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¡Hace un día estupendo, Señor!

viernes, 11 de noviembre de 2016
Por Valentín Carrera, a bordo del Sarmiento de Gamboa.

Creemos, ilusos, que llevamos las riendas de nuestras vidas, pero es otra mano la que nos escribe el guión, ordena y desordena el mundo: Dios o Alá para sus creyentes; el eterno pulso entre el azar y la necesidad, para los más científicos; y para todos y todas, la fuerza del destino.

Quizás algún día de finales de 2015, tomé la decisión de encaminar mis pasos a la Antártida, de nuevo después de treinta años, y quizás soñé desde entonces con esta navegación que ahora me mece en la cuna del buque oceanográfico Sarmiento de Gamboa, haciendo escala técnica, combustible, en Las Palmas, para zarpar de inmediato rumbo a Tierra de Fuego. Si tal vez ocurrió así, fue la única decisión que me permitió el destino.

Entonces ni siquiera conocía la existencia del Sarmiento de Gamboa, donde ya me siento en casa, en zapatillas, acogido con afecto por la tripulación, y mi viaje debía comenzar en el puerto de Cartagena a bordo del Hespérides, que conoceré dentro de algunas semanas en Ushuaia, o tal vez no; pero un retraso de aquí y un cambio de planes de allá me llevaron la tarde del viernes 4 de noviembre hasta el Espigón 4 del puerto de Vigo, donde mis tres hijas y los amigos y amigas del alma me estrujaron y me colmaron de besos. La despedida estaba escrita en la hojita del calendario de ese día: “No es lo que vivimos lo que forja nuestro destino, sino lo que sentimos por lo que vivimos” [Marie von Ebner-Eschenbach].

En cuanto zarpamos con cuarto creciente, pero no esa tarde, sino doce horas después porque los planes son volubles como agua de lluvia, me enfrasqué en la lectura de Los viajes de Shackleton a la Antártida (Alberto Fortes, Ediciones del Viento), la mejor compañía para quien se ha propuesto contaros este viaje como un relato de «la aventura de la ciencia», una puesta en valor del trabajo de los navegantes y científicos españoles en la Antártida durante las tres últimas décadas. El valor de la ejemplaridad, del tesón, del rigor profesional, “ese gusto infinito -escribe Fortes- por las ventajas del trabajo bien hecho que caracteriza a los hombres de la mar”.

El irlandés Shackleton, y no Ronaldo, es el modelo que debería enseñarse en las escuelas e institutos: voy a proponer durante este viaje a nuestras despistadas autoridades educativas, sustituir todo el currículum mortis de la LOMCE por un curso intensivo sobre la vida del hombre capaz de convertir lo peor en lo mejor. Leyendo las desgracias de Shack, su rechazo de la sociedad victoriana, sus dificultades para encontrar patrocinadores… me parece obsceno dejar aquí la mínima queja, por mucho que en los próximos meses cambie el viento y nos zarandee el mar.

Cuando el Endurance quedó atrapado entre los hielos, en la banquisa del mar de Weddell, por el que andaremos merodeando, empezó una odisea de 497 días, casi año y medio, sin pisar tierra firme, sobre el hielo, “sin apenas dormir ni descansar, con las ropas heladas, los labios rotos, las bocas hinchadas por la sed, las barbas blancas de hielo y las manos reventadas por las ampollas”, a veces cercados por orcas, y sin dejar de hacer fotos, las fantásticas placas de Hurley que se conservan como un tesoro en los museos polares ingleses. ¡Y siempre con buen humor, dando ánimo a sus compañeros! En medio del desastre, a la deriva, enfermos, hambrientos, moribundos… se saludaban cada mañana a carcajadas: ¡Hace un día estupendo, Señor!

Shackleton no perdió un solo hombre de su equipo: los 28 del Endurance regresaron a casa. El autor de El corazón de la Antártida, “un soñador romántico que despreciaba lo aparente y lo falso”, hizo de un fracaso un éxito porque siempre mantuvo el optimismo, “el valor que más apreciaba”, dice Fortes.

Quisiera tener, al partir para esta XXX Expedición Científica Española a la Antártida, el optimismo de Ernst Shackleton, su paciencia, su capacidad para mantener disciplinado la rutina del día a día, e inventar cada mañana un nuevo giro sorprendente. Leía a sus hombres los versos de su poeta favorito, Browning, de los que hizo emblema: “Sudden the worst turns the best to the brave”. De pronto, lo peor se convierte en lo mejor para el valiente.

Hoy me han vuelto a cambiar la ruta de mi vida, y no sé si mi Endurance (Resistencia) quedará encallado entre las placas de hielo, y tendré que volver remando hasta Georgia del Sur, o naufragará en los muelles de Punta Arenas. Cualquiera que sea la sorpresa que nos reserva el destino, os la iré contando con una sonrisa. Bienvenidos a bordo.
Carrera, Valentín
Carrera, Valentín


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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