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El cielo se vuelca

jueves, 08 de diciembre de 2016
Paseo por Compostela cuando la ciudad ha retomado su pulso de ciudad pequeña, provinciana, en la que casi todos nos conocemos. Los grupos ruidosos de estudiantes caminan dejando un reguero de alegría juvenil a su paso y son los únicos que rompen un silencio casi patrimonial, sólo interrumpido por las campanadas del reloj de la torre. La vida pasa por las calles casi sin darnos cuenta.

Por encima de todo, trascendiendo modas y tiempos, la ciudad. Me gusta ver sus fotos antiguas: prácticamente no ha cambiado en nada. Está como siempre, tal como la dejó una serie de arquitectos compostelanos que construyeron edificios, diseñando calles y plazas. Domingo de Andrade, Fernando de Casas Novoa, la familia de los Sarela, no solo nos dejaron sus obras, también el trazado ciudadano.

Me gusta el barroquismo urbano compostelano. Devota de constrastes, la ciudad tiene tres grandes plazas, tres soberbias plazas, que no se presienten cuando uno se va acercando a ellas. Ninguna de ellas (Obradoiro, Quintana y Platerías) dispone de una amplia avenida de acceso que la haga presentir desde lejos, conforme nos vamos acercando. No, se accede a cualquiera de ellas después de caminar por un estrecho vericueto, casi una calleja. Entonces, sí. Tras ese pasadizo casi tortuoso, aparece la gran plaza como oferta inesperada el viajero, que ya está en ella. Hoy no es raro ver estas plazas llenas hasta sus bordes. ¿Imaginarían esos arquitectos que he nombrado que sus plazas se abarrotarían de tal modo? ¿Cómo las imaginarían ellos? ¿Para cuántos ciudadanos las construyeron? Porque es en este tiempo cuando empiezan a colmarse de gente.

No sé, a veces me gusta imaginar a Domingo de Andrade como si hubiese sido un profeta que supo ver lo que no veían los demás. Natural de la vecina localidad costera de Cee, estudió en Santiago, Salamanca y Alcalá. Pienso en el hombre culto, habitante de un tiempo en el que la mitología se mezclaba sanamente con la doctrina oficial y era normal conocer mitos y convivir con ellos.

Quiero pensar que le gustó lo representado por la diosa fortuna, un tema que luego utilizó en sus obras compostelanas. En la mitología, la diosa fortuna representa lo bueno venido como por azar, incluso lejos del esfuerzo eficaz. Fortuna siempre aparece con su cornucopia, un cuerno lleno de frutos, como símbolo de salud, riqueza y abundancia. La mitología no nos dice para quién es el contenido del cuerno atiborrado de fruta, eso es cuestión del capricho de la diosa y ya sabemos de los caprichos de esos dioses.

En la catedral compostelana, Domingo de Andrade trabajó en la Torre del reloj, también conocida como “del rey de Francia”. La transformó en una de las torres más hermosas de España, luego de añadirle una parte superior que muchas veces me ha recordado un joyero. Antiguas garitas se vieron convertidas en balcones adornados de filigranas y, en lo alto de la torre, se dispuso de un lugar en el que encender fuego para orientar, como un faro, a los peregrinos que, en la noche, continuaban su andar hacia Compostela.

Profusamente adornada la parte superior de la torre, por los parteluces que separan los arcos caen ristras de frutas de la comarca compostelana. También encontramos racimos de frutas cayendo en la ornamentación del exterior de la Puerta Santa. Domingo de Andrade cerró con un bello muro el ábside románico de la Catedral, confiriendo a la Plaza de la Quintana un aspecto muy sereno, incluso sobrio, que contrasta con la cascada de balaustradas que colocó en los aleros de los ábsides propios del edificio románico.

Esta pared se abre a la plaza en la parte correspondiente a la Puerta Santa. Es una bella fachada en la que la Puerta está flanqueda por veinticuatro ancianos, obra del Maestro Mateo y procedentes del antiguo coro de la Catedral. Domingo de Andrade, conocedor de la valía de aquellas piezas, quiso recuperarlas. A ambos lados de la Puerta Santa, en una especie de orla que la rodea, vemos al Apóstol en figura de Peregrino, la imagen que nos gusta en esta tierra, y a sus lados dos piñas de frutas caen a lo largo de la pared.

También colocó, en otros edificios que construyó, públicos o privados, y como una firma suya, racimos de frutas que caen, que se desparraman. Son frutas del campo compostelano. Allí vemos manzanas, uvas, granadas. Muchas han sido las interpretaciones que se le han dado a estas composiciones afrutadas tan personales de estos arquitectos nuestros. A mi me gusta pensar que, dejando atrás las figuras de la diosa Fortuna y sus veleidades, estos constructores de nuestra ciudad se adelantan unos instantes en el tiempo y se detienen justo cuando la diosa ya ha volcado su cornucopia y deja caer su contenido generoso, sus frutas y su fortuna, que se esparcen sobre la ciudad.

Ahora pienso en Darío, pues este lugar, el pie de la Puerta Santa, siempre ha sido, y será, un punto insoslayable en nuestros paseos compostelanos antes de irnos a la pulpería de nombre familiar.
Valadé del Río, Emilio
Valadé del Río, Emilio


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