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El legado a los nietos

lunes, 04 de julio de 2016
La generación de la mitad del siglo XX somos historia. Tenemos un amplio pasado, un incómodo presente y un muy incierto futuro. En este último coincidimos con el presente de la generación de nuestros hijos, la que señalan como la mejor preparada de la España contemporánea. La nacida en democracia, amparada por la Constitución y los Estatutos de Autonomía que confieren los marcos de un Estado de Derecho, descentralizado, dónde se garantizan no sólo los derechos fundamentales, también-en teoría- los derechos sociales, esos que constituyen la tercera generación de los Derechos Humanos, que son santo y seña de la ciudadanía.

El problema está en cómo mantener nuestra civilización sin perder el humanismo que aprendimos en la vieja Europa y hoy en riesgo de ser pasto del mercantilismo globalizador con dos hechos incuestionables. Para que unos pocos vivan espléndidamente, la inmensa mayoría tenemos que aceptar los retrocesos en la calidad de vida que afecta a la dignidad humana. Si tal modelo supone competir con países dónde los habitantes apenas tienen garantizados los derechos que antes nombré, que paren el vehículo para que me baje y me exilie. No quiero legar a mis nietos un mundo cruelmente injusto, egoísta, dónde siguen siendo coordenadas para enriquecerse, las guerras y el retroceso en la igualdad de oportunidades para acceder a la educación, sanidad y asistencia social. Ahora comprendo aquel miedo al "peligro amarillo". Pero no tanto por el número de habitantes de China, como por lo que significa parecernos a ellos, a fin de que la manufacturación salga a los mismos precios que en un país donde el salario o los costos sociales son paupérrimamente miserables.

Cuando mis hijos Blanca y Antón, nacidos en Vitoria, tuvieron la edad para iniciar la enseñanza, mi máxima preocupación fue encontrar centro escolar dónde garantizaran su educación y formación. Estuve dos años jugando al futbol sala con los Corazonistas de Vitoria. Descubrí que eran muy buena gente, españoles en una tierra dónde tal identidad se cuestionaba sustituyendo la historia por el mito. A partir de ahí y por proximidad, llegamos a la misma conclusión con el centro de enseñanza "Veracruz", dónde mi hija Blanca fue tan feliz como Antón en su colegio. Creo que es el primer paso en la vida de un ciudadano. La huella que irá dejando en su ser el modelo de convivencia, moral y ejemplo que adquieren desde el patio del colegio, las aulas, los pupitres y esos deberes para casa que comparten con sus padres. En una ocasión, a mi hijo Antón le dieron una nota que decía: "un 9 para tu padre...".

Leyendo la obra de Santos Juliá, "Las patrias de Manuel Azaña", descubro como Alcalá de Henares y El Escorial, dónde realizó sus primeros estudios, constituyen las raíces de esa sensibilidad sobre la que irá construyendo su concepto de patria. Esos sentimientos que irán generando su pensamiento. Así Azaña escribe "El jardín de los frailes" -en 1922- mezcla de sus vivencias escolares y sus antecedentes familiares. En su debate interno confiesa que en tal época de su vida, no sabe a quién aborrece más, "al extranjero envidioso de las grandezas de España, o a esos españoles apóstatas a los que un profesor señalaba como bárbaros". ¡Qué envidia siento del modelo educativo de Azaña!. "Era preciso gobernar como Cisneros y escribir como Cervantes". No sé si logré que mis hijos llegaran a tales conclusiones...

