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Emilio Lavandeira Prieto

miércoles, 07 de septiembre de 2016
Orteganos en el mundo:
Emilio Lavandeira Prieto

Emilio Lavandeira nació en Ortigueira, en el barrio de la iglesia, el mismo año que otro personaje ilustre de la villa condal, el ingeniero de ferrocarriles José María Peña Fustes. En ese año de 1934, otro ortegano, Leandro Pita Romero, era nombrado una vez más ministro de un gobierno de la II República, en está ocasión para el cargo de ministro plenipotenciario en Europa, algo así como ministro de Asuntos Exteriores actual.


Para Emilio, sus primeros años en Ortigueira fueron los normales de un niño que vive ajeno a los avatares del conflicto bélico que estaban viviendo los adultos, pero que, en cierta medida, también sufría sus carencias. Durante esos años, el pequeño fue a la escuela graduada y correteó con sus amigos por toda la parte antigua de la villa, hasta que las circunstancias de la vida militar de su padre cambiaron, llevándole a Santiago al finalizar la contienda para entrar a formar parte del destacamento que se hallaba en el edificio de San Caetano, lo que hoy es la sede administrativa del Gobierno de la Xunta de Galicia.

Emilio tenía entonces tan sólo ocho años, y España entraba en su etapa de postguerra, un periodo lleno de estrecheces de todo tipo. Así las cosas, y en una ciudad provinciana, presidida por la curia y la universidad, al joven Lavandeira poco más le quedaba que acatar los rígidos principios de una vida escolar sin demasiados alardes en ningún sentido.

Tras finalizar su educación primaria, sus padres lo matricularon en el Colegio Scientia, un colegio de pago, o privado, como se le llamaría hoy, en donde cursó sus estudios de bachillerato. Este centro educativo, actualmente desaparecido, se encontraba en la parte nueva de Santiago, concretamente en la recién estrenada calle Montero Ríos, muy próximo a su domicilio en la calle General Pardiñas. Sus buenas notas le permitieron acceder a la Facultad de Derecho. Fue entonces cuando empezó a aficionarse a la fotografía, convirtiéndose en un genio de la Rolleiflex, que para los jóvenes de hoy sería un auténtico armatoste, pero que para los de entonces era lo último en tecnología de vanguardia.

Emilio había llegado a los estudios de Derecho por condicionamientos familiares, pero pronto supo que su verdadera vocación era la fotografía. Y el rebelde Lavandeira no estaba dispuesto a claudicar. En un arranque de coraje se presentó ante su madre y le declaró con rotundidad sus intenciones: o le dejaban ser fotógrafo o emigraba a Venezuela. La madre se vio sobrecogida ante las dos expectativas. Con la primera, su hijo dejaría la carrera que estaba cursando, pero con la segunda lo perdería como muchas otras familias que ella conocía muy bien. Ante esta disyuntiva, tuvo muy clara la opción que debería tomar: le dio 56.000 pesetas de los ahorros familiares para que hiciese lo que creyese conveniente. Y él, que ya sabía perfectamente lo que quería, fue a comprar una cámara a la Casa Gama, de A Coruña, donde trabajaba el famoso fotógrafo Manuel Ferrol, que acabaría haciendo historia con sus retratos sobre la emigración gallega a América.

Al joven fotógrafo ya solo le faltaba dar un paso más para convertirse en un verdadero profesional, o al menos eso era lo que él creía: abrir su propio estudio. Su búsqueda le llevó hasta un local próximo a donde había estudiado, en el número 22 de la calle Doctor Teixeiro que, en un alarde de innovación, dividió en dos partes: una para abrir una peluquería y otra para su trabajo fotográfico. La idea no era mala. La gente todavía no se sacaba demasiadas fotografías, y aún menos tenía una cámara con la que hacérselas, por lo que cuando se las hacía siempre era mejor que se acicalase para poder tener una buena imagen que enseñar.

