las dependencias de la Cruz Roja.

Con el tiempo regresé a Lugo, para estudiar los primeros años del bachillerato. Vivía con mis tíos en San Froilán 21, era vecino del actual Presidente de la Real Academia de la Lengua, Darío Villanueva, hijo de juez, que solía jugar la partida de tute con mi tío Manolo, militar destinado en el cuartel de San Fernando y después en el Gobierno Militar, hoy instalaciones del Museo, dónde suelo acudir con frecuencia, la última hace unos días con motivo de la exposición dedicada a la pintora Maruja Mallo, nacida en Viveiro, miembro de la generación del 27, musa de Miguel Hernández y Alberti.

Igual que mi padre, fui alumno del Instituto Lucus Augusti. Sólo que antes estuvo en el actual Palacio de la Diputación Provincial y en mis fechas se encontraba en lo que los lucenses con todo orgullo denominaban Ciudad Cultural, es decir, entre el Parque Rosalía de Castro y frente a la Audiencia Provincial.

Lugo vivía entre murallas y paseaba por la calle de la Reina, Cantones, Dulcerías, para comprar en la Plaza de Santo Domingo o en San Marcos. Era ciudad pequeña, gris, húmeda, que escuchaba los conciertos de la Banda Municipal de Música desde los veladores de la plaza de España y a la vista del magnífico edificio del Ayuntamiento.

Curiosamente, cuando hago recuento de los amigos, me doy cuenta de cómo nos fuimos haciendo ciudadanos capaces de influir en nuestra generación de españoles. Si observo la foto de aquel momento en que celebré mi primera comunión en La Nova, descubro a ilustres jubilados que pueden presentar digno historial profesional. Médicos, Economistas, Catedráticos, Abogados... Siempre presumí de haber constituido una generación de gentes trabajadoras y, de alguna manera, a los que tocó hacer la transición de la dictadura a la democracia.

Por aquellas fechas, las vacaciones del estudiante duraban casi la mitad del año, entre Semana Santa, Navidades y Veranos. En mi caso, me esperaba San Ciprián.

Siempre ha dicho que los amigos de la infancia, cuando además son hijos de los amigos de los padres, se convierten en amistades para toda una vida. Asistieron a los momentos más trascendentes de mi historia vital y siempre los he tenido al alcance de mis llamadas.

Oscar Sánchez Fernández de la Vega. Un economista formado en Deusto. Hijo de Jaime Sánchez Rey, visionario emprendedor en Lugo, que compartía tertulia en el Círculo de las Artes y en la redacción de "El Progreso" sito en los bajos de su casa. Compañero de aventuras en Eibar. Miembro de la familia que disfrutábamos la casa sita en el Miramar del Puerto de San Ciprián.

Celestino y Luis Mendaña Pardo. Dedicados a la enseñanza de los centros estudiantiles de Lugo. Magníficos futbolistas. Hijos de Luis Mendaña, un hombre de convicciones políticas y un excelente pescador y percebeiro.

Debo añadir la familia del gran amigo de mi padre, desde la infancia, en Compostela, por las calles que recorrió aquella Tuna Compostela, médico. Me refiero a Victorino Varela Vázquez.

Lugo siempre estuvo ligado a Los Mosquera, ya que mi padre y dos de sus hermanos -Alejandro y Raúl- vivieron en la ciudad romana, allí nacieron sus hijos y fueron sus primeros trabajos. En el caso de Alejandro como Farmacéutico y Vice Cónsul de La Argentina. En el caso de Raúl como Técnico Superior del Instituto Nacional de Previsión.

Para los de La Mariña, Lugo era una ciudad situada en lo alto de un Castro Romanizado y convertido en campamento amurallado. Los inviernos eran fríos con abundante nieve. Los veranos y mientras no me iba a la Costa, la canícula se combatía desde el Club Fluvial del Miño.

Por aquellas fechas, los soportales eran el refugio de las abundantes lluvias, y las cuestas del Parque, un lugar para contemplar la campiña gallega. La Catedral, la cita con las misas dominicales. La plaza del Campo y La Rúa Nueva, lugares de paso para acudir desde las proximidades de la Puerta de San Fernando a la calle Obispo Aguirre, en el habitual trasiego hacia las clases del Instituto.

Mención especial debo a la dulcería Madarro, la Sucursal de Don Manuel, La fábrica de helados y los chocolates "Carmiña".

Cierto es que con el paso del tiempo, aquellas personas que describen a Lugo lo hacen con un enorme cariño. Se podría aplicar aquello de "entre llorando y me marché llorando".
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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