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Abelardo López Montovio 'El tragamillas'

jueves, 07 de julio de 2016
Abelardo López Montovio 'El tragamillas'
(Cariño, 12 de abril de 1887 - Ferrol, 20 de marzo de 1963)

Abelardo López Montovio nació Cariño el día 12 de abril de 1887, siete meses antes de una gran galerna azotase sus costas y las casas del pueblo, arruinándolo todo por mucho tiempo. Y ello pese a que desde hacía ya bastante que no se construían edificios por la boca donde el mar entraba con fuerza. Pero, en aquella ocasión, la tempestad fue tan fuerte que incluso se introdujo hasta las casas del interior, arrastrando todo lo que encontró a su paso, igual embarcaciones pequeñas que grandes, y hasta alguna que otra fábrica. En este desolador escenario acabaría creciendo el joven Abelardo, al que todos conocían como Abelardo de Catabís.

Con los barcos destrozados, las fabricas semiderruidas y sin productos con los que trabajar, las necesidades de la población de Cariño y de las aldeas limítrofes se pusieron pronto al descubierto. Para paliar esta situación, las autoridades locales le reclamaron ayuda a sus superiores, pero ante la magnitud del desastre, estos poco podían hacer. Así que una de las ideas que pusieron en marcha fue la de contratar la construcción de la carretera de Mera a Cariño, que durante un corto espacio de tiempo y para un demasiado corto número de hombres palió en alguna medida sus dificultades vitales.

Ignorante del penoso trabajo por el que tenían que pasar sus vecinos, Abelardo jugaba en el arenal en el que, poco tiempo antes, legiones de mujeres descargaban millares de sardinas. Con otros chicos, corría sobre la arena o nadaba contra las olas, y de este modo tan infantil iba dándole forma a su cuerpo y a la personalidad de un futuro titán del mar.

Como casi todos los hombres de Cariño, él también se enroló durante un tiempo en un barco, hasta que con 19 años se alistó en la marina, ejerciendo una profesión que aunque no menos sacrificada, no tenía tanto riesgo, ya que los barcos en los que navegaba eran mayores que las cáscaras de nuez en las que sus vecinos marineros arriesgaban sus vidas.

Por entonces, la mayor parte de los buques se desplazaban por la fuerza del aire, aunque ya algunos albergaban en sus bodegas grandes y pesados motores que movían sus hélices, haciendo que pudiesen surcar las aguas. En aquellos veleros, Abelardo aprendió a mejorar la navegación gracias a la fuerza del viento, lo que le convertiría, con el tiempo, en un experimentado maestro de velamen, profesión que ejerció hasta su retiro a los 55 años.

Tras forjarse en las artes de la marinería durante toda una década en la Armada española, empezó a despuntar en la natación gracias a su participación en unos campeonatos que habían organizado los marinos de la fragata Nautilus. A ellos les había enseñado a nadar él durante su estancia en la bahía de Santander, al igual que lo había hecho con los de la dotación del yate real Giralda.

Cuatro años más tarde Montovio se clasificó como participante para las pruebas eliminatorias para la travesía de Curuxeiras a A Graña, que acabó realizando en dieciséis minutos. Pero después de practicar el mismo trayecto durante algún tiempo consiguió realizarlo en tan sólo once minutos. Esta demostración de fuerza y pundonor le llevó a proponerse nuevos retos. Como la travesía de la milla, entre Ferrol y Mugardos, que finalizó en unos escasos veintitrés minutos y que le supuso se seleccionado para participar en otras carreras, entre ellas, la que se disputaba en San Sebastián. Allí también logró cumplir su distancia de mil quinientos metros en veintitrés minutos.

