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Eu vou para Montevideo!

viernes, 02 de diciembre de 2016
Yo fui para Montevideo muy contento. Era una novedad. Cuando mi madre me hablaba de Montevideo sentía que viajaría a un lugar maravilloso y totalmente diferente a mi aldea coruñesa de Tines. Tenía cinco años. Subiría por vez primera a un barco para estar junto a mi padre que llevaba tres años en América y a quien escasamente recordaba. Cuando un vecino de la aldea o algún familiar que me saludaba en la feria de Baio me decían en broma que era mejor que me quedase, mi reacción era protestar y a repetir una y otra vez mi firme voluntad: Eu vou para Montevideo!

Debemos tener en cuenta que el niño emigrante no elige, no escoge, son sus padres los que deciden. La decisión de mis padres de elegir Montevideo hizo de mí lo que hoy soy. Si se hubiesen decidido por Buenos Aires, Caracas o Río de Janeiro, sin duda que yo sería una persona muy diferente en función de la cultura de adopción. No tengo muchos recuerdos anecdóticos de mis primeros años en la capital uruguaya pero mencionaré algunos que me parecen reveladores sobre el proceso de integración de un niño emigrante.

a) El barrio.
Me acuerdo perfectamente de la calle y del barrio que fueron mi primer hogar en el otro lado del mar. Era un pequeño apartamento alquilado por mi padre en el barrio de Aires Puros. La calle tenía un nombre bastante raro, Pantaleón Artigas, pero me gustó porque tenía muchos árboles en la vereda. Para ubicarnos un poco, decir que mi nueva vivienda estaba muy cerca del cruce de dos avenidas: Burgues y Propios. Cuando mi madre me llevaba al cruce iba feliz porque allí estaba la panadería “La Futurista” que fue donde me compraron mi primera mantequilla con dulce de leche. Mi primera calle tenía una bajadita hacia el lado de Propios, algo muy útil para poder correr con mi primer vehículo, un coche rojo a pedal que estrené el 6 de enero de 1959. No me acuerdo, pero supongo que pensaría que aquello llamado Montevideo era algo mágico porque en mi aldea de Tines los Reyes Magos siempre venían con bolsas pequeñas en las que no cabían los coches rojos.

b) La comida.
En un país donde la carne vacuna es el plato nacional, presente en la dieta durante 300 días al año, pasé por el triste suceso de que me era imposible poder comerla. Le daba vueltas y vueltas en la boca y si no me veían escondía algún trozo en el bolsillo. Aquellos jugosos churrascos que preparaba mi madre fueron para mi un suplicio. Venía acostumbrado a la carne de cerdo y sufrí durante dos años hasta que pude acostumbrarme al churrasquito. El cambio se produjo un mediodía en el que mi madre preparó entraña a la plancha.

c) El idioma.
Algo que me parece revelador fue lo que me sucedió unos pocos meses después de llegar. En el edificio de apartamentos vivía un niño de mi edad que jugaba conmigo en la vereda. Pasó por allí un caballo y me alegré muchísimo y grité fuerte “¡un cabalo!”; y mi amiguito salió corriendo junto a su madre para decirle todo autosuficiente: “Manolito dijo cabalo, no sabe decir cabayo”. Era el primer caballo que veía después de dejar la aldea. Me recordaba el que tenía mi abuela, un manso animal que se encargaba por las tardes de llevarme hasta la puerta de la casa familiar al terminar los labores agrícolas. En Montevideo vengo a descubrir que no se llama ‘cabalo’. Quizás mi amigo de juegos infantiles nunca supo, porque no se lo dijeron, de que yo estaba hablando en mi lengua materna.

d) El sonido.
En febrero de 1960 sentí una gran emoción. Mis padres me llevaron al centro, a 18 de Julio y Río Negro, para ver el desfile de carnaval. Quedé asombrado. Nunca había visto tanta gente junta. Ni tanto color, ni tanta alegría. Delante del paso de los carros alegóricos me quedaba pasmado y cuando se acercaba un cabezudo me reía. Pero el impacto lo recibí al escuchar el sonido que brotaba de unos instrumentos de percusión que golpeaban unos señores de tez negra. Aquella música me impresionó y fue la que me hizo entrar en el alma montevideana. Allí mismo fue donde tramité con toda urgencia mi carta de ciudadanía oriental.

GALICIA
Patria de mi padre, luminosa y grande.
¡Qué profundamente, te quiero también!
Me crié soñando con tu maravilla.
No quiero morirme sin verte una vez.
Cuando a ti yo llegue has de conocerme
Por el gozo trémulo, por la palidez
Por la emoción honda de risa y llanto.
Por el verso puro que llevaré.
Con el niño mío que también te ama
¡Oh Galicia mía, hemos de traer
A la tierra india que amparó a mi padre
Algo de tu hechizo y tu placidez!

Juana de Ibarbourou
Suárez Suárez, Manuel
Suárez Suárez, Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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