La segunda etapa siempre coincide con la Universidad. Mi hija en Barcelona, en ESADE, sintiendo esa cultura Mediterránea que tras la cita Olímpica puso a la ciudad Condal mirando a la mar. MI hijo en Pamplona, una ciudad cargada de historia, sus Fueros (Pacto y Libertad) dónde aprende que fueron las Instituciones Navarra -con derecho al Amejoramiento Constitucional- las semillas históricas del Parlamento y de la Nación. Azaña, lo encuentra en Madrid, y desde 1900 es socio del Ateneo. De todo lo que impacta en esa época, me quedo con sus conversaciones con Ortega, llegando a la conclusión de que se debe "reconstruir y europeizar España". Son conscientes que son la generación que está llegando a la vida pública y que les toca "rescatar la ilustre historia de España arrojando del santuario a los pícaros". Y para ello hay que tener claro el papel del Estado. Propugnador y defensor de la cultura, defensor y garante de los derechos, administrador de justicia. Ojalá, que en la formación de mis hijos hayan calado tales convicciones.

Y supongo que, aun sin habérselo planteado, nada tienen que ver con esas gentes de aldea profunda-nacionalistas- que confunden patria con terruño al que añaden mitos e idioma para diferenciarse. Mis hijos tienen como patria: cultura y libertad, ambas unidas, y así surge algo más grande, la pertenencia a la hispanidad, auténtico valor universal en continua evolución, pero con unas raíces reales que conforman el patrimonio histórico, artístico, religioso y cultural. Me apunto a la propia descripción que hace Azaña. "Llamarse español significa estar incorporado y participar en una corriente espiritual siempre viva, de abolengo, y siempre renovada, con valor más extenso que los límites y fronteras del territorio". Y es esa disposición cultural la que permite conocer, amar, fomentar y luchar por la libertad, sin duda la más progresista de las ideas, el gran espacio para una vida con dignidad.

Mis hijos son ciudadanos nacidos con la democracia. Esta es, como lo fue para Manuel Azaña, su patria, la que permite ser sujetos de derechos con capacidad para elegir, participar y demandar convicciones antes que imposiciones. Pueden y deben preocuparse y ocuparse de que este país, su país, sea un punto de encuentro entre generaciones, la de ellos con la de sus hijos, trasladándoles el orgullo de sus antecedentes. Al menos por parte del apellido Mosquera, remontándose a 1740, en Galicia, Joseph Mosquera casa con Rosa da Torre, para engendrar a Joseph Mosquera da Torre que casa con Francisca da Torre Caride, su prima, hecho que trasciende a la Galicia de 1770, y que engendran a Justo Mosquera da Torre que nace en 1808 y muere en Santa María de Tamallancos, en 1895, que envía a la Universidad Literaria de Compostela a su hijo y nietos, iniciando la relación entre los Mosquera y la Universidad Compostelana, que cuenta con hasta ocho generaciones de Mosqueras pasando por sus históricas Rúas, Pórtico de la Gloria, Plazas, y aulas.

Y ha llegado la generación de mis nietos. Ignacio, nacido en esa ciudad liberal, cuna de María Pita, cuyas galerías miran al Océano Atlántico. Blanca, nacida en la cosmopolita Barcelona, la que se extiende desde el Monte Judío hasta las Atarazanas del Mediterráneo, ciudad olímpica, cuna del gótico que alumbra Santa María del Mar, modernista por diseño de Gaudí y Picassiana. Los dos son hijos del siglo XXI. Espero y deseo que encuentren un mundo culto y decente, pero si no fuera así, que recuerden el mandato que figura en el Escudo de Álava. Contribuyan al aumento de la justicia contra malhechores.

Y pase lo que pase, en el mundo, durante su vida, siempre les quedará esta Galicia del norte, cantábrica, que limita al norte con Inglaterra mar por medio. Rincón para perderse entre infinitas playas de mica y caolín, escuchando las historias de aquellos balleneros del siglo XII, buscando entre las calles de Mondoñedo -ciudad rica en aguas, pan y latín- los personajes que describe Cunqueiro, como Merlín y familia en este nuestro reino de la lluvia...

Tras esta conversación con el hombre que me acompaña, puedo cumplir 69 años, con la tranquilidad de saber quién soy, a quien he servido y cuáles son esas causas que traslado a mis nietos para que sigan la estirpe del apellido Mosquera.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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