Sin embargo, el dinero con el que contaba el joven retratista se había esfumado poco después de iniciar su proyecto. Le surgió entonces lo que muchos darían en llamar la suerte de principiante: un avezado, aunque todavía no demasiado conocido fotógrafo lucense, José Benito Cancio, observó cómo su colega tenía las aptitudes necesarias para convertirse en un gran especialista de la fotografía, y sin pensárselo dos veces le ofreció 800.000 pesetas para que pudiese pagar el equipamiento sin tener que firmar ningún contrato ni acordar ningún plazo para su devolución. Corría el año 1959, y el joven Emilio ya se imaginaba siendo el próximo Hoor Fast, Yusuf Karst o Cartier Bresson, siempre que, por un lado, se pudiese desprender de una realidad que hoy evalúa diciendo: “Yo hacía en retratos cosas buenas y malas porque la gente desea salir como quisiera ser y no como es”, y, por otro, destacase de otros artistas gráficos que ya copaban todo el espacio de la ciudad peregrina como eran Ksado, Almeida, Guitián, Alfonso, Moncho... La solución para deshacer este nudo gordiano fue salir a la calle y reflejar los hitos que allí se producción un día sí y otro también. Tras algunos fracasos iniciales, las cosas se volvieron más satisfactorias y sus negativos se empezaron a reproducir en los principales periódicos gallegos que vieron cómo sus reportajes fotográficos se convertían en clarificadores intérpretes de los textos de sus redactores.

En 1960 mostró su arte en público, y nada mejor para ello que la sede de la Protectora de Artesanos, en la transitada rúa do Vilar. A ella acudieron unas quince mil aficionados, entre los que se colaron un puñado de profesionales, uno de ellos el reputado Ksado, que le auguró un brillante futuro, siempre y cuando se mantuviese en el camino que había emprendido. Esto fue todo un espaldarazo para alguien que exhibía en su estudio un eslogan tan poco sugerente como: “Lavandeira, el peor fotógrafo y el más caro”, pero que hasta ese momento le había funcionado bien, según dice el propio dice Emilio. Ya se sabe que el mundo es pura contradicción, y si alguien puede ver belleza en la arruga, ¿por qué no podrá ver algo diferente en lo malo? ¿No es acaso el orden una disposición más del caos?

Tras impresionar montones de películas, su arte traspasó las fronteras galaicas gracias al insigne Francisco Cuco Cerecedo que le propuso trabajar con él en la revista Blanco y Negro. Su ingreso en la revista madrileña que había creado el fundador del diario ABC, Torcuato Luca de Tena, fue un tanto rocambolesco. Él creía que su mentor se le había anticipado y que la entrevista que debía tener con el subdirector de la publicación era un puro trámite. Pero no, Cuco no había le hablado a nadie de él y fue el propio directivo el primero en comprobar su valía tras una larga charla.

En Madrid, se reencontraría con su paisano Manuel Blanco Tobío, quien había dejado la corresponsalía del diario ABC en Nueva York para hacerse cargo de la dirección del diario Arriba, en el que, según él mismo decía, sobraban falangistas y faltaban fotógrafos. Con esta frase el director pontevedrés no tenía otra intención que incorporar a su redacción a Emilio Lavandeira uno de los fotoperiodistas más preclaros del momento. Sin embargo, a las huestes burócratas de Franco, el ortegano no les convencía de la misma forma. Su actitud, la ejemplifica Emilio en dos sucesos. El primero de ellos está relacionado con el día en que tuvo que presentarse ante uno de los jerarcas del Movimiento, por una reclamación económica. Este le espetó la hiriente frase de “Ya viene el gallego fino”. Un proceder que trató de corregir con su peculiar retranca, diciéndole: “Vengo a saber si hago yo solo el desfile de la Victoria”. Años más tarde, se enteraría por el periodista Diego Carcedo que el ministro Fernández Sordo quiso despedirle de la prensa del Movimiento.