Finalmente, Abelardo tuvo que enfrentase a su mayor reto: participar en los Juegos Olímpicos de Amberes, de 1920. Para ello se unió a la expedición de nadadores, casi todos catalanes, en San Sebastián. Sin embargo, acostumbrado a ir bastante por libre, se negó a entrenar con todos sus compañeros, lo que no gustó al resto de los componentes del equipo, por lo que se creó un ambiente bastante enrarecido. Además, según los datos que han llegado hasta nosotros, entre el Comité Olímpico Catalán y el COE había llega una enconada guerra de poder que produjo varios incidentes lamentables. Uno de ellos fue conocido como el caso Abelardo.

Los medios escritos, sin embargo, desconocían esta realidad, por lo que publicaban maravillas de López Montovio, como fue el caso del ABC, que el 29 de junio de 1920 afirmaba con rotundidad la posibilidad de conseguir la medalla de oro, dedicándole elogiosos alias como el tritón, el tragamillas, el hombre hélice o el fenómeno natatorio. Mientras tanto el drama se cernía sobre el admirado nadador, ya que este siempre había nadado en mar abierto pero nunca en una piscina, además de desconocer cualquier técnica que no fuese la que desde pequeño había practicado siempre, y, por último, tampoco se ejercitaba lo suficiente para esta nueva lid.

Para mayor desgracia de Abelardo, en el equipo también estaba el nadador barcelonés Joaquim Cuadrada, que denunció al club ferrolano, en el que estaba integrado el atleta cariñés, ante el Comité Olímpico por no haberlo federado. Su objetivo era que lo excluyeran de su participación en la piscina olímpica. Este desaire interesado se había suscitado por el hecho de que él había realizado la prueba de San Sebastián con marejada, logrando un tiempo mucho mejor que ningún otro participante, lo que hizo que sus compañeros se percatasen de que podría ser un claro candidato a obtener la corona más preciada: una medalla olímpica.

Su versión de lo ocurrido se la explicó a un periodista de El Ideal Gallego en una entrevista que salió publicada el 24 de junio de 1961. En ella decía “mi ficha no llegó a tiempo y el jurado no me autorizó a hacer las carreras oficiales”. Eso fue todo, no estaba federado y no pudo competir. Otras versiones que aún circulan hablan de que tomó la salida y abandonó o que fue apartado por su entrenador a los 300 metros no tienen ninguna base.

Su regreso a España fue para él toda una odisea de abatimiento. Y su único consuelo fue contemplar como el intrigante y envidioso catatán dejaba en el más espantoso de los ridículos al combinado español. A pesar de todo, al gallego todavía le quedaron agallas para proponerle un enfrentamiento a dos. El presuntuoso catalán aceptó el guante, pero siempre y cuando este se disputase en Barcelona, algo que Abelardo rechazó de plano. Por su parte, le sugirió que fuese en un puerto neutral, además de brindarle la posibilidad de que su club correría con todos los gastos, perdiera o ganara. Eso se llama entereza y juego limpio. Finalmente, se llegó al acuerdo de que la demostración de poderío natatorio se efectuaría sobre una distancia de cuatro millas en las costas de la Bella Easo.

Ante el nuevo plan, Joaquín volvió a mostrar su cobardía para no enfrentarse al desafío del campeón gallego poniendo como disculpa a su familia. Y como pasa en todos los deportes, el que no asiste a un torneo es el seguro perdedor, y Cuadrada ya no lo podía decir más alto ni más claro: no era contrincante para Abelardo.

Algunos meses después el Boletín Oficial del Estado emitió una real orden por la que le concedía al marino y nadador la Cruz de Plata del Mérito Naval con distintivo rojo por su comportamiento heroico durante el ciclón sufrido la corbeta Nautilus el 17 de julio de 1923. Con ese honor en su lucha, ahora no contra los hombres sino contra los más fieros elementos de la naturaleza, Abelardo dejó claro que no le temía a nada ni a nadie, a la vez que se quitaba, en cierta medida, la espina de no haber, ya no ganado una medalla olímpica, sino simplemente haber podido participar junto a los más reputados miembros de la natación mundial.

