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viernes, 18 de marzo de 2016
El penúltimo desaguisado. Rajoy es un dirigente quemado, amortizado, desmoralizado y ahora desesperado. Hoy es noticia insólita. El Ejecutivo presidido por el hijo de Compostela, se niega a ser controlado por el Legislativo.

Ignora esa Constitución que invoca ante Cataluña y que hace actuar al tribunal Constitucional cada vez que la Generalidad, concibe movimientos para la desconexión de la Comunidad del Estado Español. Pero, en el colmo de la chulería, se niega a ser controlado, tal como establecen las Normas del Estado de Derecho, y la propia jerarquía en la división de los poderes. Siendo el legislativo, que ha surgido de las elecciones generales del 20-D, la Cámara que debe y puede controlar gestiones presupuestarias, política interior o exterior, incluso cualquier duda sobre la conducta o las razones de actuación del Gobierno, aunque esté en situación de funciones, porque precisamente, esas funciones, son controlables por el Parlamento de España.

Llevo tiempo preguntándome las motivaciones de Rajoy para seguir dónde está. En la inmensa soledad de su propio grupo parlamentario. Tratando de hacer posible lo imposible. Le han dicho por activa y pasiva que su presencia como Jefe del Ejecutivo es incompatible con cualquier acuerdo para conformar una mayoría más o menos estable, pero que evite la repetición de las elecciones generales. Los motivos del patricio pueden ser dos. Miedo a perder el fuero que protege al Jefe del Gobierno, ante posibles acusaciones tras la declaración de Bárcenas o de otros encausados entre asuntos de corrupción o financiación ilegal del PP. La propia inercia de una organización partidaria en la que si cae Rajoy, todo el castillo que conforma el entramado viejo, interesado y bajo sospecha de prácticas abusivas e ilegales, se venga abajo. Es decir, se ha convertido en el pararrayos de un organigrama que presenta sustanciales señales de corrupción.

No acepto que hayamos pasado del discurso del miedo a la nueva izquierda, al discurso de: "es inútil, las urnas volverán a dejar todo como está". Creo que tanto Podemos como el PP, apuntan a castigo electoral, precisamente por lo que cada día acontece en su cuerpo, y es que no hay mayor inestabilidad que la ofrecida por los propios partidos políticos, que han mostrado su incapacidad para ponerse de acuerdo al servicio de los ciudadanos.

La propuesta de una Gobierno basado en el acuerdo PP-PSOE-Cs, es una trampa saducea. Mantiene a Rajoy en el poder, por tanto con muchas posibilidades de seguir por las sendas que muchos españoles han sufrido y rechazado. Supondría el abismo para la izquierda socialista, y un balón de oxigeno para el crecimiento sin límites de Podemos, que se convertiría en la única y válida referencia de la izquierda. El PP necesita una regeneración que sólo es posible pasando a la oposición, y así poder dedicarse a depurar elementos cargados de responsabilidades, directas e indirectas, en lo que cada día es más evidente.

España tiene unas tramas de corrupción insoportables, que comenzaron en la propia Jefatura del Estado y se habían instalado cómodamente, en el resto de las estructuras dirigentes del país, dando lugar a la subcultura de la indecencia.
Ya no vamos a pedir que los mejores acudan para salvar la dignidad de esta vieja Nación. Entre otras razones, porque hay que ser o un suicida o un romántico empedernido, para saltar de la sociedad civil al fangal de la política. Y sin embargo, el pueblo demanda soluciones y sus cabezas pensantes, regeneración y reformas.

Tengo miedo a que ser corrupto se convierta en una manera de estar en el mundo, con la total impunidad, a no ser que algún juez se decida a cargar el peso de la ley contra truhanes y malandrines. Pero, el recuerdo de lo acontecido con el juez Garzón, destituido por acuerdo de los viejos partidos políticos, a los que resultaba incómodo, es un aviso a navegantes que puede frenar cualquier acto de justicia a inventario de la verdad y ejemplaridad.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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