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¿En qué quedó la revolución sexual?

domingo, 23 de octubre de 2016
Si se da por el hecho que la sociedad avanza en base al mero paso del tiempo, se puede considerar contradictorio lo mucho que hemos retrocedido en materia sexual. En la Antigüedad el sexo era visto de una forma diferente a como lo ha sido en épocas más recientes. Era entretenimiento, diversión. Por otra parte, en los pueblos árabes previos a la aparición del Islam, se basaba en estrategias políticas y económicas el cambiar de esposas.

Las relaciones homosexuales, además, eran lo más habitual en la Grecia Antigua, y formaba incluso parte de la transmisión de conocimiento entre maestros y pupilos. Incluso las orgías eran una práctica común llevada a cabo para socializar, para intimar con un grupo de personas.

Los egipcios, por su parte, creían incluso que Atum, el dios del Sol, se proporcionaba placer sexual a sí mismo. En documentos como el Papiro Erótico de Turín se observa a una mujer que, al ser penetrada, deja caer su lira, y por lo que nos consta hasta la fecha, parece demostrado que el disfrute sexual tratado con apertura. Incluso del Antiguo Egipto constan las primeras referencias al sexo oral.

El yugo de las religiones
Para que la sociedad cambiara de la forma en que lo hizo no hay más que acudir a libros como la Biblia, uno de lo más leídos e influyentes de la historia de la humanidad. La Biblia ha servido como piedra angular del cristianismo durante siglos, y la religión engloba no solo las creencias, sino también las normas de comportamiento que debían regir, la moralidad.

Pasajes de la Biblia como el que narra la ira de Dios contra Sodoma y Gomorra condenan la promiscuidad. Es más, la condena a la práctica homosexual es directa en libros como el Levítico, que cita directamente “No te echarás con varón como con mujer, es abominación”.

Determinadas prácticas sexuales ya no se condenan en un gran número de países desarrollados, pero todavía provocan vergüenza. Las religiones mayoritarias han hecho que el cuerpo humano y el sexo sean vistos solo con fines reproductivos, lo que se aleja del simple goce y disfrute con que era visto en antiguas civilizaciones.

La iglesia ha tenido durante siglos un poder omnipresente y ha dictado sus propios patrones en ética y moralidad. En sociedad como la española la institución ha tenido un peso tan crucial hasta hace relativamente poco tiempo que se podría explicar esta falta de apertura a la hora de plantear prácticas como los tríos o las orgías, sobre todo en determinadas franjas de edad. Peor aún es que todavía en 2015, un 38% de los homosexuales reconocían haber sufrido discriminación.

El líder de la Iglesia Católica, el Papa Francisco, reconoció recientemente que la Iglesia debería disculparse con las personas gays, lo que puede ser un avance para quienes consideran que el Vaticano representa a una institución arcaica y anacrónica.

La sharia, la ley islámica, es aún más restrictiva con la práctica de las relaciones sexuales, y se consideran transgresiones las que tienen lugar fuera del matrimonio o las que se dan entre personas del mismo sexo, que son faltas graves en las versiones más fundamentalistas. El mundo se sigue estremeciendo cuando mujeres jóvenes son asesinadas por lapidación tras ser acusadas por adulterio.

La promiscuidad es lo natural
Psicólogos y sexólogos abogan por desterrar las categorías sexuales que tanto nos encorsetan. La orientación sexual no es más que una construcción social, dicen, que nos clasifica como heterosexuales, homosexuales o bisexuales, con lo que eso conlleva en cuanto a que puede afectar la identidad propia y sexual de un individuo.

Que un hombre que se encuentra en una relación estable y suele tener sexo como una mujer se vea atraído por un hombre es algo totalmente natural. De hecho, hay sociólogos que defienden que todos tenemos un grado de homosexualidad que nos permite ver la belleza en otra persona, sentirnos atraídos por ella y así, desde un punto de vista biológico, perpetuar la especie.

Es imposible que la atracción se pueda dar solo entre un hombre y una mujer. Partiendo de eso, la autoexploración a través de la masturbación o las prácticas sexuales como tríos u orgías solo deben tener límites en función de los participantes. Así pues, si tales relaciones son consentidas y se dan entre adultos con plenas cualidades psíquicas para decidir, no hay por qué poner veto.

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En los años 60, Estados Unidos vivió su revolución sexual cuando el movimiento hippie, partiendo de discursos basados en el amor y la paz, apeló al sexo libre y al olvido de los dictámenes morales. ¿En qué quedó todo eso? Va siendo hora de terminar la tarea.
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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