Con nuevos bríos, volvió a intentar superar otra hazaña. Esta vez trataría conseguir nadar las doce millas que separan los puertos de Ferrol y A Coruña. Un reto que le resultó imposible, teniendo que abandonar su envite a la altura del Seixo Blanco debido a una osadía que ningún deportista debe hacer como es la de tomar alcohol antes de echarse al mar. Sin embargo, él había pensado con dos copas su temperatura corporal subiría y de este modo no tendría que abandonar a causa de una hipotermia. Pero su tenacidad le impidió que, por un leve incidente, tuviese que dejar de conquistar su ansiada meta. Así que quince días después, regresó al muelle ferrolano, pero en esta ocasión llevaría de escolta a su amigo el mugardés Andrés Balsa, campeón de lucha libre, conocido por no temer a nadie, que le acompañaría en un bote a remos por si le surgía algún problema. El fiero luchador guardaba similitud con aquellos personajes del cine de los años 50 que se batían en duelos rudos a vida o muerte.

Abelardo cubrió el recorrido en cinco horas. Extenuado y hambriento como todavía se encontraba tras haber terminado su proeza, Balsa le propuso un lance. Pero esta vez éste no se desarrollaría en el mar sino en tierra y ante una mesa llena de viandas. La prueba consistiría en saber quién era capaz de comer más. Nuevamente, el cariñés se alzó con el triunfo, y el mugardés se quedó perplejo de su voracidad, pero es que la natación da mucha hambre, como todo el mundo sabe.

Esta misma prueba que Abelardo realizó en los años 20 la reprodujo el 19 de julio de 1997, el nadador madrileño Javier López Chicheri, con 50 años de edad, terminando los 13 kilómetros que separan las dos ciudades del norte coruñés en cuatro horas, a un promedio de 50 brazadas por minuto. Aunque, en este último caso, el recordman ni bebió alcohol ni comió glotonamente, sino que como buen conocedor del comportamiento del cuerpo ante un gran esfuerzo físico se alimentó adecuadamente antes de la prueba y su acompañante le fue proporcionado bebidas energéticas o té caliente con glucosa durante la misma. El deporte ha cambiado mucho desde los tiempos de Abelardo, y ahora ya nadie se somete a esfuerzos titánicos, sino que, como Javier López, entrenan durante muchas semanas para que el cuerpo se acostumbre a las mayores batallas que se le impongan. Pero sólo el tiempo y las experiencias dan la madurez para cambiar las cosas, por eso cada persona es deudora de su época.

Diez años después, el nadador de Cariño se propuso cruzar el Canal de la Mancha. Su grado de veteranía y un cuerpo que ya no atendía a los impulsos propios de la juventud le llevaron prepararse durante algún tiempo mediante un entrenamiento diario desde Redondela a las islas Cíes. La aventura la programó para el verano de 1934, pero no conocemos el modo en que esta se a cabo o si, al final, todo quedó sin consumarse.

Lo que sí sabemos es que un año más tarde -en una de las dos ocasiones en el que dio la vuelta al mundo en el buque escuela Juan Sebastián de Elcano como maestro velero- arribó a la ciudad norteamericana de San Francisco, en donde se encontró con el cónsul general de la ciudad. Este era nada menos que su amigo Aguilar, el que le había incluido en el equipo español de la Olimpiada de Amberes, y se transformaría en su mecenas. Tras su animado reencuentro, Aguilar le invitó a una cena-baile en el mejor restaurante de la ciudad, el del Hotel Fairmon. Aquello supuso todo homenaje para el leal cariñés de parte de su anfitrión. Después de saborear los más exclusivos platos del local, Aguilar le presentó a algunos de los miembros más destacados de la sociedad del valle, así como a los jefes de las armadas española y americana.

En 1940, Abelardo contaba con 52 años, pero aún le quedaban fuerzas y arrestos para una nueva travesía. El lugar elegido será esta vez la que se nada desde La Matraca al puerto de pescadores de Cádiz, con una distancia total de 10.600 mts., y que el gallego la recorrió en cuatro horas y doce minutos. El nadador se sintió muy a gusto en las cálidas aguas de la bahía de la tacita de plata, por lo que al año siguiente, decidió para conmemorar el día de la Hispanidad cruzando su rada en seis horas.