Tras su paso por Arriba, a Lavandeira le surgió la posibilidad de incorporarse a un periódico algo más afín a sus intereses, Nuevo Diario. Allí, entre trabajo y trabajo, se puso a estudiar con casi cuarenta años la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense, en donde se encontraría con otros muchos jóvenes gallegos que deseaban formarse en una titulación que no tenía más que dos facultades en toda España, la otra era la de Barcelona.

Tras tres lustros en la capital, Emilio regresó como fotógrafo de la agencia Efe a su añorada ciudad de Santiago en 1979. Como ha dicho en más de una ocasión, “Yo ya quería venir desde el primer día que llegué a Madrid”. Con su deseo cumplido, y un gran bagage de experiencias vitales y profesionales, se puso a trabajar con pulso firme y decidido como redactor literario y editor gráfico tratando de incorporar a Galicia las técnicas más novedosas del fotoperiodismo, una propósito que pronto le convertiría en referencia imprescindible en la labor de otros profesionales. Todo ello, unido a su cercanía personal y a su excelente su sentido del humor, acabaron por granjearle muchas nuevas amistades con las que poder compartir charlas amenas en cualquier rincón de la ciudad peregrina, e incluso llegar a fundar con otros fotógrafos la Asociación Fotográfica Compostelana.

A su regreso a Galicia, y junto con los hermanos Cuervo, Arán Trillo y Johny Rosario, creó una orquesta a la que bautizaron con el original nombre árabe de Kasbah, en donde el hacía de percusionista de los bongos. Aquellos fueron, según él mismo recuerda, sus mejores años. Impregnado de la añoranza de sus años juveniles, Emilio echa hoy de menos aquella armonía sesentera del estudiante que se mezclaba en aquellas viejas tabernas con el albañil, en donde se tomaban mano a mano tazas de Ribeiro mientras platicaban sobre cualquier asunto banal o trascendente, y veían pasar por las calles a los miembros de la curia con sus largas y amplias sotanas. Esos mismos de los que él daría cuenta en su serie de caricaturas en acuarela que tituló Los curas y que expondría al público en la galería compostelana Auriol. No era la primera exposición de alguna de sus obras, ya que anteriormente había exhibido otros trabajos fotográficos, entre los que cabría reseñar La feria de Santiago, Santiago monumental o Las ciudades más bellas de España. En todas ellas se podía percibir su punto de vista crítico con la realidad, a la vez que un trasfondo antropológico de la cultura.

Este periodista sagaz con el ojo de su cámara, también supo aprovechar parte de su tiempo para ponerse ante la hoja en blanco y redactar algún que otro libro. El primero de ellos fue La Carrilana: manual para andar de pie por el mundo que editó en 1990. Este libro de aforismos tendrá continuidad, quince años más tarde, en otro más extenso que titulará ¡Al pan, pan...! Consejos para la mochila, ilustrado por su famoso amigo Alfonso Abelenda. De esta última compilación de 528 frases ocurrentes y reflexivas, el dramaturgo Euloxio R. Ruibal dijo que son emiliorismos, y que iguala al número de los que en el siglo XVII había escrito el ingenioso duque de La Rochefoucault, entre los que está el célebre de “quien rechaza un cumplido es que quiere que se lo repitan”. Aunque en el caso de Lavandeira la retranca, el humor y la socarronería galaica llevan sus aforismos a otro nivel. Ejemplo de ello son: “el sexo, primero es pretensión; después, obligación, e, finalmente, casi un milagro”, “el cerebro lo prestas, el corazón te lo roban” o “el héroe fue un cobarde que, en su huida, cayó en la Historia”.

Pero el que sí ha hecho historia y de la buena ha sido él con su obra, y así se lo han reconocido con varios galardones, uno de ellos, el Premio Galicia de Comunicación, que le concedió la Xunta de Galicia en 1998, y entre los últimos está el que le otorgó la Fundación Caixa Galicia en colaboración con la Asociación de la Prensa de A Coruña Una vida de imágenes, un premio a toda su carrera.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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