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viernes, 27 de enero de 2017
Cuando estudiaba en aquella Universidad Complutense de los años 68 -la comuna de París, la guerra del Vietnam, las guerras coloniales de Portugal- me inmunicé contra la propaganda de Hollywood. Los chicos-marines- alegres, generosos, grandullones que habían venido a salvar a la vieja Europa del nazismo, eran de cartón piedra.

Cuando España dejó de estar aislada, por las groserías y zafiedades del "caudillo y su tropa", de Europa, y la juventud comenzó a descubrir a través de la cultura lo que significaba ser ciudadano libre, comencé a tener criterio propio sobre la brutalidad de la Iglesia de Roma y el imperialismo del coloso norte americano.

Cuando comentaba con aquellos portorriqueños, que huían de la América profunda, inculta, violenta, racista, y vinieron a España a estudiar medicina, pero sobre todo a conocer la geografía y la historia de: Grecia, Roma, Italia, con sus artistas, filósofos, monumentos civiles y religiosos, etc., luego no querían volver al inmenso país de la Coca-Cola, los pantalones Lewis, los cigarrillos Marlboro y el Ku-Klus-Klan.

En aquellos años 68-72, habíamos olvidado la leche en polvo y el queso amarillo, que nos dieron en las escuelas, como ayuda alimentaria de los americanos. Madrid, estaba llena de ocupantes que esgrimían dólares por su trabajo en la base de Torrejón. Nuestros emigrantes americanos, mandaban esos mismos dólares con la imagen de George Washington, y sumado al turismo de sol, ponía en marcha la semilla del desarrollo modelo OPUS-DEI.

Viajar, estudiar, conversar, visitar museos, leer, practicar el mestizaje, ha hecho de los españoles un país europeo. Las mejores Olimpiadas del siglo XX, fueron las celebradas en Barcelona. El turismo que nos visita, busca nuestro patrimonio cultural. Tenemos la mejor asistencia sanitaria del mundo. La conciencia de los habitantes de la vieja Hispania, en su mayoría y salvando a los que están enganchados a Tele-5, nos permite opinar sobre lo que ha sucedido en América.

Y es que hay que volver a diferenciar, entre americano y yanqui. Ejemplo: Pablo Neruda es un hispano americano; Richard Nixon un sátrapa yanqui.

Nos enseñaron los humanistas que hay dos virtudes esenciales. Muy por encima de aquellas del catecismo propias del nacional catolicismo -Fe; Esperanza; Caridad- La ética y la estética. La primera tiene mucho que ver con la decencia, la solidaridad, la compasión, la generosidad, la búsqueda de la verdad, la moral, la justicia. La segunda es enemiga de la zafiedad, la grosería, lo hortera, la contaminación del mal gusto, la ignorancia, la violencia.

El problema no es que haya ganado un tal Donald Trump, con su aspecto de colono en viaje hacia la frontera del oeste tras la guerra de secesión. Lo peor es que le han votado casi sesenta y tres millones de americanos. Algo parecido a lo que sucedió en Alemania, cuando Adolf Hitler gana las elecciones en noviembre de 1932. ¿Cómo fue posible que aquel paranoico, con aspecto de Charlot, fuera requerido democráticamente para salvar a la nación que había sufrido las consecuencias de perder la primera guerra mundial?. ¿Cómo le dejaron llegar hasta dónde llevó al mundo?. Cuidado con la propaganda, una vez más. Los judíos no tenemos la culpa.

De todas las barbaridades que ha comenzado, chulescamente, a poner en marcha desde su trono en el despacho oval, la que más me ha indignado es, su guerra cultural contra el castellano. Y mucho más, por el ingente esfuerzo al que nos han obligado las circunstancias para aprender inglés. Y mucho más, por la perversa pérdida del castellano en Filipinas. Y mucho más, por el complejo de inferioridad con culpabilidad, de nuestros intelectuales, a la hora de permitir la sustitución del castellano por el inglés, en numerosos foros. Hemos tardado demasiado tiempo en crear el Instituto Cervantes. Hay que saber castellano, es decir: leerlo, hablarlo con propiedad y buen vocabulario, pero sobre todo, escribirlo decentemente, sin faltas de ortografía y recordando aquello de...sujeto, verbo y predicado.

Alguien debería tener el talento del pícaro. Volver a leer las obras del Siglo de Oro. Aproximarnos para ocupar el espacio que ese hortera de la Quinta Avenida, va a dejar en Méjico. Hacer de la necesidad, virtud. Volver a gritar, aquello de los años 68-70.¡ Yankee Go Home!.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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