Un nuevo lance que se propondrá será subir por el Guadalquivir, desde Bonanza a Sevilla, en 1942, con 55 años. En esta ocasión, dividirá el trayecto en tres etapas de 27, 29 y 30 kilómetros, respectivamente, que sumarán un total de 86 kilómetros, que él finalizará en 21 horas y media. Ese mismo año quiso acometer otra singladura en el Mar del Plata pero no consiguió reunir el dinero suficiente para sufragar los gastos que le ocasionaba el desplazarse hasta el país andino.

Los años pasaban, pero su idea de seguir exponiendo su cuerpo a nuevos aventuras permanecía en su cabeza. Así que en 1947, volverá a darse un chapuzón para cruzar en cinco horas el itinerario marítimo que separan sus ciudades talismán de Ferrol y A Coruña, poniendo en su palmarés una gran marca en la milla. Aquel 17 de agosto salió del puente de Neda a las siete de la mañana para llegar 19 kms. Después a su destino, en tan solo cuatro horas.

En sus últimos tiempos de nadador, atravesó en una hora y cuarenta minutos la distancia de 3500 metros que hay entre A Graña al O Seixo en el mes de octubre de 1951 y el día del Pilar del mismo año, los 2800 metros entre Mugardos y O Seixo en una hora y cuarto con su estilo de doble Ower y braza de pecho.

Al año siguiente, el sábado 2 de agosto, y ya con 65 años, franqueó el recorrido existente desde el puerto de Cariño hasta el muelle de Ortigueira, en menos de tres horas. Un trayecto de unas seis millas que inició en la Ponte de San Telmo a las 07:27 para llegar a Punta Castro da Moura, a las 08:15, y de allí dirigirse hacia la Punta de A Escala, a donde arribaría a las 08:45. Sus últimas etapas le llevaron, primero, a Punta do Fraile, a las 9, para después poner dirección a punta Ostreira, a donde llegó a las 09:45, y, finalmente, marca su último tiempo en el muelle de Ortigueira a las 11:10.

En aquella ocasión campeón fue despedido en el inicio de su carrera por todos sus amigos, entre los que se encontraba su compañero de fatigas Felipe de Marcelino, además de multitud de cariñeses que querían ver a su héroe local cumplir una nueva hazaña. Mientras, a su llegada a Ortigueira, fue recibido y agasajado por el ayudante de Marina, el alcalde y todas las autoridades locales y comarcales.

Abelardo López Montovio falleció en Ferrol, en 1963, a los 75 años, pero hoy todavía permanece en el recuerdo de muchos gracias al homenaje que todos los años se le brinda en Ferrol con la organización de la Travesía Abelardo López, que en el año 2015 cumplió si 25 edición. Y también desde ese mismo año, por haberle dado su nombre a la piscina municipal del pueblo en que nació: Cariño.

Durante muchos años, este mito del deporte de la Comarca del Ortegal fue incluido en la base de datos y en los libros del Comité Olímpico Español, hasta que saltó a la luz pública la polémica sobre su olimpismo por un artículo de Joan Fauria que publicó el periódico El Mundo Deportivo el 18 de febrero de 1994. Desde entonces, Abelardo, junto con todos los nadadores, jugadores de waterpolo, tenistas y atletas, que igualmente habían sido incluidos en las listas del olimpismo español, pero sobre los que también había ciertas dudas, fueron descartados. De cualquier forma, a día de hoy, si alguien consulta la web del COE pensará que España no estuvo representada en Amberes en esos deportes, cuando realmente no ha sido así.

Para saber más:
. Fauria, Joan, Un olímpico para la polémica (El Mundo Deportivo, 18 de febrero de 1994), L´impostor (El 9, 15 de junio de 2005).
. Morera, Joaquín, Historia de la natación Española, Publicaciones del COE, sin fecha, hacia 1962.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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